El candidato es la principal oferta electoral

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Ene 29, 2019- 16:25

Este próximo jueves da inicio un corto período de silencio electoral. Tres días en los que está prohibido hacer propaganda. Tres días en los que se busca reducir el ruido estridente que no nos deja pensar. Son días en los que debiéramos hacer serenamente una revisión de las razones que nos mueven a apoyar o rechazar partidos y candidatos. Última oportunidad para sustentar con buenos argumentos lo que haremos el día de la elección.
Es muy probable que la mayoría de ciudadanos hayan decidido ya si van a votar o si no lo harán, si van a anular su voto o lo harán valer, si van a marcar una u otra bandera. Harán lo que harán por buenas o por malas razones, con información o sin ella, de manera responsable o a la ligera. Todos los votos cuentan igual. Esta es una de las grandes debilidades de la democracia en sociedades sin cultura cívica, en sociedades poco educadas, pero también ocurre inevitablemente en las sociedades más avanzadas.
La política suele moverse por intereses y pasiones mucho más que por razones. Aun así, los partidos y sus candidatos se esfuerzan por articular planes de gobierno que sean o puedan parecer mejores que los de sus rivales. Pero, a no ser que se manden algún planteamiento realmente fuera de lo común, la gente no suele poner mucha atención a esas ideas. Los planes son necesarios para gobernar pero no son muy útiles para ganar elecciones. Lo que sí tiene impacto es cómo se proyecta un candidato en su intento por merecer la confianza de los electores.
Cuando la gente emite juicios negativos o favorables acerca de un gobierno, generalmente lo hace a partir de tres o cuatro cosas, ignorando la complejidad de los problemas, la dificultad de las soluciones, la parte que les corresponde a otros órganos del Estado o a los gobiernos locales, o a los partidos de oposición. En una cultura presidencialista, todo parece culpa o mérito del gobierno central y, particularmente, del presidente de la república. Así se juzga también a los candidatos presidenciales. Ellos mismos confeccionan la vara con la que serán medidos.
Generalmente, los candidatos prometen el oro y el moro, dicen lo que creen que la gente quiere escuchar, como si el tiempo y los recursos fueran ilimitados y dieran para cualquier cosa, como si todo fuera posible y hasta fácil de lograr. Pero la gente solo recuerda las cosas extraordinariamente lúcidas o absurdas, la gente solo recuerda algunas promesas populistas de alivio a corto plazo. Los ejemplos abundan, lamentablemente más de lo absurdo que de políticas, programas y acciones realmente bien pensados. Para muestra, la fábrica de empleos, un aeropuerto en La Unión, la súper mano dura y, en tiempos más remotos, una escuela por día y una cancha por semana.
Todas las campañas presidenciales dejan servida la mesa para una gran decepción. Para curarme en salud, yo he adoptado la costumbre de hacerles un descuento generoso a todos los candidatos, un descuento más o menos entre el 50% y el 80% de lo que prometen. En otras palabras, si el que gana cumple con la mitad o más de sus promesas, me doy por muy bien servido, no espero más.
Pero también tengo otros criterios más exigentes para decidir a quién le doy mi voto. Si tan solo huelo que alguno tiene vocación de reyezuelo o dictador de república bananera, lo descarto automáticamente. El respeto incondicional y absoluto a los principios y a las reglas de juego de la democracia representativa no es negociable. Si no puedo tener plena confianza en que un determinado candidato, una vez investido con el poder de la presidencia, no va a caer en la tentación de ejercer ese poder de manera abusiva o arbitraria, jamás podré votar por él.
La última de esas exigencias en las que no hago concesiones está muy bien expresada en el refrán que todos conocemos: Dime con quién andas y te diré quién eres. En esta ocasión, los candidatos no han querido revelar quiénes serían sus más cercanos colaboradores, pero sabemos quién ha estado cerca de ellos durante la campaña, sabemos a quién escuchan, quién puede tener más influencia sobre ellos. No basta con que el presidente sea decente y honesto. Necesita apoyarse en un equipo grande, en un equipo de personas competentes y con capacidad de gestión política, un equipo en el que no haya espacio para la corrupción.
Por eso afirmé en el encabezado de esta columna que cada candidato, con sus virtudes y flaquezas, es él mismo su oferta más importante al electorado. Al verlo de esa manera, evitaremos darle poder a alguien que no sepa cómo utilizarlo. Desde esta perspectiva, resulta absurdo el argumento de que no perdemos nada con probar darle poder a alguien cuyo único atractivo es el de no ser candidato de ninguno de los partidos que tanto nos han decepcionado en las últimas décadas.
Votamos marcando una bandera partidaria, pero elegimos a una persona y a quien lo sustituiría en el cargo en caso de muerte o incapacidad prolongada. Ya en el ejercicio de sus funciones, el presidente puede apoyarse en su partido pero también puede y debe tomar distancia del mismo siempre que lo requiera el bien mayor de todos los salvadoreños.
De la gestión gubernamental es responsable, al fin de cuentas, el presidente de la república, no el partido que lo propuso como candidato. Todos sabemos que hay mucha tela que cortar en todos los partidos, no solo en ARENA y FMLN. Por eso me parece tan importarle darles mucho más peso en la decisión del voto a los candidatos que a sus respectivos partidos. Ellos son los que pueden hundir al país o sacarlo adelante.

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