¿El prestamista de última instancia?

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Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Sep 05, 2019- 06:15

Argentina está enfrentando el noveno impago de su deuda externa, el tercero en lo que va del Siglo XXI. Con el país perdiendo reservas en dólares a gran velocidad-tres mil millones de dólares sólo en los últimos dos días de la semana pasada-, con la moneda devaluándose igualmente rápido, y con la amenaza de que los bancos mismos van a perder sus depósitos, el domingo el gobierno impuso controles de cambio sobre las empresas (límites a los dólares que pueden comprar) y ha comenzado a tomar acciones para renegociar más de 100 mil millones de dólares de deuda. En este año hay vencimientos por 30 mil millones de dólares.

Los precios de los bonos que vencen en 2021 están en 42 centavos por cada dólar de promesa de pago. Los precios de las acciones en la bolsa han caído por más de 40 por ciento.

La culpa por todo este desastre se está echando sobre el prospecto de la ascendencia al poder de dos grandes populistas, Alberto Fernández, el candidato peronista que ya tiene casi asegurada la victoria, y su compañera de fórmula, la notoria Cristina Fernández de Kirchner.

Nadie puede negar que estos caracteres pueden asustar al inversionista más pintado en cualquier noche de luna, pero es claro que la crisis ha sido el resultado de las políticas económicas (o la falta de política económica) del presidente actual, Mauricio Macri.

De hecho, ésta es la segunda crisis de impago en su presidencia. La anterior tuvo lugar el año pasado y fue barrida bajo la alfombra por la intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI) con el salvataje más grande la historia: un préstamo de 57 mil millones de dólares que ahora Argentina dice que no puede pagar.

El problema proviene de una política monetaria expansiva que llevó a una artificial abundancia de recursos, que a su vez llevó a aumentar las importaciones enormemente, y a financiarlas con cantidades enormes que se tomaron prestadas en los mercados internacionales.

Por supuesto, aunque no se mencione en los reportes internacionales, la salida de depósitos de los bancos es masiva. La enormidad de la demanda por dólares se manifiesta de dos maneras. La primera es la caída de las reservas del Banco Central, que se da cuando la gente compra dólares a los bancos, que a su vez los compran del Banco central pagando con pesos del que los está comprando de ellos.

La segunda es la devaluación del peso: el precio de los pesos está cayendo porque no alcanzan los dólares para cubrir las cantidades que los argentinos quisieran comprar a la tasa de cambio del momento.

Las compras evidenciadas por estos síntomas son cubiertas con pesos retirados de los bancos, de modo que, como son todas las crisis financieras de los países no desarrollados, hay una crisis financiera (la posibilidad de que los bancos no puedan pagar sus obligaciones) mezclada con una crisis cambiaria (que la gente no quiere la moneda local y quiere cambiarla por una extranjera) y una crisis fiscal (la imposibilidad de financiar el gobierno para que funcione y pague sus deudas).

La solución de estos problemas requiere de la existencia de un prestamista de última instancia que, introduciendo dinero a la economía, pueda dar tiempo para que el gobierno, los bancos y el sector privado ajusten sus capacidades de pago para poder volver viable financieramente al país.

Todo esto debería de llamar la atención de los muchos que prestan atención al argumento de que una ventaja que los países que pueden crear su propia moneda supuestamente tienen sobre los países dolarizados: que, por poder crear su propio dinero su banco central se convierte en un prestamista de última instancia. Pero si esto fuera cierto, Argentina no estaría en este problema.

El Banco Central sólo tendría que emitir más dinero para que todos pudieran ponerse al día en sus pagos, dentro y fuera de Argentina. El problema es, sin embargo, que el Banco Central no puede emitir dinero, sólo pesos, que la gente no quiere y que en este momento no son dinero sino sólo medios para comprar verdadero dinero, que es el dólar.

El problema se complica porque mientras más pesos emite, más la gente los usa para comprar dólares, con lo que las reservas de dólares caen y el precio de los pesos se desploma. Es decir, crear pesos empeora el problema, no lo mejora.

Por eso es que el verdadero prestamista de última instancia es el FMI, y por eso es que cuando interviene da dólares en préstamo y prohíbe la creación adicional de pesos. Es decir, el FMI ata las manos de los bancos centrales para salvar a los países.

Siendo así, ¿cómo se comparan los sistemas dolarizados y no dolarizados en términos del prestamista de última instancia? En el caso de los países dolarizados el prestamista de última instancia es el FMI. Pero, como el caso de Argentina de ahora, de hace un año, de hace 18 años, y de tantos otros países en tantas otras crisis, el verdadero prestamista de última instancia es el FMI también.

Los bancos centrales de los países en desarrollo no son prestamistas de última instancia, no sirven de nada en las crisis. Tenerlos no da ninguna ventaja. Más aún, como ya se ve venir en Argentina, los pánicos que llevan a crisis bancarias se originan en crisis cambiarias, que por definición no existen en los países dolarizados.

Es decir, los países dolarizados son más fuertes contra las crisis que los no dolarizados. Sólo miren la debacle que las políticas monetarias han creado en Argentina, no sólo una sino varias veces.

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