Cuando quemaban a los que no pensaban como el inquisidor

La censura, en una forma u otra, conduce al estancamiento, a la congelación primero y al retroceso luego en el tiempo de los pueblos que caen en tales garras.

Por El Diario de Hoy

Ene 19, 2020- 21:55

En el museo Thysen de Madrid se exhibe un cuadro de “santo” Domingo de Guzmán dando inicio a un “auto de fe”, consistente en la contrición pública de condenados por adjurar de la fe so pena de descuartizarlos, quemarlos vivos o aplicarles mortales torturas. El cargo: herejía, actos contra la doctrina oficial de la Iglesia de ese entonces o hablar más de la cuenta. La postura era clara: la oscurantista Iglesia de esos tiempos perseguía a sangre y fuego, con lujo de barbarie, a sus críticos, como en su momento quemó vivo a Giordano Bruno en el Campo dei Fiori de Roma por sostener que la Tierra giraba alrededor del Sol, un hecho previamente demostrado por el astrónomo griego Aristarco de Samos (310 al 230 a.C.) y corroborado entre otros por el polaco Nicolás Copérnico en 1506.

Pero descuartizar o quemar vivos a “herejes” era una forma de enviar un contundente mensaje a hombres y mujeres de esa época: rebelarse de palabra o hechos de la doctrina oficial de la Iglesia se castigaba de manera atroz.

La barbarie de “santo” Domingo de Guzmán era la versión de ese tiempo, del Renacimiento, de imponer censura, de perseguir por los medios de cualquier alcance la libre expresión, el derecho de la gente de hablar, criticar, apoyar o comunicar sin censura, lo que precisamente se planteó Edison Lanza, Relator de Libertad de Expresión de la Comisión Intermericana de Derechos Humanos (CIDH, organismo de la OEA), en su reciente visita a El Salvador y de lo que hemos ya informado:

Cualquier medida conducente a amedrentar, censurar, perseguir o coartar el derecho esencial de toda persona en una democracia, es inválida, un atropello al orden jurídico y moral en este suelo y el mundo.

La censura, la persecución en una forma u otra contra los que no se unen al rebaño de adulación de un régimen, tiene varias facetas que es muy del caso examinar.

La primera de ellas, obviamente, es que usar recursos públicos para silenciar a los críticos y tirar prebendas a los aduladores es inmoral, pues se trata de eso: dineros de la generalidad, no dineros de un régimen, que solo empleando de manera objetiva y limpia puede validarse su uso.

Lo segundo es evidente por sí mismo: nadie es dueño de la verdad absoluta, como no lo son los ayatolas iraníes que echan mano de recursos estatales para imponer sus supersticiones y fanatismos no solo sobre sus connacionales, sino también sobre sus vecinos y el mundo.

Amenazan echando mano del patrimonio de todos los iraníes, como los narcodictadores venezolanos utilizan lo que no les pertenece para sofocar a sus opositores y además para sostener con dinero proveniente de la droga las dictaduras cubana, nicaragüense y la propia.

El buen futuro es de hombres libres actuando con fe y con principios

La otra faceta en este asunto es que la censura impide buscar nuevas alternativas a lo que se hace, labrar rutas distintas en los caminos de los hombres, tanto aquí como en el resto del mundo.

La censura, en una forma u otra, conduce al estancamiento, a la congelación primero y al retroceso luego en el tiempo de los pueblos que caen en tales garras. Si la censura es para impedir que se realicen obras de arte distintas a las patrocinadas por un régimen, como sucedió con el “realismo socialista”, el mundo se vuelve gris, mortecino.

Un luminoso porvenir no lo logran ni lacayos ni amordazados, sino hombres libres que siguen sus buenos impulsos.

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