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OPINIÓN: La destrucción de la política

Siempre cuando escuchen a Bukele y a sus encargados de la fiscalía y de la legislación hablar de estos temas, no se trata de transparencia ni de cerrar las válvulas de la corrupción. Se trata de una guerra de exterminio contra la clase política y el sistema democrático

Por Paolo Luers
Periodista

Muchos piensan que a los Bukele y sus réplicas los mueve la sed de venganza cuando arremeten contra todos los funcionarios de todos los gobiernos anteriores; cuando los acusan de corrupción y comienzan a echarlos presos.

Falso. No es venganza lo que les mueve, porque nunca han sido víctimas, nunca han sufrido, siempre han estado cerca de la corrupción que ahora denuncian. Tampoco son redentores justicieros, porque adolecen del fundamento ético, religioso o ideológico necesario. Ni siquiera odian a quienes declaran enemigos.

Diseminan odio y lo provocan en sus seguidores, pero no movidos por sentimientos sino por un una necesidad política y propagandística. El odio es un instrumento del autoritarismo. Dudo que Hitler odiara de verdad a los judíos, su estrategia totalitaria necesitaba un enemigo. Los judíos sólo fueron los enemigos más fáciles de vender al “pueblo.”

La arremetida de Bukele y sus secuaces en la fiscalía, en las “salas de guerra” de sus propagandistas y en las comisiones inquisidoras contra todos los funcionarios y dirigencias políticas, gremiales, académicas de lo que ellos llaman “el bipartidismo” o “el sistema”, en el fondo no va contra las personas. Tampoco va contra “la clase política”. Va directamente contra la política como el espacio para superar diferencias y construir acuerdos mediante el debate franco, el diálogo, la negociación y la concertación. Para ellos, negociación es pacto oscuro, la política es sucia.

Aceptar que en la sociedad hay intereses enfrentados y legítimos y usar la política para administrarlos y armonizarlos, para los populistas es conspiración y corrupción. Lo que vemos en el ataque sistemático y bien orquestado de la anti política contra la política. Si todos los políticos son sucios, la política como tal es sucia.

Aquí se cierra el círculo vicioso en la mente autoritaria: Todos los que han participado en este ejercicio político de debate-diálogo-negociación-concertación -desde los protagonistas de los Acuerdos de Paz (para Bukele son el “pecado original”) hasta los legisladores y líderes de opinión– para el autoritarismo son corruptos. A todos ellos hay que golpearlos, deslegitimarlos y, si es necesario, eliminarlos del tablero político del país, callándolos o incluso encarcelándolos. Sólo veamos hacia Nicaragua y veremos el futuro nuestro, si no paramos esta ola autoritaria.

Gobernar sin negociar significa gobernar sin incluir a todos en el proceso –y libera al gobernante de la necesidad de dialogar. Es suficiente el monólogo mil veces repetido. Gobernar sin concertar, sino transmitiendo órdenes, de manera vertical y sin discusión, de arriba hasta todas las ramificaciones del Estado, erradicando la independencia judicial o municipal, sólo es posible si antes se ha vencido el concepto clásico de la política en una sociedad plural y democrática. La política se sustituye por la administración del poder, el diálogo político se sustituye por una relación directa del gobernante y líder con “el pueblo”, la cual nada tiene que ver con “participación popular” –por más que usen este término cuando hablen de la nueva Constitución con mecanismos plebiscitarios de consultas populares.

No son mecanismos de participación, y mucho menos de concertación, son instrumentos propagandísticos. Una vez descartada la política, todo se reduce a un líder que gobierna e impone su voluntad.

En esta transición estamos actualmente. En el guion del autoritarismo estamos en la fase de la destrucción de la política, usando como instrumento las acusaciones generalizadas de corrupción contra toda la clase política (menos la parte que a tiempo comenzó a brindar pleitesía al nuevo poder).

¿Cómo lo llama hace poco Nayib Bukele? La fase de destruir el “aparato ideológico” del sistema que quieren destruir. Esto significa atacar aún más a los medios y periodistas independientes, debilitar a los tanques de pensamiento, fundaciones y organizaciones cívicas, y tomar control de las universidades. ¿Alguien piensa que luego de destruir la independencia judicial y municipal, ambas ancladas en la Constitución, van a respetar la independencia universitaria o de los medios de comunicación?

Esta batalla contra el mero concepto de la política, la independencia y el pluralismo no la han ganado. Hicieron la declaración de guerra y lanzaron los primeros ataques, pero en este campo, sí hay oposición y sí se está forjando resistencia y unidad.

Todos sabemos que hubo corrupción en las diferentes etapas del desarrollo política del país. La hubo con los militares gobernando y la hubo con Duarte. La hubo durante la reconstrucción de país con gobiernos de ARENA y se volvió sistemática con los gobiernos de Saca y Funes. Y la hay ahora, a pesar del discurso anti-corrupción de Bukele.

Como sociedad hemos creado instrumentos de transparencia, que han permitido descubrir los mecanismos de la corrupción. Detectamos los abusos de la partida secreta y conseguimos que se aboliera. Detectamos que Saca la revivió como gastos reservados e inventó el mecanismo de permanentes transferencias de cientos de millones de dólares de los ministerios a Casa Presidencial para nutrir estos fondos discrecionales. Se denunció, se investigó y se cerró esta zona gris de corrupción. Detectamos hace años que la práctica de pagar “sobresueldos” era arbitraria y llena de abusos. Falta resolver este problema con una solución justa y transparente que da a los presidentes la libertad de reclutar a funcionarios bien pagados. Y falta investigar y cerrar los nuevos mecanismos de corrupción del actual gobierno: los “sobresueldos.2” y los fondos de emergencia manejadas sin controles ni transparencia.

Pero ojo: Siempre cuando escuchen a Bukele y a sus encargados de la fiscalía y de la legislación hablar de estos temas, no se trata de transparencia ni de cerrar las válvulas de la corrupción. Se trata de una guerra de exterminio contra la clase política y el sistema democrático que representa.

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