Alemanes e italianos fueron perseguidos y despojados

De nada valió que las familias afectadas, alemanas o italianas, estuvieran arraigadas en los países donde residían, que sus miembros estuvieran casados con naturales de esos países y tuvieran hijos costarricenses o colombianos.

Por El Diario de Hoy

Oct 08, 2019- 21:42

El gran almacén Lehman en Costa Rica ha sido parcialmente clausurado por deudas con el dueño del edificio, una de las grotescas consecuencias de la persecución montada por los Estados Unidos al inicio de la Segunda Guerra Mundial ordenando que los nacionales alemanes e italianos les fueran entregados para meterlos en campos de concentración.

De nada valió que las familias afectadas estuvieran arraigadas en los países donde residían, que sus miembros estuvieran casados con naturales de esas naciones y tuvieran hijos costarricenses o colombianos.

Era impensable que un italiano en Nicaragua, en El Salvador o en Guatemala pudiera ni remotamente constituirse en un peligro para la causa aliada, pues una minoría de los simpatizantes del nazismo o el fascismo desde antes de estallar la guerra había vuelto a sus países de origen.

La familia costarricense Lehman, arraigada en Costa Rica desde mediados del siglo XIX, tuvo que dejar sus bienes a nombre de un cura y unas religiosas, quienes pasado un corto tiempo los vendieron, traicionando el trato. Y de tal traición es que el gran almacén tuvo que trasladarse.

En Guatemala pasó algo similar: el gobierno se quedó con las propiedades de alemanes e italianos y luego las repartió entre sus allegados, los que no las devolvieron a sus dueños.

En nuestro país el gobierno tomó a su cargo esos bienes pero los mantuvo en su poder hasta que finalizó la Gran Guerra.

Del entonces presidente, general Maximiliano Hernández Martínez, se pueden decir muchas malas cosas con fundamento, pero era honrado y no usó el poder para enriquecerse.

Y así, en manos del gobierno salvadoreño quedaron esos bienes hasta que en 1946, en el breve lapso que fungió como ministro de Economía nuestro fundador, Napoleón Viera Altamirano, y por disposición suya, fueron devueltos a sus legítimos dueños. El Salvador fue la única nación en el Istmo que dio ese paso.

Se ama el país donde se emigra como también donde se nació

Hernández Martínez no pudo detener la entrega de alemanes e italianos, con dos excepciones: la de una gran metalúrgico que era esencial para procesar el café y la de un repostero. Ambas familias siguen al día de hoy en nuestra tierra.

Este trágico episodio se dio por ignorar una faceta esencial de la inmensa mayoría de hombres: que aun cuando recuerden siempre y amen el país donde nacieron, también toman arraigo en aquellos donde se asientan, forman sus familias, se identifican con sus poblaciones y con su especial cultura y modo de ser.

Los salvadoreños que emigraron a Australia o a Chile o Estados Unidos rápidamente se identifican con sus patrias adoptivas, se integran a sus comunidades, a sus especiales idiosincrasias, a su cultura, aunque una porción de ellos al jubilarse vuelva a sus lugares de origen.

Muchos europeos, estadounidenses y orientales se han asentado entre nosotros y tienen hijos y descendencia que aquí vive, incluyendo diplomáticos y sus hijos.

En los turbulentos años de la Segunda Guerra Mundial —una conflagración que nunca debió haber sucedido— se dieron horrores sin sentido, como la desmembración de Alemania, una parte de cuyo territorio pertenece ahora a Rusia y a Polonia, como la entrega que hicieron los Aliados a Stalin de los disidentes rusos que habían tomado refugio en el Este europeo y que fueron masacrados tan pronto cayeron en poder de los bolcheviques.

Dios libre a la humanidad de nuevas guerras…

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