OPINIÓN: No hay quien pueda entenderse con este presidente

Mi pronóstico es que el presidente no va a estar dispuesto a dialogar con seriedad y a buscar la mejor de las soluciones posibles. Ojalá me equivoque, ojalá nos sorprenda a todos con un cambio positivo de actitud. Ojalá.

May 24, 2020- 17:13

Mucha gente ve a ciertos personajes como ídolos, los pone en un pedestal, son semidioses que no se equivocan. Y en no pocos casos son las facetas de personalidad más negativas y problemáticas de esos personajes, vistas objetivamente, las que les resultan más atractivas a sus admiradores.

¿Cómo es la relación entre el ídolo y sus admiradores? Las personas que admiran a algún ídolo (político, deportivo, religioso, cinematográfico), obtienen lo que los psicólogos llaman “satisfacción vicariante”; sienten que también ellos tienen un poquito de esa belleza, un poquito de ese valor o de esa habilidad, de esa rebeldía que admiran. Se identifican con sus ídolos, se sienten uno mismo con ellos; por eso toman como algo muy personal cualquier crítica o valoración que pudiera derribar del pedestal al ídolo y exponerlo como un simple mortal, con sus méritos y sus logros, pero también con sus falencias y con su capacidad para obrar mal. Por eso sus hábiles manejadores mantienen al ídolo distante. Solo se hace presente en ambientes muy controlados. Por supuesto, nunca se rebaja a interactuar con quienes podrían exponer sus debilidades.

Todo eso estaría muy bien, si así le gusta a la gente, cuando se trata de otra categoría de ídolos. El problema que yo siempre he tenido con los ídolos políticos es que tienen todo el poder que necesitan para arruinarle la vida a cualquiera, a toda la sociedad. El daño que pueden hacer es catastrófico e irreversible. Ejemplos abundan en la historia de la humanidad, algunos de ellos muy cercanos y recientes.

Por ser tan reales esos dinamismos conducentes al endiosamiento, en las sociedades democráticas, existen mecanismos, normas y procedimientos para evitar o reducir la gravedad de los abusos de poder. Perdón que diga estas cosas tan elementales, pero resulta necesario decirlas porque algunas personas, en su total ignorancia, no comprenden la trascendencia de este mecanismo tan fundamental para la permanencia de las sociedades libres.
Pero cuando un presidente hace lo posible y lo imposible por sacudirse esos controles, deslegitimando a las instituciones que los ejercen, solo es posible una conclusión: ese presidente busca hacerse de un control total (de ahí la palabra “totalitario”) de todas las esferas de la vida nacional (político, económico, emocional, militar y cultural). De ahí a la supresión, uno a uno, de todos los derechos de los que gozan los ciudadanos, solo hay una corta distancia; una distancia que el presidente Bukele ha intentado superar, de muchas maneras y en múltiples ocasiones.

A eso nos oponemos los críticos del actual gobierno, porque estamos empeñados en legar a nuestros hijos y nietos una sociedad libre en la que puedan vivir y progresar. No estamos contra las medidas sanitarias cuando genuinamente lo son. No queremos ver morir a miles de salvadoreños, como el presidente les ha hecho creer a los incautos. No actuamos por codicia. La mayoría de nosotros vive de su salario y no tenemos riquezas que nos puedan arrebatar más de lo que año con año nos quita el ministerio de Hacienda. Pero no está bien, entiéndanlo, no está bien que, tan fácil como estornudar o tomar un sorbo de agua, un presidente pueda cerrar empresas caprichosamente y dejar en la calle a miles de empleados y a sus familiares.

No hace falta pisotear los derechos de la gente para hacer un buen manejo sanitario de la pandemia. Ni siquiera hace falta tanto encierro, que hasta contraproducente puede ser. Mientras los países científicamente avanzados se esfuerzan por entender mejor al silencioso enemigo microscópico y van encontrando formas más humanas y más eficaces de controlar los contagios y atender la enfermedad, nuestro presidente no sale de lo mismo, se empeña en afirmar que si no se le permite anular los derechos de las personas, se le está privando de herramientas jurídicas necesarias para proteger la salud de la población.

Por eso digo que no hay quien pueda entenderse con este presidente, porque él se niega a considerar opciones, se niega a pensar, se niega a hacer la mínima concesión para dar cabida a las ideas de otros. ¿Qué se puede esperar de un presidente que anuncia que va a vetar una ley antes de conocer siquiera el contenido de la misma? ¿Qué se puede pensar de un presidente que prefiere crear un caos jurídico, cuando fácilmente podría evitarlo si tuviera una pequeña disponibilidad para reconocer que hay o puede haber valor en lo que otros piensan? Pero no, es a mi manera o no hay manera. Así no funciona una sociedad democrática. Así no puede haber entendimiento.

Al presidente le basta teclear un tuit de tres líneas para expresar su real voluntad, mientras que los diputados deben trabajar interminables horas y días para lograr una propuesta que goce de consenso y pueda convertirse en decreto legislativo. Y eso es precisamente lo que hicieron para lograr aprobar una ley que habría llenado el vacío jurídico, habría respaldado las medidas razonables de control sanitario y habría puesto al país en la ruta de una reactivación ordenada de la producción y el comercio. Ahí está ya esa ley, en el escritorio del presidente, condenada, como muchas otras, al veto presidencial.

Frente a una situación casi imposible de ordenar, la Corte Suprema de Justicia, a través de la Sala de lo Constitucional, ha comprado un poco de tiempo, unos pocos días, para que el presidente Bukele y la Asamblea Legislativa se entiendan y podamos tener una ley de emergencia, efectiva pero apegada a los principios constitucionales. Mi pronóstico es que el presidente no va a estar dispuesto a dialogar con seriedad y a buscar la mejor de las soluciones posibles. Ojalá me equivoque, ojalá nos sorprenda a todos con un cambio positivo de actitud. Ojalá.

¿Y por qué no le pido lo mismo a la Asamblea Legislativa? Porque eso es lo que ha estado haciendo en los últimos dos meses ese órgano del Estado, concediéndole al presidente las leyes que necesita, aun sabiendo que las va a vetar o las va a interpretar antojadizamente con tal de mantener intacta su autoridad dictatorial.

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