Por tercera vez consecutiva fallamos en lucha anticorrupción

El flagelo tiene, como la mítica Hidra de las leyendas griegas, muchas cabezas, numerosas formas de presentarse. Una de ellas, pero no la única, es robar dineros, sea manipulando presupuestos públicos o usurpando plazas.

Por EL DIARIO DE HOY

Nov 03, 2019- 20:49

Por tercera vez consecutiva nuestro país falla en el índice de la lucha anticorrupción, lo que no sólo pone en riesgo el apoyo financiero para la Iniciativa de la Cuenta del Milenio, sino para atraer inversiones de toda naturaleza.
El flagelo tiene, como la mítica Hidra de las leyendas griegas, muchas cabezas, numerosas formas de presentarse. Una de ellas, pero no la única, es robar dineros, sea manipulando presupuestos públicos o usurpando plazas para colocar parentelas como con los hijos y nietos del expresidente Sánchez, hasta prevaricar persiguiendo a unos pero no a otros.
Corrupción es manipular compras estatales o privadas para favorecer vendedores que retribuyen al comprador con “mordidas”, negarse a transparentar nombramientos de funcionarios o elegir a personas con demandas en contra suya, como es el caso del Procurador de Derechos Humanos.
La corrupción no opera en un vacío, sino que se apoya en redes de cómplices, prestanombres, tontos útiles, imbéciles que no se dan cuenta de ser utilizados. El que vota a ciegas creyendo que apoya al dueño de la pomada mágica que cura todo mal es un micro-corrupto, pues actúa sin pensar y, al hacerlo, perjudica a comunidades y naciones.
En tal sentido, las masas de descerebrados que están rebelándose por doquier contra sistemas políticos que los salvaron de hambrunas, los educaron y dieron techo, se convierten en cómplices de los corruptos que están detrás de tales conmociones.
La más vil de las corrupciones es el terrorismo, un horror que causó estragos en nuestros países y que está detrás de las conmociones políticas en Sudamérica, más cuando esos estallidos de violencia extrema surgen por inevitables realidades, como es el incremento de precios a causa de alzas en los costos de cualquier bien o servicio.
La prepotencia es corrupción, pues perjudica y humilla al ciudadano común o a personas humildes. Valerse de un puesto público para perseguir, amenazar o denigrar a otros es corrupción, pues hacerlo no es una parte natural de las funciones de alcaldes, ministros o presidentes, como tampoco de gerentes o miembros de directivas.
Inclinar la cabeza al encontrarse con otros no hace caer las perlas de la corona de nadie, como sonreír y dar las gracias consume apenas unas pocas calorías. Dar las gracias es algo que los padres deben enseñar a sus hijos: “Juan, pasé un momento muy agradable el domingo cuando me invitaste a tomar un refresco…”.
¿Quiénes vigilan a los vigilantes? Esa tarea corresponde a todos
El poeta romano Juvenal, al hablar de vigilantes y de todos aquellos encargados de supervisar conductas publicas, planteó la pregunta clave: “¿Quiénes vigilan a los vigilantes”?
La respuesta es obvia: es el cuerpo ciudadano quien tiene que vigilar, escudriñar, evaluar los actos de funcionarios, gobernantes o personas que tienen una importante función pública. Pero tal cosa es solo posible cuando hay libertad de expresión, cuando la gente puede expresarse sin temor a ser amenazada, perseguida, coaccionada o denigrada, más al censurar, criticar o exponer reprochables actos de personas y funcionarios en el poder o que lo hayan ejercido.
Todos vamos en el mismo navío, por lo que todos estamos expuestos a perder hasta la vida cuando quienes lo conducen -y más en mares tormentosos- no lo hacen profesionalmente, no se ciñen a lo debido para salvarnos de peligrosos arrecifes, huracanados vientos, moles de hielo como las que hundieron el Titanic.

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