OPINIÓN: La legitimación del asesinato

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Ago 11, 2020- 14:39

Hace unos días el presidente de la República, en una de sus cadenas de televisión, rechazó la sentencia que la Sala de lo Constitucional había emitido contra el Decreto Ejecutivo 32, que violaba los derechos ciudadanos en su disposición de la reapertura económica. Refiriéndose a los jueces de dicha Sala, y a las acusaciones que él recibe de estar convirtiéndose en un dictador, el presidente exclamó: “¿Dictador? ¡Los hubiera fusilado a todos, o algo así, si fuera de verdad un dictador! Salvás mil vidas a cambio de cinco”. Los cinco, por supuesto, son los cinco jueces de la Sala de lo Constitucional.

Estas palabras han desatado una serie de críticas nacionales e internacionales. Con pocas excepciones, sin embargo, estas críticas califican lo que dijo el presidente con adjetivos como “preocupantes”, “acongojante” y similares. En realidad, son algo mucho más serio que esto, en varias dimensiones. Lo que hizo el presidente no sólo es inyectar un odio que es peligrosísimo para todos en el país sino también insinuar que matar gente puede ser una solución para resolver los problemas del país, una medida que hasta ahora el presidente no ha aplicado pero que podría aplicar.

En realidad, el presidente ha puesto en peligro la integridad física de los miembros de la Sala y ha cometido un delito que se llama la apología del delito. Es bien sabido que el hablar de seres humanos como animales que se pueden matar sin remilgos deshumaniza a las víctimas de una agresión verbal, de tal forma que cuando la ocasión llega de darle muerte a esas víctimas, o de causarles algún daño, el sentido de estar haciendo algo malo ha desaparecido.

Estas inyecciones de odio y deshumanización han sido el prólogo de muchos episodios sangrientos en la historia.
Simon Schama, un distinguido historiador de la Revolución Francesa, discute este tema en su libro Citizens de la siguiente manera:

“Los historiadores son muy dados a distinguir entre la violencia ‘verbal’ y la real…pero la historia sugiere que existe una conexión directa entre clamar orquestada o espontáneamente por sangre y su copioso derramamiento. Contribuye enormemente a la deshumanización de los que se convierten en víctimas…Ellos se convierten en descartables por la nación y no sólo pueden sino deben ser eliminados para que ésta sobreviva. Humillación y abuso, entonces, no era sólo una broma jacobina. Eran el prólogo al asesinato”.

Esta observación ha sido confirmada en el análisis de todos los episodios más sangrientos de la historia. El hablar de fusilar a ciertas personas va introduciendo la idea de que hacerlo no es un crimen, luego va concretándose en un deseo, hasta que se convierte en una decisión que sólo espera una ocasión para volverse realidad, o para aprobar cuando alguien más lo ha hecho. Esta técnica la han usado desde Stalin hasta Hitler, desde Mao a Pol Pot. Mucha gente puede considerar que comparar al presidente de aquí con ellos es exagerar la nota. Pero todos estos comenzaron diciendo cosas así, y mucha gente dijo que pensar que estaban creando un ambiente que legitimaba el asesinato era exagerado.

Legitimar asesinatos deshumanizando personas de por sí ya está mal. Pero hay otra dimensión en la que lo que el presidente dijo es terriblemente ominoso y siniestro: la justificación que ofrece para legitimar los asesinatos. Por supuesto, él no tiene razón de protestar porque la Sala de lo Constitucional le recuerde que la Constitución le prohíbe violar o suspender los derechos ciudadanos. Lo que él alega, que la Constitución le da poderes para hacerlo, no es el fruto de la ignorancia (que sin duda la tiene) sino de un deseo de distorsionar el Estado de Derecho atribuyéndose infinitamente más poderes que los que la Constitución le da. Tampoco tiene razón en atribuir mil muertes, o siguiera una, a las sentencias de la Sala que sólo han protegido los derechos de los salvadoreños.

Si alguna atribución de muertos podría hacerse sería la de más de 100 miembros de las profesiones médicas que han sucumbido al coronavirus porque el gobierno en el que él, el presidente, toma todas las decisiones, no los dotó (y todavía no está dotando a los sobrevivientes) con el equipo necesario para protegerse, o los dotó de equipo que no llenaba los requisitos necesarios, vendido además por funcionarios del gobierno a precios inflados. Por meses el presidente se ha negado a dar las órdenes que hubieran salvado muchas vidas de esos servidores públicos y se ha negado a darles seguro de vida. Es siniestro que el presidente mira una paja que no existe en el ojo ajeno y no vea la viga en el suyo.

Pero lo realmente siniestro es su salvaje, sicopática justificación de lo que haría si fuera dictador, que matando a cinco salvaría mil personas. Diciendo esto, él trató de legitimar el asesinato a través de contradecir el principio que da base al imperio de la ley, que a su vez da base a la civilización occidental: que el fin no justifica los medios. Aun si él tuviera razón de que las sentencias de la Sala hubieran causado mil muertos, que no las han causado, ni él ni nadie tiene el derecho de violar el derecho a la vida de ninguna persona, no importa lo que a él se le ocurra que está logrando. Ni el derecho a la vida, ni ningún otro derecho.

Hay líneas que cuando se cruzan llevan a la destrucción de los países y las personas. El cruce de esta línea es lo que llevó al país a la guerra que dejó 80,000 muertos.

En su poema “Pequeña Tanya”, el escritor ruso Naum Korzhavin pasó sentencia sobre esa manera sicopática de pensar:
“Esa artera frase ‘en el nombre de’ / Significando que cualquier cosa es permisible / Si, en teoría, lleva hacia el bien. / ¡Mal en el nombre del bien! / ¡Quien pudo inventar tal sinsentido! / ¡Aun en el día más oscuro! / ¡Aun en la lucha más sangrienta! / Si el mal es animado, Triunfa en la tierra…/ No en el nombre de algo / Sino en el suyo propio”.
Con lo que dijo en esta cadena nacional, y con otras acciones y palabras, el presidente está animando al mal, supuestamente en nombre del bien, pero como escribió Korzhavin, el mal triunfa, no en el nombre de algo más, sino en el suyo propio.

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