Guardar la distancia requerida es privilegio del Primer Mundo

En El Salvador, preocupa la situación en las cárceles, donde se sabe que hay un 333.3% de hacinamiento con más de 37,491 reos hasta marzo, sin contar los reclusos en bartolinas policiales, que pueden llegar hasta 2,500, según recientes estadísticas.

Por El Diario de Hoy

Abr 26, 2020- 20:31

Nuestro columnista y corresponsal en París, Pascal Drouhaud, hace ver que “el distanciamiento social” es un privilegio del Primer Mundo, de las zonas más desarrolladas de las grandes ciudades y, agregaremos nosotros, de las pequeñas comunidades, de los caseríos, de zonas rurales.
Ese distanciamiento profiláctico es casi imposible en las villas miseria, en las favelas del Brasil, donde imperan el crimen organizado y la droga, sitios tan peligrosos que hasta la policía teme entrar.
En El Salvador, por ejemplo, preocupa la situación en las cárceles, donde se sabe que hay un 333.3% de hacinamiento con más de 37,491 reos hasta marzo, sin contar los reclusos en bartolinas policiales, que pueden llegar hasta 2,500, según recientes estadísticas.
Pero asimismo hay otros hacinamientos humanos en el Segundo y Tercer Mundos, donde es prácticamente imposible guardar las distancias. Los hemos visto en la India, es frecuente en los asentamientos de gitanos en Europa, es “normal” en las periferias de ciudades como El Cairo y absolutamente inevitable en muchas naciones africanas, en lugares donde la gente ya sufre de malnutrición, raquitismo y violencia.
Los cuadros más deprimentes de extrema miseria humana que hemos visto fueron en Benarés, una ciudad santa para muchos hindúes que hace que allí lleguen a morir, donde una mayoría son incinerados mientras, hasta no hace mucho, ¡a los muertos por viruela los arrojaban al Ganges!
Al coronavirus se agrega, en África, la amenaza de plagas bíblicas, de nubes inmensas de langostas que devoran todo a su paso, de sequías…
Las autoridades en cada lugar hacen lo que pueden, como va a ser en Centroamérica, lo que nos acongoja a todos.
Cada pueblo parece tener sus debilidades orgánicas, lo que le vuelve más vulnerable a una pandemia con respecto de otras.
Hay grupos de jóvenes en Estados Unidos que al recuperarse del coronavirus quedan vulnerables a sufrir derrames cerebrales u otras secuelas. El virus está cobrando más víctimas entre las comunidades afroamericanas e hispanas que en el resto de la población. Los infectados están llegando al millón y se registran más de 54,573 decesos, pero el fin de semana las playas de California estaban abarrotadas. Esa realidad ha espantado a la conductora de un popular programa de televisión, Oprah, que ha hecho un llamado a su audiencia y sus líderes de las comunidades para alertar a jóvenes y viejos sobre las medidas que deben tomarse con urgencia, como respetar la cuarentena, extremar el cuidado con la salud y el distanciamiento personal…
En Guayaquil, Ecuador, espantan las informaciones de que muchas familias sacan los cadáveres de sus deudos a la calle, donde los rocían de gasolina y les dan fuego.

La última maniobra rebasa nuestra capacidad de sorprendernos

Lo que en todos los países se pide, quedarse en casa, no salir mientras no haya una vacuna contra el mal, es lo que hace una parte de la población, es difícil para otros, imposible para la mayoría de habitantes en naciones empobrecidas como la nuestra. Si a ello se suman caudillos que no atienden razones, que van de ocurrencia en ocurrencia en ocurrencia sin más brújula que el provecho personal, estamos en grave peligro.
La última movida rebalsa la capacidad de todos nosotros de sorprendernos: que el presidente diga que en la Asamblea hay una “significativa sospecha” de presencia de COVID-19 en momentos en que los diputados están superando un veto es una maniobra repudiable…

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