Las dos grandes derrotas

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Jun 09, 2020- 19:15

Esta última semana el presidente de la República sufrió dos grandes reveses, uno de ellos en el terreno jurídico y el otro en el de la realidad política. Estas dos derrotas, combinadas, conforman un descalabro estratégico que lo obligará a redefinir la lógica de intimidación que ha sido la base de su gobierno. La primera derrota ha sido infligida por la Sala de lo Constitucional, que, con una sentencia histórica, ha prohibido al gobierno que trate de gobernar a través de acciones inconstitucionales, tales como decretos ejecutivos que tratan de subvertir la autoridad constitucional de la Asamblea Legislativa, ahora y para siempre, en este y otros casos, de una forma u otra.

La autoridad de esta sentencia ha sido reafirmada en la vida real no por las armas del Ejército sino por el pueblo mismo, en una afirmación ejemplar del principio fundamental de nuestra Constitución, que la soberanía reside en el pueblo.

En esta misma última semana el pueblo afirmó sus derechos desobedeciendo la orden inconstitucional del presidente de no salir de sus casas porque a él se le antojaba. Algunos de ellos la ignoraron para pedir caridad para paliar el hambre de ellos y sus familias, y otros para ir a trabajar para no llegar a esos extremos. Lo hicieron en contra de siniestras amenazas del presidente de la República de que los que se atrevieran a abrir sus negocios él se los iba a cerrar para siempre, en lo que eran promesas de venganza contra el pueblo mismo que el ha jurado defender, no porque violaran legítimas leyes sino porque no habrían hecho lo que a él se le antojaba. Y el pueblo lo hizo de una manera ordenada, tranquila, serena es la palabra, que es como los pueblos deben defender sus derechos porque esa es la manera de derrotar la histeria, los odios, las arbitrariedades que son las armas que usan los tiranos en ciernes para dividir al pueblo y así poder derrotarlo con un grupo de aliados muy pequeño.

El presidente comenzó en su conspiración para subvertir el orden constitucional del país con la invasión militar de la Asamblea Legislativa del 9F y la continuó con la matonería que desplegó en su manejo de la pandemia del coronavirus (si es que la arbitrariedad de sus acciones, que están llevando al país a un caos, puede llamarse manejo).

Como siempre pasa, como pasa en las escuelas secundarias, inicialmente su matonería funcionó, intimidando a mucha gente que tembló ante sus amenazas y ante el odio que el presidente dejaba fluir desde su más profundo interior en sus intervenciones cada vez más incontroladas en Twitter y en persona. Amedrentó a muchos que, por temor, prefirieron plegarse a lo que él dijera, temerosos de los ataques ilegales que el presidente estaba cometiendo contra los que no agachaban la cabeza se volvieran contra ellos. Y el presidente tomó muchas acciones para darles razones para que lo temieran, siempre sobre el principio de atacar a alguien aisladamente con todo el poder del estado, la táctica clásica del matón (o, mejor palabra, del bully). Siempre atacar al que está débil, al que no puede defenderse, siempre hacerlo con fuerza incontenible.

Pero ahora el pueblo ha demostrado que no hay fuerza incontenible cuando hay unidad en el pueblo mismo para resistir al matón. En contra de todas sus amenazas, en contra de todo su uso de las palabras asesinato, muerte, y similares, ni él, ni el Ejército han podido detener al pueblo en su afirmación de su voluntad y sus derechos. Y, a pesar de haber sido identificados por el presidente como sus enemigos, llamándolos hasta asesinos, los jueces de la Sala de lo Constitucional también han demostrado estar a la altura de los más valientes defensores de la democracia de nuestro país. Es fácil para un matón amenazar a cinco personas cuando tiene todas las armas del Ejército de su lado para violar los derechos de ellos, pero requiere lo opuesto de esto, verdadera valentía, el resistirse a ser intimidados en defensa de sus principios.

Esta victoria del pueblo, y la correspondiente derrota del presidente, conlleva lecciones para ambos. Primero, el presidente debe reflexionar y darse cuenta de que la matonería siempre lleva a la derrota, y que mientras más agresiva la matonería, más profunda es la derrota, como lo demuestra la magnitud de la que ha sufrido en este caso.

Debe también estar consciente de que su matonería está llevando a una derrota todavía más grande si no madura y comprende que no es por casualidad que el sistema democrático, institucional, y el imperio de la ley, han probado ser el mejor sistema político en toda la historia, y en todas las latitudes. Debe ver con objetividad sus reveses, y darse cuenta de que sus resultados no concuerdan con la idea de él tiene de sí mismo. Debe también realizar que estas derrotas sólo se suman a muchas otras que ha tenido en términos de servirle al pueblo. ¿De qué ha servido su cuarentena, si el servicio de salud es mas disfuncional que nunca? ¿Si él está presidiendo sobre el comienzo de una hambruna, la primera en la historia del país? ¿Si la destrucción económica que él ha infligido al país va a causar un aumento de la pobreza y del sufrimiento nacional, de los que él querrá pasar la culpa a otros pero que no podrá hacerlo? ¿Que cuando el efecto de sus tuits haya pasado, será considerado el peor presidente de la historia del país?

El pueblo debe también extraer varias lecciones de esta victoria que ha tenido. Hay dos fundamentales. La primera es que la mejor manera de salvar la democracia y defender los derechos es la resistencia pasiva. Esta no sólo es más efectiva sino también es la única que es consistente con la naturaleza de una sociedad democrática.

La segunda lección que el pueblo debe extraer es que el odio, ese veneno que el presidente ha inyectado con profundos resentimientos que no tenemos idea de cómo surgieron, es el arma más efectiva para crear división, y que, en su turno, es lo que permite a los tiranos en ciernes imponer su voluntad a la mayoría, basado en una minoría. El presidente, en sus tuits y en sus intervenciones personales, consciente o inconscientemente, buscó dividir a la sociedad en todas las dimensiones posibles, empresarios contra trabajadores, empresarios contra empresarios, trabajadores contra trabajadores, en un afán que probó ser terriblemente destructivo.

Esta lección debe aprenderse profundamente. El efecto más destructivo del odio es que genera odios contrarios. El pueblo debe despojarse de él. Debe abstenerse de odiar al presidente mismo. Como dijo recientemente en una entrevista en este diario José María Tojeira, se puede odiar al pecado, pero no al pecador. Además de que el odio hay que evitarlo por su naturaleza negativa, hay otras razones para evitarlo. Una, que, como vemos en este caso, es destructivo, lleva al pueblo a grandes sufrimientos, como la guerra y como las penalidades que los odios del presidente están trayendo al país. Dos, los problemas del país son demasiado importantes para mezclarlos con sentimientos salidos del hígado. Tres, porque siendo un sentimiento malévolo, sufre más el que odia que el odiado.

Es decir, además de un pecado es una debilidad. En este caso, el que sufre más de sus odios es el presidente mismo. Por eso merece compasión. Pero, por supuesto, esto no significa que hay que dejarlo que riegue su desgracia al pueblo entero, y nos llene de divisiones que mantienen a nuestro país en el subdesarrollo. Esta decisión de abandonar los odios debe aplicarse inmediatamente, abandonando los insultos, los ataques personales que hacen que los enemigos del presidente se parezcan a él.

Por supuesto, el presidente puede lanzar al Ejército contra el pueblo. Pero es de esperarse que el Ejército, con perspectiva de su propia historia, se niegue a disparar contra sus hermanos. Los soldados, y los oficiales, tienen una familia, a quien querrán defender de la violencia y el hambre.

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