Sin rumbo, sin experiencia y sin oposición

A los peligros de un gobierno sin rumbo, conducido en algunas áreas críticas por personas sin experiencia pertinente y sin la debida formación, se añade un factor negativo que probará ser muy determinante y no precisamente para bien

Jun 03, 2019- 22:30

En la vida cotidiana de los salvadoreños, no se siente el cambio de gobierno. Cada quien se ocupa de lo suyo como ha venido haciéndolo en los últimos meses. Solo los funcionarios que salen y los que entran tienen que hacer un esfuerzo grande de adaptación a su nueva realidad. Así suele ser, porque las instituciones garantizan estabilidad y continuidad. Así suele ser, hasta que en alguna dimensión ocurre algún cambio notable e impactante.

Las dudas que hayamos albergado en nuestra mente acerca del nuevo gobierno no se despejaron durante el fin de semana recién pasado. Los nuevos funcionarios son desconocidos para la mayoría de salvadoreños, no solo porque son nuevos en la política sino porque nunca han sobresalido en ningún aspecto. Aun los que tenemos el hábito de observar de cerca los acontecimientos políticos, conocemos solo a unos pocos de ellos. Entre esos pocos, solo unos pocos nos dan esperanza; la mayoría nos dejan indiferentes o nos confirman nuestros peores temores. No son los mismos de siempre, pero no por eso son mejores, más honestos, más competentes.

Por otra parte, el discurso inaugural del presidente tampoco nos permite saber a qué atenernos. Tuvo el mérito de no ser agresivo. Tuvo el mérito de proyectar al nuevo presidente en una perspectiva más personal, más humana. Tuvo el mérito de intentar levantar los ánimos de la población, la esperanza de que podemos construir un país mucho mejor.
Pero más allá de eso, seguimos sin tener idea de cuál es la visión del presidente, cuál es el rumbo que tendrá el país en los próximos cinco años, cuáles son las estrategias y acciones que, por novedosas y bien pensadas, ofrecen buenas posibilidades de resolver los principales problemas y satisfacer las grandes expectativas que se han levantado en la población.

Tuvo cuatro meses el presidente Bukele para afinar su visión y definir sus prioridades globales y sectoriales. Tal vez ha hecho avances en esa dirección, pero si es ése el caso, no hemos podido enterarnos al escuchar sus primeros discursos. De momento al menos, lo que vemos es un gobierno que empieza a caminar sin rumbo claro; un equipo entre mediocre y malo, con la excepción de algunas carteras, como Educación, Relaciones Exteriores, Desarrollo Local, Economía y Hacienda. Tal vez mejora o tal vez empeora con la designación de los viceministros, la cual sigue pendiente incomprensiblemente.

A los peligros de un gobierno sin rumbo, conducido en algunas áreas críticas por personas sin experiencia pertinente y sin la debida formación, se añade un factor negativo que probará ser muy determinante y no precisamente para bien. Los partidos que fueron dominantes durante tres décadas culminaron su proceso de deterioro hasta casi desaparecer por completo del mapa político. Con 7 y 5 por ciento de popularidad respectivamente según encuesta reciente de LPG-Datos, ARENA y FMLN se han vuelto irrelevantes. PCN, PDC y el propio GANA están ya en el suelo.

Han transcurrido ya más de 15 meses desde las elecciones para diputados y alcaldes, en las que podía verse ya claramente el deplorable futuro que les esperaba a ARENA y FMLN si no entendían que debían iniciar un proceso lúcido, valiente y genuino de renovación. Pero ellos no lo vieron así. Continuaron haciendo todo lo contrario de lo que debían haber hecho para recuperar su legitimidad ante la mirada impaciente de la población.

¿No entendieron? Muy bien, dijo el pueblo. Ahora se lo vamos a explicar a golpes. Y sucedió la aparatosa derrota del pasado 3 de febrero. Pero lamentablemente sigue faltando inteligencia y sigue sobrando apego al poder. Las cúpulas de ambos partidos simple y sencillamente no se quieren apartar, no se dan cuenta de que ellos y sus abundantes parásitos son la causa principal de que sus partidos se encuentren postrados y sin futuro.

La consecuencia inmediata ya se está haciendo sentir. Las lealtades de los diputados electos por el pueblo el año pasado ya no son para sus respectivos partidos, ni están orientadas por principios y valores; empiezan a convertirse en mercancías disponibles al mejor postor, empiezan a sentirse irresistiblemente atraídos por el único polo de poder político que actualmente existe en El Salvador.

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