Un picapedrero puede destruir majestuosas catedrales milenarias

La lección de todo esto es que así como descerebrados y resentidos sociales se unen para meter mecha a la civilización (lo que en nuestro suelo equivaldría a volver al caite, a la mula y al taparrabos) también los que no quieren sucumbir a la barbarie deben unirse

Por El Diario de Hoy

Oct 24, 2019- 08:04

San Josemaría Escrivá de Balaguer dijo que un picapedrero puede derrumbar una catedral que haya tomado siglos para construirse, como en efecto sucedió durante la Revolución Francesa de finales del siglo XVIII: turbas de enloquecidos quemaron y destruyeron abadías, palacios y monumentos, destruyeron mausoleos y esparcieron las cenizas de nobles y artistas, entre ellas las de Leonardo da Vinci.
La cabeza del primer rey Borbón, Enrique IV de Navarra —la Navarra francesa, no la española—, fue rescatada por algún desconocido y ahora es propiedad de un acaudalado parisino.
Los graves disturbios tanto en Ecuador y Chile, como en Cataluña, demuestran la advertencia del santo: las turbas destruyen, se meten en casas y roban a sus propietarios, dan fuego a sistemas de transporte como el metro chileno, que ha sufrido daños por más de trescientos millones de dólares…
Los afectados, tanto en Chile y Ecuador como en Cataluña, han comenzado a reaccionar. La televisión ha mostrado cómo en Santiago un grupo de personas repelió a balazos el asalto a una gasolinera y lesionó a los forajidos; otros sometieron y patearon en el suelo a un vándalo que cargaba con electrodomésticos y así sucesivamente. La razón: el pillaje ya estaba llegando a las viviendas.
La ciudadanía tiene derecho a defenderse cuando la autoridad se ve reducida, pero esto plantea el peligro de que cada quien comience a tomar la justicia en sus manos y se haga a un lado la ley.
Las escenas recuerdan el San Salvador de 1979 y 1980, cuando la capital quedaba a merced de agitadores que incendiaban buses y edificios, mientras los militares bajo el mando de la junta golpista disolvían a tiros a manifestantes de izquierda. Desde sitios dominantes se podía ver de noche la ciudad arder, presa de la anarquía y la locura de unos pocos.

No se puede reemplazar ley y orden por barbarie, garrote, demencia

En Cataluña los disturbios ya tienen el carácter de rebelión, un levantamiento contra el poder constituido, contra la unidad nacional. Sin embargo, ya se dijo tajantemente que España es España desde siempre y no va a desmembrarse.
En Francia los “chalecos amarillos” atacan al gobierno de Macron, de la misma forma que en Inglaterra los separatistas de Europa encabezan un “movimiento” que, como advirtió el hombre más rico de Japón, va a hacer de la ex reina de los mares un país “subdesenvolvido”, como lo dirían los brasileños.
Quienes deben de estar frotándose las manos son las dictaduras de Maduro, Cabello, Ortega y los demás represores y corruptos, pues estos acontecimientos desvían la atención de la comunidad internacional y les quitan presión.
La lección de todo esto es que así como descerebrados y resentidos sociales se unen para meter mecha a la civilización (lo que en nuestro suelo equivaldría a volver al caite, a la mula y al taparrabos) también los que no quieren sucumbir a la barbarie deben unirse, trazar estrategias de defensa, fortificar las murallas que hace pocos siglos nos salvaron de hunos y mongoles.
La buena gente debe reflexionar en lo vulnerable que es la vida decente, tranquila, constructiva, cuando fieras andan sueltas, cuando se reemplaza la ley y el orden por la fuerza, el garrote, la tea encendida, la turbamulta.
Los pueblos agredidos deben unirse y además incorporar en su defensa a grupos y pueblos que también estén bajo amenaza. Es esencial utilizar armas y estrategias no letales en lo posible para combatir turbamultas fabricadoras de “mártires” para pasearlos de un lado a otro.

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