El sentido de la Navidad

La esperanza que ese Niño trajo al mundo es la esencia de la felicidad y es lo que tanto necesita nuestro país, esa lección de vida que muestra que hay redención y alegría en el futuro de El Salvador.

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Dic 23, 2019- 15:45

En la madrugada del 25 de diciembre de 1914, a cinco meses de haber estallado la Primera Guerra Mundial, los soldados ingleses que estaban luchando en las trincheras en el Frente Occidental notaron un silencio extraño en el lado alemán, que había dejado de disparar. Momentos más tarde, oyeron algo que parecía increíble: una banda militar alemana acompañando unos villancicos cantados en inglés. E, instantes después, algo más increíble, miles de alemanes saliendo de sus trincheras, sin armas, caminando hacia los ingleses mientras cantaban “Feliz Navidad” y ofrecían regalos: cigarrillos, pastelitos de sus raciones, cositas pequeñas que podían tener en las circunstancias reducidas de unos soldados peleando una de las guerras más terribles que ha habido. Espontáneamente, los soldados ingleses, ante la preocupación de sus oficiales, que pensaron que podía ser una emboscada, saltaron de sus trincheras y corrieron hacia los alemanes, abrazándolos y cantando con ellos los villancicos. Al poco tiempo, esto estaba sucediendo también en las trincheras de franceses y alemanes. Por algunas horas, los soldados jugaron partidas de fútbol, cantaron juntos y armaron banquetes de Navidad con sus pobres raciones.
La guerra continuó después de esa celebración, igual de cruenta, quizás más. Esto no volvió a pasar, nunca, porque los ejércitos se prepararon para que no pasara, porque no volvieron a haber guerras de trincheras, que facilitan estos encuentros, porque al final a nadie se le volvió a ocurrir o porque los odios quizás se volvieron peores. Pero esta explosión de amor entre enemigos, movidos por la celebración de un evento que había tenido lugar 1914 años antes, es una de miles de expresiones del poder de la Navidad y del ambiente de felicidad que convoca.
¿Cuál es el sentido de esta felicidad? ¿Por qué se celebra con tanto regocijo el nacimiento de un Niño dos milenios atrás? ¿Por qué la música navideña es tan llena de dichosa alegría y tan fácilmente distinguible? ¿Qué nació con ese Niño?
Una nueva manera de ver al mundo y una inspiración para cambiarlo. Un nuevo mundo. El mundo moderno.
Es imposible resumir en un artículo, o en un millón de libros, todo el cambio que Él introdujo. Pero, enfocándonos en las implicaciones de sus lecciones para el orden social y apartando por un momento las consecuencias religiosas de sus enseñanzas, podríamos resumir las siguientes.
Primero, Jesús trajo con él la idea de que hay un Dios padre de toda la humanidad, que nos ama y que nos hace a todos hermanos, independientemente de nuestra raza, de nuestro género, de nuestras ideas, de nuestra religión, de nuestra posición en sociedad. Todos, igualmente. Esa es la base de la democracia.
Segundo, Jesús enseñó el camino del amor, que conlleva, en las relaciones con los demás, el afecto, la confiabilidad, el deseo de ayudar y la tolerancia —en resumen, la regla de oro: haz al prójimo lo que quisieras que el prójimo haga contigo, que es la base de los derechos individuales y del Estado de Derecho.
Tercero, esta relación con Dios nos da una dignidad única, que también es común e independiente de todas nuestras circunstancias. Con eso nos dio la dignidad que es indispensable para el progreso espiritual y material.
Cuarto, ese nexo con Dios crea una nueva comunidad que abarca todas las naciones, una visión amplia y moderna de nuestro entorno. Con eso, Jesús nos quitó la mezquindad del provincialismo.
Quinto, Jesús abrió el camino para reparar los errores, para perdonar y ser perdonado, levantarse después de caer, para recuperar el entusiasmo y la vida, con lo cual redefinió los fracasos como posibles pasos hacia el triunfo espiritual y material.
Sexto, Jesús enseñó que para volver realidad este nuevo mundo, el ser humano tiene que ser libre, tiene que ser capaz de escoger su camino. Esto cerró el círculo de una visión consistente éticamente —un mundo que puede evolucionar hacia el bien— y redefinió la vida como una búsqueda de ese bien en la verdad. Con esto Jesús formó el prólogo de un nuevo orden basado en la igualdad ante Dios y ante la ley, la libertad y los derechos individuales, el ideal de una sociedad moderna, desarrollada y humana.
A la par de esto, Jesús dio los medios espirituales para lograr este bien social para la humanidad. Él nunca prometió que todo sería felicidad. Nunca prometió bienes materiales ni los placeres del poder. En realidad, redefinió el poder, de imponer caprichos personales a los demás a imponerse a sí mismo una disciplina en el amor por el bien y la verdad, aún a costa de su propia vida. Con su vida, Jesús mostró que el verdadero poder no depende de otros o de cosas materiales sino sólo de la fuerza interna, de la integridad personal en la búsqueda de lo mejor para la comunidad humana. A través de vivir lo que predicaba, de sufrir las angustias que reveló en la cruz cuando le pidió a su Padre que le apartara ese cáliz tan amargo si era posible, y apartando su naturaleza divina, es claro que Jesús ha sido el ser humano más poderoso que ha existido. Nadie ha tenido una influencia tan grande en la historia. Ningún César, ningún Napoleón, ningún filósofo ha cambiado tanto al mundo. Es claro también que, de acuerdo con como él redefinió el poder, todo su poder era y sigue siendo un poder suave, basado en el amor, no en las armas.
Él supo que sus lecciones siempre serían necesarias, que la humanidad iba a caer y recaer, que las guerras iban a continuar después de que celebraran su Navidad en las trincheras, pero Él incluyó en sus enseñanzas la misericordia y la esperanza necesarias para poder levantarse y dio la fuerza para hacerlo. Él dio esperanza al mundo y los medios para hacerla realidad.
Esa esperanza que ese Niño trajo al mundo es la esencia de la felicidad que el recuerdo de Su nacimiento trae a tantos millones de personas que Él influyó y sigue influyendo, para el bien de ellos y de sus hermanos, esa es la dicha que suena en todos los villancicos. Esa es la esperanza que tanto necesitamos en nuestro país, esa lección de vida que muestra que hay redención y alegría en el futuro de El Salvador, y en el de nuestra América Latina, y en el mundo entero—siempre que apliquemos el orden social de respeto al individuo y ayuda a nuestros semejantes que surgió de las enseñanzas de ese Niño que nació hace más de dos mil años, el genio más grande que ha existido. ¡Feliz Navidad!

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