A muchos no les falta el agua, pero le tienen terror a bañarse

Los clérigos del Medioevo consideraban pecaminoso bañarse, pero no quemar vivos a sus detractores. Y todo fue una reacción a las costumbres del Imperio Romano, que hacían del baño un hábito deseable para todos, como los japoneses en la actualidad, entre otras culturas.

Por El Diario de Hoy

Abr 25, 2019- 18:55

Terror al agua era una constante durante la Edad Media, como por desafortuna sigue siendo común en algunas regiones del mundo en nuestra época: bañarse era tabú, al punto que la Reina Isabel, la de Castilla, se ufanaba de sólo haberse bañado dos veces en su vida, mientras monarcas como Luis XIV y Enrique VIII lo hacían únicamente cuando los médicos lo prescribían.

Los culpables eran los clérigos de ese entonces, que consideraban pecaminoso bañarse, pero no quemar vivos a sus detractores. Y todo fue una reacción a las costumbres del Imperio Romano, que hacían del baño un hábito deseable para todos, como los japoneses en la actualidad, entre otras culturas.

Se propagó entonces la idea de que la mugre en el cuerpo protegía de infecciones a la gentes; que no se debía bañar a los niños, lo que como consecuencia llevó a las mortandades de ellos, que con una pequeña herida se infectaban por la suciedad de sus cuerpos…

Y los piojos, pulgas y otros bichos eran la normal fauna en los cabellos de todos; los hombres comían con sus sombreros puestos para que sus huéspedes capilares no cayeran en la comida, aunque regarlos era lo esperado cuando un caballero saludaba a una dama quitándose sus emplumados adornos, nos lo narran los documentales sobre la época.

En la actualidad la gente solo usa gorros en las estaciones frías, aunque en el Medio Oriente ponerse trapos en la cabeza es no solo una costumbre, sino un mandato. En sus templos hay que cubrirse la cabeza y desnudar los pies, lo que convierte muchos de ellos en tremendamente odoríficos recintos.

En una de sus historias, Rabelais, escribiendo en el siglo XVI, cuenta cómo las mujeres de una ciudad repelieron un ataque poniéndose en cueros sobre las murallas, el primer uso que se conoce de los mortíferos gases asfixiantes.

Si la gente no se bañaba, no se podía esperar que sus casas, sus templos y sus tabernas fueran limpias. Cada persona tenía su propio y personalísimo hedor (o “tufo” como dicen popularmente), una especie de burbuja densa que lo seguía por doquier, lo que describe en un par de líneas Giovanni Boccaccio al hablar sobre las y los jóvenes que se habían refugiado en un vergel en la Toscana; una de ellas comenta que un joven tenía su especial y distinto olor que el resto.

Quemar incienso mitigaba la pestilencia en los templos, como el Botafumeiro en Compostela.

“…El galante y mugroso caballero se acercaba a la bella y mugrosa dama a declararle su amor. Y entre ambos se genera una nueva burbuja de aromas…”.

Dichosos los hombres y mujeres de la época del agua y el jabón

En la novela El Gatopardo de Lampedusa se describe cuando el Príncipe Salinas es sorprendido en su bañera por el cura de la parroquia, un sudoroso cura que cumplía los preceptos eclesiásticos heredados del Medioevo aunque no quemara herejes. El príncipe recomienda al cura que así como cuidaba la purificación de su alma, debería también ocuparse de la purificación de su cuerpo, una variante del precepto mens sana in corpore sano, que sería mente limpia en cuerpo limpio…

La comentarista del documental se regocija de haber nacido en esta era, de encontrarse en la época de las duchas, los jabones, los champúes, los desodorantes…

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