Las grandes empresas comienzan con sueños y llegan a las estrellas

El bienestar de una nación es de interés de toda persona sensata y por ser así es que debemos cuidarnos de demagogos, mesiánicos y vendedores de ilusiones.

Ene 23, 2019- 21:39

Cada persona, familia o grupo que se asocia para desempeñar una labor especializada, constituye una empresa, que va desde la pequeña hasta los consorcios mundiales, con muchas reglas y criterios que, con sus variantes, rigen para todos.

Es claro que esto se aplica a quienes se mueven cumpliendo las leyes y normas éticas básicas, pues no vale considerar “pequeña empresa” a un lenocinio o a un grupo de contrabandistas ni menos a narcotraficantes asociados a la dictadura venezolana.

Toda empresa se esfuerza por racionalizar sus operaciones, y a menos que busque suicidarse, vigila sus costos, se autoentrena y entrena a su personal, se esfuerza por modernizarse… pues quien no evoluciona corre peligro de desaparecer.

El éxito depende de buenas ideas, de “una poca” suerte, del crecimiento o estancamiento de una comunidad o de un país.

Y en esto recordamos lo de barriadas o ciudades o pueblos que crecen y prosperan o, a la inversa, que van muriendo… Argentina fue una potencia mundial hasta que cayó en manos del demagogo Perón y su mujer.

Por lo mismo, el bienestar de una nación es de interés de toda persona sensata y por ser así es que debemos cuidarnos de demagogos, mesiánicos y vendedores de ilusiones, como está la mayoría de los timadores, los que engañan con el truco del billete premiado o vendiendo una cadena de oro que no es oro.

Debe tenerse presente que no hay fórmulas mágicas para alcanzar la prosperidad, como no tardarán los mexicanos en darse cuenta con López Obrador o los españoles con “Podemos”.

Y que más desastre que el generado en Ecuador por Correa, procesado ahora por el secuestro y el proyectado asesinato de un opositor político suyo.

El simple inicio de un
gran imperio financiero

Como es natural y tomando en cuenta que no hay dos personas iguales, como no hay dos copos de nieve iguales en toda la Antártica, mucho del éxito o fracaso de un esfuerzo depende de las particulares características personales de cada uno de los que forman esas “empresas”. En un caso, Juanita puede ser más agraciada que Dorotea pero menos simpática, o ambas por encima o por debajo de Flor, y así sucesivamente, por lo que integrar en un proyecto a gente con características y naturaleza tan disímiles es de por sí una obra de paciencia y tacto si es que se busca el éxito. Y el joven que entra de pasapapeles en un banco y que termina por ser el banquero más admirado de una nación (como se dio en España), indica las inmensa gama de posibilidades que hay.

No resistimos la tentación de contar una linda historia: en el siglo XVIII, un banquero francés puso un aviso para un pequeño puesto en su organización. Llegó un joven, al que entrevistó, pero finalmente le dijo que no lo tomaba. Este joven se retiró pero antes se agachó a recoger algo del piso. El banquero lo llamó y le preguntó qué había recogido.

“Este alfiler”, fue la respuesta…

El joven fue el fundador de la Casa Rothschild, una leyenda en el mundo de las finanzas europeas…

Todas las grandes empresas de hoy iniciaron pequeñas y crecieron por su cuenta o se unieron a otras para llegar más rápidamente a las estrellas.

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