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En mi camino a clases

Con mi título bajo el brazo, me despedí de Inglaterra y el último adiós me deparaba una sorpresa. Llegué a la aerolínea, pero no había nadie que atendiera a los viajeros. En una máquina escaneé mi pasaporte y mi boleto de abordar. En otra, metí mi maleta para su respectiva revisión. Todo fue voluntario, automático y maquinizado, sin preguntas ni amenazas, libertad absoluta.

Por Maximiliano Mojica
Abogado, máster en leyes

La verdad es que siempre me ha gustado caminar, por eso no me molestó acomodarme en una casa de huéspedes para estudiantes que quedaba algo distante del campus cuando estuve estudiando en Inglaterra. El lugar -cuyo hospedaje era lo que me permitía mi magro presupuesto- quedaba más o menos a treinta minutos de caminata del aula a donde recibía mis clases para obtener mi título de “postgrado en contratos internacionales”, que cursaba en la Universidad de Cambridge.

Nunca me imaginé que esas caminatas fueran tan fructíferas -en términos de aprendizaje- como las clases mismas. Recuerdo que uno de esos días me sobrepasó un niño… un crío de no más de siete u ocho años… montado en su bicicleta rumbo a su colegio. Pasó raudo y veloz vestido con blazer -sí, los niños usan sacos para ir a clases- y su mochila de libros. Yo me volteé, suponiendo que su mamá o una “nanny” venia tras de él… pero no, iba solo. Esa fue la primera experiencia que tuve respecto al contraste de El Salvador con un país del Primer Mundo: libertad. Los niños podían ser independientes, salir solos, algo impensable en El Salvador a menos que exista una extrema necesidad para ello.

Mi lugar preferido para estudiar era un lago que quedaba cerca de la Universidad… nunca olvidaré el primer día que lo visité para estudiar al aire libre. Recuerdo que bandadas de patitos caminaban a la par mía. De nuevo, volteé a ver para checar si venía un guardia cuidándolos. Nada. Iban solos sin que - ¡oh, milagrosamente! - nadie quisiera agarrar uno para merendarlo. Es decir, la naturaleza “no privada” se respetaba por los ciudadanos y no se requería de un gendarme para hacerlo respetar. Pero ahí no acabó la cosa.

El parque estaba lleno de sillas portátiles de madera, muy apropiadas para la lectura, el estudio o la simple contemplación de la naturaleza. Lo sorprendente es que a pesar de ser “movibles” y muy livianas, nadie se las llevaba, maltrataba o vandalizaba. En vano busqué a la persona que las alquilaba o cuidaba, ya que, en mi experiencia del Tercer Mundo, supuse que tenían dueño y que no solo era tema de escoger una y sentarse a leer. Pero no, eran gratis y dispuestas a todo aquel que las quisiera usar… ¡tremendo shock cultural!… ¡Nadie se comía los patos del parque, ni se llevaba las sillas a su casa!

Posteriormente, luego de salir de uno de los muchos museos disponibles para beneficio cultural del individuo, alquilé una bicicleta pública. Podías tomar una y dejarla en algún otro lugar de la ciudad en los puntos designados y perfectamente identificados al efecto. En bici y sin generar polución alguna, pasabas frente a museos, palacios, parques, restaurantes, etc. y cuando ya estuvieses cansado, simplemente la devolvías, sin que nadie la recibiera y “diera fe que la has devuelto” … Primer Mundo.

Pero la parte más impactante de mi camino a la U fue cuando me crucé con un par de mujeres policías. Iban caminando por ahí “patrullando”, pero cualquiera diría que se dirigían a una reunión de amigas. Tranquilas y pacíficas. Caras descubiertas -olvídate de esos atemorizantes pasamontañas que ocultan el rostro propio de nuestros policías tropicales-. Pelo ordenadamente recogido en un moño. Pero sobre todo… ¡no portaban armas! Lo más peligroso que vi fue que portaban un frasco de gas pimienta. Verdaderamente increíble si las comparamos con nuestros policías que portan armas largas y pasamontañas, todo lo cual les brinda un aura de agresividad impensable en Inglaterra.

Con mi título bajo el brazo, me despedí de Inglaterra y el último adiós me deparaba una sorpresa. Llegué a la aerolínea, pero no había nadie que atendiera a los viajeros. En una máquina escaneé mi pasaporte y mi boleto de abordar. En otra, metí mi maleta para su respectiva revisión. Todo fue voluntario, automático y maquinizado, sin preguntas ni amenazas, libertad absoluta. Regresé a mi país dando un suspiro. “Algún día”, me dije a mí mismo, porque tengo la certeza de que cuando el pueblo finalmente se canse de optar por aventuras populistas y decida escoger gobiernos probos y capaces, lo lograremos.

Abogado, Master en leyes @MaxMojica

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