Tres Magos llegaron del Oriente siguiendo la Estrella

“He aquí la Estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el Niño. Y al ver la Estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al Niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra...” (Evangelio de San Mateo).

Por El Diario de Hoy

Ene 05, 2020- 22:54

Los Tres Reyes Magos se postraron ante el Niño Dios, cuya divinidad está por encima de todo poder temporal: el don del incienso dice que todas las alabanzas son pocas frente a las que debemos a Dios; la mirra, con que se unge a los reyes, reconoce que Dios concede toda grandeza y puede por lo mismo quitarla; el oro, el poder temporal, el que asimismo está sujeto a Su voluntad.
El Cristianismo, como una mayoría de religiones, recurre a la tradición para dar cuerpo y sentido a sus enseñanzas, como con la historia de los Magos, que además representan las tres edades del hombre: el joven, el hombre maduro y el viejo; los principios y la fe obligan durante el curso entero de nuestras vidas.
La vida de Jesús, María y José, el Nacimiento en un pesebre, la adoración de los pastores, los Tres Reyes Magos… historias y evangelios, expuesto y narrado en pinturas y altares, relieves, frescos y mosaicos, en luminosos vitrales, es la gloria del Occidente y de la civilización.
Como hemos dicho muchas veces, el amor de María por Jesús y de Jesús por María, la Huida a Egipto para escapar de la matanza de los niños inocentes, los santos primos hijos de Isabel y María, la Presentación en el Templo… no hay sentimiento humano, pasión o dolor, que no encuentre su expresión en la inmensa y maravillosamente bella iconografía cristiana.
Los vitrales, los altares con las escenas de la Vida y la Pasión de Jesucristo, las pinturas dedicadas a venerar a la Virgen, eran la enseñanza y el solaz de las feligresías pobres y analfabetas del Primero y Segundo milenios cristianos.
En el mundo gris y en parte lúgubre del Bajo y Alto Medioevo, las flores y el verdor de la naturaleza, los follajes del otoño, la aurora y el crepúsculo y el arte en los altares de las casas de Dios, eran el único colorido. Ese arte era a la vez medio de expresión, el espacio para dar sustancia a sentimientos, pasiones, esperanzas y a lo que vemos con los ojos del alma.
En cada parroquia, cada iglesia y cada basílica cuelgan y se exponen muchas pinturas de la Virgen y el Niño, la Madonna col Bambino, die heilige Frau mit Das Kind. Los artistas del bajo románico, los grandes maestros del Renacimiento, pintores del barroco y del romanticismo, retomaron y trabajaron ese gran tema de la pintura occidental. Pero no hay dos telas ni murales ni esculturas iguales, comprobando las infinitas posibilidades de la creatividad humana.

El arte de Occidente es gloria y patrimonio humano

Al pintar la adoración de los Magos, los artistas a lo largo de dos milenios representaban las tres edades del hombre, recordándonos que somos mortales, la vida transcurre pero siempre, en cualquiera de sus etapas, debemos adorar a Dios, a Dios que es espíritu y también cuerpo en el Niño de Belén y en el Mártir del Gólgota.
Desde siempre el azul es el color del manto de la Virgen, el azul del cielo y, lo intuimos, el azul del Paraíso. El pesebre y los dones de los Magos —oro, incienso y mirra— son los extremos de la condición humana, son la pobreza que aflige a muchos y el bienestar que es la dicha de otros.
Las bellas madonas con el Niño son uno aunque el principal y el más conmovedor de los temas, los que trataron Rafael en la Madonna Sixtina y Miguel Ángel en La Piedad; a estas encantadoras imágenes se unen paisajes —San Jerónimo en el desierto—, martirios, escenas de ciudades, solemnes ceremonias, niños musicantes… todo lo que somos.
Así se cuenta también la historia de Tres Reyes Magos, guiados por una Estrella, hincados ante un pesebre, en la noche más luminosa de todas…

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