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“El cambio”, el nuevo opio que lleva a los pueblos al desastre

Los alemanes, los japoneses, los coreanos, los llamados Tigres del Asia lograron reconstruir sus destrozadas economías o superar sus hambrunas de siempre, apoyándose en la economía de mercado, en bajos impuestos, en reducidas burocracias y claras reglas para iniciar negocios y atraer mano de obra capaz. Ese es el único camino abierto a los salvadoreños

Por El Diario de Hoy |

Parodiando a Marx, dicen que el brasileño Carlos Marighella acuñó la frase “La revolución, opio del pueblo”, dictum que a juicio nuestro debe, en estos tiempos, ser “el cambio, opio del pueblo”, pues seducir a tantos por sus condiciones de vida, por sus incumplidas expectativas, los hace caer en las redes de los mercaderes de ilusiones, de los que venden ilusorios mañanas.
El anzuelo es el mismo: si votan por mí, por mi partido, correrán por esta tierra ríos de leche y miel, sus ingresos se duplicarán... Y allá van los ingenuos a votar por ese mago hacedor de fulgurantes paraísos al otro lado de la colina que rodea el cantón...

La mayoría de nosotros recuerda proclamando “el cambio seguro” a Funes, ahora prófugo en Nicaragua y con su suegro tirado en una cárcel de máxima seguridad en un país donde corruptos de millones han sido amnistiados.

Sí que hubo “cambio”, requetehubo, pues se le atribuye un saqueo más grande que el perpetrado por su antecesor Tony —351 millones de dólares—, aunque tales saqueos palidecen ante lo que estamos viendo desde hace un rato, tanto en esta martirizada tierra salvadoreña como en Honduras y Nicaragua.

Lo más condenable es que Funes siempre pretendió usar la figura de San Romero para disfrazar sus tropelías. El santo nunca habría condonado tan vil conducta, pues sus principios eran claros, inequívocos en lo esencial.

Los de ahora ya no usan el nombre de San Romero, sino sacrílegamente del mismo Dios, “puesta nuestra confianza en Dios”, dicen, pero sus abusos y multimillonaria corrupción son iguales o peores que la de los que ellos llaman “los mismos de siempre”, de donde esos de ahora proceden.

Tras su paso esos mercaderes de ilusiones van dejando pobreza, instituciones pervertidas, enormes deudas a causa del saqueo permanente que perpetran, arruinadas reputaciones de sus secuaces, maldiciones que los perseguirán hasta el más allá. Maldiciones que perseguirán a sus familias, sus hijos, toda su descendencia, como se ha podido ver a través de la historia...

Abundan ejemplos de cómo logran prosperar los colectivos

¿Cómo puede un pueblo, una persona, un colectivo mejorar sus condiciones de vida, desterrar el mal, la codicia sin límites, los odios entre unos y otros?

Lo más básico y efectivo es emular los hábitos, principios, esquemas que personas y grupos que superan la adversidad, o condiciones precarias, adoptan para conseguirlo.

Uno de ellos, obvio, es labrarse una buena reputación, ser persona confiable; otro es alejarse de vicios, no insultar, ser amigable, sonriente; no exigir más de lo que corresponde por un trabajo, una diligencia, contribuye a que alguien sea más y más solicitado.

La propia apariencia, ser limpio, ordenado, puntual, atento, son valores que deben cultivarse, lo que incluye estar pendiente del bienestar ajeno.

Los alemanes, los japoneses, los coreanos, los llamados Tigres del Asia lograron reconstruir sus destrozadas economías o superar sus hambrunas de siempre, apoyándose en la economía de mercado, en bajos impuestos, en reducidas burocracias y claras reglas para iniciar negocios y atraer mano de obra capaz.

Ese es el único camino abierto a los salvadoreños para reconstruir nuestro país una vez que logremos escapar del lodazal que ahora se traga todo...

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