La Segunda Venida

La crisis del coronavirus es un desastre natural, grande pero no tan grande como lo fueron los desastres humanos que azotaron al mundo en la primera parte del siglo XX, que se dieron por la soberbia del poder—el uso de las crisis para llenar ambiciones y revanchas.

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Mar 24, 2020- 16:44

El ambiente que prevalece en todo el mundo se ha vuelto sombrío —en los medios de comunicación, en las redes sociales, en las casas en las que cientos de millones se han refugiado contra el coronavirus. El avance de la pandemia, una fuerza terrible de la naturaleza, ha provocado en muchos de esos millones la sensación de que este virus es en realidad la manifestación de una fuerza sobrenatural. Mucha gente siente que esto es uno de los signos de que el fin del mundo se acerca. En ninguna parte he visto mejor expresada esta sensación que en el poema La Segunda Venida de William Butler Yeats.

Girando y girando en el creciente círculo
El halcón no alcanza a oír al halconero;
Todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
Mera anarquía es liberada sobre el mundo,
La oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes
La ceremonia de la inocencia es ahogada;
Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
Están llenos de apasionada intensidad.

Seguramente alguna revelación está cerca;
Seguramente la Segunda Venida está cerca.
¡La Segunda Venida! Apenas pronunciadas esas palabras
Cuando una vasta imagen del Spiritus Mundi
Inquietó mi vista: en algún lugar en las arenas del desierto
Una forma con cuerpo de león y cabeza de hombre,
Una mirada vacía y despiadada como el sol,
Mueve sus pausados muslos, mientras por doquier
Circundan las sombras de las indignadas aves del desierto.
La oscuridad cae de nuevo; pero ahora sé
Que veinte siglos de un pétreo sueño
Fueron contrariados hasta la pesadilla por el mecer de una cuna, ¿Y qué tosca bestia, cuya hora llega al final,
Camina encorvada hacia Belén para nacer?

El poema, en traducción basada en la traducción de Juan Carlos Villavicencio (no copiada exactamente) (http://descontexto.blogspot.com/2008/10/la-segunda-venida-de-william- butler.html), transmite esta sensación de sobrecogimiento ante lo que parece ser el apocalipsis y lo sugiere con la mención de la Segunda Venida, y con la aparición de esa bestia que camina hacia Belén para nacer —insinuando la presencia del Anti-Cristo, que, como Jesús, nacería en Belén para hacer un paralelo de la historia de Éste. Eso es lo que mucha gente siente ahora. Que ya viene el fin del mundo. Yeats así parecía sentirlo, y con razón.

En realidad tenía más razones que nosotros para pensar que el fin del mundo era inminente. Él escribió el poema en 1919, cuando la Primera Guerra Mundial, con sus 40 millones de muertos y la destrucción total de Europa continental), acababa de terminar; la pandemia de influenza de 1919-1921 (con sus 30 millones de muertos) estaba en su zenit; y las fuerzas que iban a llevar a la Segunda Guerra Mundial (con 80 millones de muertos) ya estaban siendo formadas. Si en algún momento el cielo estaba negro, fue en ese.
Pero el mundo no terminó.

Hemos vivido un siglo más después de que Yeats lo escribió. Pero meditando sobre el poema, y sobre las emociones que tan poderosamente expresa, y sobre lo que pasó después, uno puede extraer algunos pensamientos para nuestro momento. Uno es que, de los tres grandes desastres que aquejaban al mundo de Yeats, sólo uno, el menos devastador, tenía causas naturales: la pandemia. Los otros dos, los más asesinos, fueron causados por los mismos humanos, que, en sus alocados conflictos de ambiciones, egos, codicia, etc., llevaron al mundo a dos guerras mundiales y muchas sangrientas revoluciones.

Lo que es sobrecogedor es que si la gente hubiera aprendido realmente de las tragedias que estaban viviendo en 1919 hubieran evitado la Segunda Guerra Mundial, que fue la peor de las tragedias. Pero, por mucho que se aterrorizaron cuando vieron el fruto de sus conflictos, veinte años después desataron otro. El mundo siguió siendo como ya había venido siendo.

Ahora estamos en una situación similar, sólo que infinitamente mejor porque no hemos tenido 70 millones de muertos, no hemos sufrido por 5 años, que es lo que habían sufrido en la época en la que Yeats escribió su poema. Al igual que ellos, sin embargo, pensamos que tenemos al Anti-Cristo en las puertas y al fin del mundo también.

De hecho, tenemos razón. Pero es necesario aclarar en qué forma. Es esencial recordar que la generación de Yeats, tomando de 1914 a 1945, causó 120 millones de muertos en las dos grandes guerras mundiales más 6 millones de muertos en el Holocausto más otros millones de rusos civiles muertos por las fuerzas alemanas en Rusia más 20 millones de muertos por Stalin. Luego vendrían los 60 millones asesinados en el tiempo de Mao en China y los muchos millones en el resto del mundo muertos por razones políticas. Viendo esto, se vuelve claro que el Anti-Cristo que Yeats vio surgir hacia una cuna en Belén éramos nosotros mismos. Nosotros somos, y siempre hemos sido, el Anti-Cristo.

Ahora que hay tiempo para reflexionar en la casa es necesario que entendamos esto y que, como Yeats, nos demos cuenta de que con todos los conflictos y odios que se inyectan aún en medio de nuestra pandemia, “Girando y girando en el creciente círculo, el halcón no alcanza a oír al halconero”, y en la confusión que prevalece, “Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad”.

La crisis del coronavirus es un desastre natural, grande pero no tan grande como lo fueron los desastres humanos que azotaron al mundo en la primera parte del siglo XX, que se dieron por la soberbia del poder—el uso de las crisis para llenar ambiciones y revanchas. El pueblo no debe permitir que eso suceda, y llenarse de odios que sólo pueden despertar de verdad al Anti-Cristo y llevarnos a una crisis infinitamente peor. Si empezamos a echar culpas, a decir que los problemas económicos son culpa de los ricos o de otros grupos, y si no creamos las condiciones para evitar que haya un desastre económico por estar ocupados en politiquerías, fácilmente vamos a crear un infierno que no va a beneficiar a nadie—mucho menos a los gobiernos, que se enfrentarían con mareas de violencia como las que nunca se han visto. Estamos a tiempo de evitar todo esto internalizando de verdad la humildad que esta pandemia nos está enseñando.

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