La ciencia y la razón vencieron una fe fanática y violenta

Giordano Bruno fue quemado vivo en el “Campo dei Fiori” de Roma por sostener que la Tierra giraba alrededor del Sol y que en el firmamento había un número infinito de soles, lo que la ciencia actual ha comprobado: hay cien billones de galaxias y la Vía Láctea es una de tamaño mediano.

Por El Diario de Hoy

Ago 15, 2019- 19:30

El 1 de noviembre de 1755, Lisboa fue sacudida por un terrible terremoto, al que luego siguieron tres tsunamis, los que en conjunto causaron 100,000 muertos, tanto en Portugal como en España y Marruecos, una de las peores catástrofes sísmicas de todos los tiempos.

Un predicador italiano que tenía varios años de vivir en Lisboa atribuyó la catástrofe “a nuestros pecados”, un castigo del cielo para todos los portugueses.

En ese entonces el hombre más poderoso de Portugal, el Marqués del Pombal, la mano gobernante detrás del rey José I, de inmediato se dio a la tarea de enterrar a los muertos y socorrer a los vivos, remover los escombros para luego proceder a la construcción de edificios antisísmicos y dar un nuevo orden urbanístico a Lisboa, el que perdura hasta hoy.

Pombal apresó al predicador y le aplicó las más crueles torturas para que su muerte fuera un ejemplo a quienes en el futuro se sirvieran de la credulidad de la gente para beneficiarse. Además, echó de Portugal a la “Santa Inquisición” y encaminó el país hacia sus posteriores glorias.

El monumento a Pombal domina el centro de Lisboa, con el marqués apoyando su mano izquierda sobre un león, símbolo de poder. Y no lejos de allí hay un monumento a Eca de Queiroz, el gran escritor lusitano autor de “La Ilustre Casa de Ramírez”, “La Reliquia” y “El crimen del Padre Amaro”.

Pombal fue uno de los creadores de la Edad Contemporánea, al liberar a la sociedad europea —y por extensión el mundo— de la censura y las persecuciones de una Iglesia oscurantista y fanática.

Hasta esos años, las personas acusadas de herejía e inclusive de “conductas sospechosas”, como negarse a comer jamón o derivados del cerdo (y por lo mismo ser judíos o musulmanes), eran quemadas vivas en “autos de fe”, como lo narra Voltaire en su obra Cándido.

“Y sin embargo, (la Tierra) se mueve…”, sostuvo Galileo

La espantosa ejecución se aplicó durante más de un milenio, siendo víctimas no sólo “herejes” sino mujeres y hombres acusados de brujería al haber un testimonio contra ellos de un número de personas, que eran recompensadas con parte de los míseros bienes de los inmolados.

En esos tiempos tener más de dos camisas, dos capas o dos pares de zapatos era señal de ser “acomodado”; tales prendas se pasaban a los hijos y nietos, como las burkas de las musulmanas. Eso, desde luego, sin antes enviar las prendas a una dry-cleaning…

Mucha santidad, muchas loas a Santa Catarina, a Nuestra Señora, a la caridad cristiana, etcétera, pero al ir contra sus enemigos los tatas curas de entonces aplicaban un salvaje suplicio que no se practicó en los pueblos de Occidente hasta los tiempos de los romanos.

Giordano Bruno fue quemado vivo en el “Campo dei Fiori” de Roma por sostener que la Tierra giraba alrededor del Sol y que en el firmamento había un número infinito de soles, lo que la ciencia actual ha comprobado: hay cien billones de galaxias y la Vía Láctea es una de tamaño mediano.

Matemáticamente no se excluye la existencia de un número infinito de universos al lado del nuestro…
Por sostener tal “herejía” Galileo fue desterrado de Roma y se refugió en una más tolerante Florencia, donde fundó la ciencia actual.

Te recomendamos

Movistar Vive una experiencia llena de elegancia y tecnología
Noticias Yolanda Andrade “reveló” que se casó con Verónica Castro y ésta fue la contundente respuesta de la legendaria actriz
Noticias ¿Es lo mismo hacer el amor y tener sexo? Un psicólogo aporta al debate
Noticias Se destapa “el secreto” tras el último episodio de El Chavo del 8 en el que aparece Quico

Utilizamos cookies y otras tecnologias para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestro sitio web.

Política de privacidad