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Nada nuevo bajo el sol

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Uno de los problemas de los que son jóvenes e ignorantes es que creen que todo es novedad en el mundo, lo que facilita engatusarlos con trucos baratos, como unir con odio a la población en contra de un solo enemigo, que en otros tiempos han sido la burguesía, la oligarquía, razas minoritarias, y, en nuestro tiempo, los partidos políticos—menos el propio del tirano.

Milton Mayer, un profesor de la Universidad de Chicago, visitó Alemania en los últimos años Cuarenta para entender por qué la gente había apoyado a Hitler. Una de las personas que él entrevistó le resumió lo que era prácticamente un consenso:

“El Nacionalsocialismo [el nazismo] fue una revulsión de mis compatriotas contra la política parlamentaria, el debate parlamentario, el gobierno parlamentario…Era el último fruto del repudio del hombre común contra los ‘sinvergüenzas’. Ellos deseaban una Alemania purificada de los políticos, de todos los políticos. Ellos querían un líder representativo en vez de representantes no representativos. Y Hitler se daba la imagen del hombre puro, el anti-político, el impoluto por la ‘política’, que era solo un disfraz para su corrupción…”.
Esta respuesta podría haber sido dada por cualquier latinoamericano al que se preguntara por qué votaron sus compatriotas por el tirano que tienen encima. En la época de Mayer, los entrevistados no podían decir que Hitler pintaba a los otros políticos como instrumentos de los judíos porque eso los marcaría como antisemitas, pero el discurso de Hitler era que los judíos manejaban corruptamente a los políticos. Por otro lado, los comunistas pintaban a los políticos como instrumentos corruptos de los “oligarcas”, el enemigo fundamental de ellos. Es el mismo discurso que prevalece en Latinoamérica.

Lo increíble es que, igual que está pasando con los tiranos de ahora, la gente cayó por Hitler aunque él era un político infinitamente peor que los que él atacaba. De hecho, ningún gobierno fue tan corrupto como el de Hitler. Los nazis no solo robaban dinero del gobierno. Se robaban las compañías privadas de los judíos, y hasta sus casas y las obras de arte de museos y colecciones privadas en Alemania y en el resto de Europa. Pero eso fue nada en comparación con el costo que pagó Alemania por haberse hincado frente a Hitler. Él guio a Alemania a cometer el Holocausto y a desatar la peor guerra de la historia. Al final de la guerra, el país quedó totalmente destruido, pagando un precio espantoso en vidas humanas: 4.3 millones de militares alemanes muertos, entre medio millón y 2 millones de civiles masacrados por las tropas soviéticas en su avance hacia Berlín, cerca de medio millón muertos por los bombardeos aliados…y así.

Y, todavía peor, como es siempre en todos estos casos, el tirano no daba ni cinco por el país que peleó sus guerras y cometió sus crímenes. Sólo le importaba su propia vanidad. Al final de la guerra, en abril de 1945, viendo que Alemania estaba vencida, Hitler dijo lo siguiente:

“Si la guerra va a perderse, la nación también va a perecer. Este destino es inevitable. No hay necesidad de considerar la base para una existencia totalmente primitiva. Al contrario, es mejor destruir aun eso, y destruirlo nosotros mismos. La nación ha probado ser la más débil y el futuro pertenece exclusivamente a la más fuerte nación del Este [Rusia]. Los que todavía están vivos después que las batallas han terminado son, de todos modos, personas inferiores, porque los mejores han caído”.

Despertando de esta pesadilla, Heinrich Jaenecke, un oficial alemán de alta graduación que peleó en las sangrientas estepas rusas, donde cayó el 80% de los militares alemanes muertos en la guerra, se hizo la lógica pregunta:

“¿Qué fue lo que nos hizo seguir a Hitler hacia el abismo como los niños en la historia del flautista de Hamelin? Lo sorprendente no es Hitler; lo sorprendente somos nosotros”.
Esta es la pregunta que cualquier persona que ha caído bajo la bota del narcisismo de un tirano se hace más tarde o más temprano. Por supuesto, la peor solución que podían haber tomado los alemanes para eliminar la corrupción era elegir a Hitler, que buscaba el poder absoluto y, como dijo Lord Acton, el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Hitler no sólo no era la única alternativa a los políticos corruptos que lo precedieron sino que era la peor de todas porque su gobierno fue más corrupto que todos los anteriores juntos. Como todos los que eligen tiranos, los alemanes saltaron de la sartén al fuego, no solo en términos de corrupción sino de sobrevivencia. Lo siguieron por alguna debilidad que tenía el pueblo alemán—igual que la han tenido los venezolanos, los nicaragüenses, y otros pueblos conocidos por haber caído bajo las garras de las tiranías. Mientras tengan la misma debilidad, seguirán cayendo bajo las tiranías, por toda su historia. Esa debilidad era su vulnerabilidad para enceguecerse por el odio al buscar culpables por sus desgracias. El odio es la emoción más divisiva que hay, y la división debilita a los pueblos y los hace aceptar más corrupción, humillaciones, violaciones a sus derechos, y la pérdida de sus libertades.

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