OPINIÓN: Algunas cosas no cuadran ni forzándolas

Mar 31, 2020- 19:14

La pandemia nos obliga a enfrentarnos a una amenaza poco conocida, silenciosa, invisible, implacable. Se ha dicho ya muchas veces: nadie estaba listo para librar semejantes batallas. No hay ayuda entre países, porque todos están peleando sus propias batallas. Hay poca ayuda entre las personas, porque los científicos y los políticos piensan, con diversos grados de conocimiento y convicción, que debemos mantenernos aislados, por nuestro bien y el de toda la sociedad.

Cualquiera puede ser mensajero de la muerte, aun en el seno de su propio hogar. Ni siquiera podemos consolarnos con un abrazo o cuidar apropiadamente a nuestros mayores, irónicamente por su propia protección. Es terrible pero la mayoría de las personas lo entendemos y hemos llegado a aceptar y hasta promover el nuevo estilo de vida que se nos ha impuesto. Un gran sacrificio que, al final, no garantiza nada, solo reduce un poco las probabilidades de que el virus nos arrebate de muy mala manera la vida.

Para nadie es fácil lidiar con esto, sin saber siquiera hasta cuándo, lo que nos permitiría un manejo más eficiente de la energía psicológica y los recursos materiales. Y si es difícil para alguien que solo es responsable directo por su vida y, a lo sumo, la vida de sus familiares, lo es infinitamente más para un gobernante, que debe tomar decisiones de vida o muerte para millones de personas.

Independientemente de filias y fobias, acuerdos y desacuerdos en otros temas, uno no puede ni quiere evitar sentir empatía por todos aquellos a quienes 2020 los ha encontrado sentados en una de esas sillas calientes, tomando decisiones muy complejas en un ambiente de incertidumbre, cargando con las consecuencias de esas decisiones en las vidas de los que salgan beneficiados y los que carguen con la peor parte. Para todos ellos, sin excepción, ruego lucidez, humildad, fortaleza y un corazón limpio.

Pero empatía no significa compasión o condescendencia. En un régimen democrático y ante una situación grave, los ciudadanos y los medios de prensa que les dan voz, tenemos la responsabilidad de aportar ideas y críticas a las acciones y omisiones de los gobernantes. Esto en modo alguno debe verse como ataque al gobierno o como un intento de socavar sus planes o sabotear sus acciones.

En el caso de nuestro gobierno, debemos reconocer y felicitar las medidas drásticas que tomó el presidente Bukele al restringir la inmigración y ordenar el cierre de escuelas, universidades, parques y centros comerciales. También debe reconocerse el esfuerzo de la Asamblea Legislativa para dotar al órgano ejecutivo de las herramientas jurídicas que hicieron posible, sin quebrantar la institucionalidad, poner las primeras barreras a la penetración y expansión del virus. Casi todos los salvadoreños reconocemos que fue necesario actuar rápido y hacerlo enérgicamente, sin esperar a tener bien atados todos los cabos y a sabiendas, como tantas veces lo ha señalado el presidente, que se cometería errores. Lo mismo puede decirse de la imposición de una cuarentena nacional, que además de necesaria tuvo el mérito de no ser absoluta y permitir la provisión de servicios básicos y del comercio esencial.

Pero a partir de ese punto, empezó una polémica que considero muy beneficiosa para lograr objetivos sanitarios sin perder la perspectiva de futuro y sin poner en grave riesgo los fundamentos del estado democrático de derecho ni la infraestructura productiva del país. Lamentablemente, con el inicio de la polémica, empezamos a ver al presidente ponerse en actitud defensiva y recurrir al estilo de gobierno autocrático que ha preferido en los primeros meses de su mandato.

Entendamos que la lucha contra la pandemia debe proponerse objetivos realistas y reducir al mínimo posible los daños colaterales. Desde inicios de año, los verdaderos especialistas, los mejores epidemiólogos del mundo, estimaron que hasta un 70% de la humanidad sería eventualmente contagiada, aun haciendo todo lo humanamente posible por evitarlo. El objetivo, entonces, no debía ser evitar contagios sino aplanar la curva, desacelerar el ritmo de esos contagios para que no ocurriera lo que se ha visto en China, Italia, España, Nueva York y otros países o ciudades. Sabemos que no todo contagio se traduce en enfermedad y que no toda enfermedad se vuelve tan crítica que necesite ser atendida con respiradores artificiales en salas hospitalarias de cuidados intensivos.

Lo que hace falta, entonces, es reducir en lo posible la cifra de contagios, pero más que eso reducir el ritmo, para que no todos los que van a ocurrir ocurran simultáneamente y haya tiempo para prepararse mejor y poder ir evacuando gradualmente, sin el desbordamiento de las capacidades instaladas, los casos que requieran hospitalización. Esto no lo digo yo, es la estrategia más aceptada hoy en todo el mundo, luego de contemplar horrorizados esos desbordamientos de las capacidades humanas y materiales que se han visto en los países que no hicieron oportunamente un buen trabajo de contención.

Considerando todo lo dicho antes, pero particularmente esto último, quiero mencionar brevemente las cosas que no me cuadran en el discurso y las acciones del presidente Bukele.

En primer lugar, convoca a conferencias de prensa que no son conferencias de prensa sino monólogos. De esa forma priva a la población de ventilar sus dudas y se priva él mismo de conocer, por mediación de los periodistas, lo que está pensando la gente, lo que no entendemos, lo que nos preocupa.

En segundo lugar, insiste en separar en el tiempo la salud y la economía. Parece no entender que el 85% aproximadamente de las empresas del país son micro, pequeña y medianas empresas que no tienen colchón para cargar con todas sus obligaciones sin percibir ingresos. En la mayoría de los casos, ni poniendo los propietarios sus reservas personales podrían aguantar más de uno o dos meses. Es una falacia decir ocupémonos ahora de la salud y mañana de la economía. Un estadista en medio de una grave crisis nacional y mundial no puede darse el lujo de dar respuestas ideológicas a los problemas reales. No es por egoísmo ni codicia que el sector empresarial hace sus planteamientos y propone otras formas de abordar el problema.

En tercer lugar, no se comprende por qué no da prioridad a los tests para confirmar o descartar contagios. Mientras no lo haga, seguimos caminando a tientas, especulando, queriendo forzar la realidad a que se acomode a unas curvas pre-establecidas. No se comprende tampoco por qué no da a conocer, según se van teniendo, los resultados de los pocos tests que se han aplicado. No se da esa información ni siquiera a las personas que se hacen las pruebas. Da la impresión de que esta falta de transparencia sirve para manipular los ánimos de la gente y para justificar a posteriori el curso rígido de acción que ha adoptado el presidente.

Finalmente (por ahora), no se comprende por qué el presidente decide hacer a un lado el conocimiento abundante que se tiene sobre la economía informal y las características sociodemográficas de los bolsones de marginalidad urbana. Por eso hacen cosas que salen terriblemente mal, como el reparto de los $300 dólares.

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