Las vacunas

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Nov 30, 2020- 18:13

Como todo en la vida, y como toda medicina, las vacunas tienen riesgos y a veces han causado daños a personas que las han recibido. También, como todo en la vida, hay riesgos en no tomarlas. La de decisión de ponerse o no la vacuna debe ser el resultado de comparar estos dos riesgos.

Hay tres razones por la cuales hay gente que no quiere vacunarse en el país y en otras partes del mundo. La primera gira en torno a la idea de que todas las vacunas plantean riesgos inaceptables y, por tanto, uno no debe vacunarse contra nada.

Una segunda razón es la sospecha de que todo lo del coronavirus ha sido el resultado de una gigantesca conspiración orientada, precisamente, a inyectarle a la gente, diciendo que es vacuna, un veneno para matarla, o para convertirla en un ser sin voluntad, o un chip que la convertiría en esclava de un pequeño grupo de gente muy poderosa que se quiere apoderar del mundo.

En este artículo no discuto estas razones. La primera no la discuto porque cuando se plantea se habla sólo de los casos en los que las vacunas han causado daño, ignorando los daños que ellas han eliminado para el mundo, como la viruela, o disminuido enormemente, como la tuberculosis y la poliomielitis infantil, que hubieran causado enormes cantidades de muerte y sufrimiento si las vacunas no existieran. Cada quien que evalúe el riesgo de ponerse una vacuna contra el de contraer una de estas enfermedades, que ahora no existen o están muy dominadas, sabiendo que si la gente no se vacuna podrían regresarnos a la Edad Media.

La segunda no la discuto porque pienso que si esa gente que quiere matarnos a todos o ponernos chips a todos puede hacerlo con una vacuna contra el COVID-19 igual lo podría hacer metiendo el chip o el veneno en cualquier medicina (digamos, antibióticos), o en el agua. Si lo pueden hacer envenenando pozos o esparciendo chips en ellos, es absurdo pensar que se hayan inventado todo lo del coronavirus para el mismo propósito, sabiendo que esto les costaría infinitamente más y que tendrían que incluir infinitamente más gente en el secreto de la conspiración.

Apartando estos dos temas, podemos ahora circunscribirnos a la tercera razón por la cual puede haber gente que no quiera ponérselas: los riesgos específicos, científicos, de tomar o no tomar las vacunas contra el COVID-19. Estos riesgos están asociados a varios factores. El primero es lo corto del tiempo en el que se han desarrollado.

Normalmente, las vacunas (y cualquier medicina) requieren largas pruebas para ser consideradas efectivas, confiables y durables. En una reciente entrevista publicada en Harvard Business Review, el presidente de la gran empresa de medicinas Merck, Kevin Frazier, advierte que la vacuna que se ha desarrollado más rápido, la de las paperas, tomó cuatro años en ser llevada a los mercados. La vacuna más reciente de su empresa (contra el Ébola) tomó cinco años y medio. Estos períodos son largos no sólo por el trabajo de diseño de la vacuna sino también porque, para saber si funcionan y son seguras es indispensable que pase el tiempo. Usted no puede saber cual es el efecto a un año plazo de tomarse algo si no deja que pase un año para poder observarlo. O en cuatro años. En el caso de la vacuna contra el COVID-19, al salir al mercado habrán sido probadas sólo unos meses.

Todos tenemos que estar conscientes de que el nivel de incertidumbre en este momento es muy alto en otras dimensiones. Moderna, Pfizer y Oxford-AstraZeneca usan tecnologías genéticas que nunca se han usado antes en proyectos fuera de laboratorios. Tradicionalmente, las vacunas han funcionado metiendo al cuerpo alguna sustancia que cause al sistema inmune sentir que está siendo atacado por la enfermedad de la que se trata, para que genere resistencias que, si el contagio real se presenta, pueda fácilmente vencerse. Hasta ahora, la sustancia inyectada ha sido la enfermedad misma pero debilitada o alguna otra sustancia que produzca el mismo efecto. En este caso, las vacunas no inyectan esto, sino una orden genética para que el organismo mismo produzca la enfermedad de una manera débil, y así alerte a su propio sistema inmune.

Por supuesto, todo esto está manejado por mentes que están entre las más brillantes del mundo y que saben perfectamente los riesgos que existen en lo que están haciendo, y los que existen en no tener vacunas contra el COVID-19. Conscientes de las limitaciones de tiempo, están haciendo sus decisiones basados en suposiciones que les parecen razonables, construidas sobre su vasta experiencia científica. Lo que no han podido observar, lo han supuesto. Dentro de unos años sabremos si el tiempo en el que se han desarrollado las vacunas fue suficiente para que esas suposiciones fueran acertadas. Pero las decisiones personales deben tomarse ahora, cuando no lo sabemos.
¿Qué hacer? En medio de toda esta inseguridad, sólo hay una cosa que es incontrovertible. Mientras se despejen las dudas en todo aspecto, la población mundial debe seguir tomando las medidas apropiadas para evitar el contagio en lo personal. Esto es importantísimo, especialmente en nuestro país, en donde los riesgos de contraerlo son todavía altos, especialmente en las fiestas de fin de año, y en donde el gobierno ha fallado miserablemente en mejorar su capacidad para enfrentar un posible rebrote. En vez de preocuparse hasta la angustia de que alguien esté conquistando el mundo, contra lo cual no podríamos hacer nada, sería mejor que la sociedad salvadoreña exija al gobierno que mejore urgentemente las condiciones del sistema de salud para que los equipos médicos estén bien preparados con todo lo que necesitan para la posibilidad de un rebrote, y que no tengan que pagar con sus vidas ese costo tan grande que tuvimos en el primer brote sólo porque el gobierno no tomó las debidas precauciones.

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