Twitter ¿es la vida real?

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Por Cristina López
Lic. en Derecho de ESEN

Feb 23, 2020- 18:51

Hay un debate que se tiene continuamente entre comentaristas políticos de toda uña y pluma: el de que si Twitter, la red social con 126 millones de usuarios diarios activos, es “la vida real” o no. En el New York Times ha habido varias columnas de opinión dedicadas a debatir precisamente ese tema, desde la perspectiva de que políticos como Joe Biden, popularmente detestado en esa red social, mantienen apoyo político en las encuestas que supuestamente sí reflejan el mundo real.

Quienes argumentan que Twitter no es real, se refieren a la sobre-representación de opiniones en los extremos políticos por encima del centrismo o la moderación. Se refieren a la desproporcionada presencia e importancia en esa red social de usuarios que pertenecen a las élites políticas y mediáticas. Se refieren a que, debido a la manera en la que funciona Twitter, rápida y concisa, con su límite de espacio a 280 caracteres, la mejor manera de llamar la atención no es con retórica cuidadosa, prudente. Es con bombazos molotov. Con extremismo, hipérbole y sobre-reacción. Con indignación, real o performativa. Y ninguna de las ideas expresadas a través de este filtro representan a las grandes mayorías.

El punto que hacen los críticos, y uno bastante válido, es que la atención desproporcionada que reciben las ideas que se transmiten a través de ese medio de comunicación, no es saludable, puesto que estas ideas no son en lo absoluto representativas de las grandes mayorías, o de la persona “promedio”. Que por asumir que Twitter es una muestra auténtica del universo total de una sociedad, cualquier sociedad, y usar esa red social para medir pulsos con respecto a cualquier tema y luego formarnos conclusiones, estamos polarizando a esa sociedad.

Y tienen algo de razón estos críticos. La economía de la atención que domina en Twitter premia el extremismo y la polémica por encima de la mesura y el raciocinio, y sí, la voz de las élites está sobre-representada y sobre-amplificada. Pero el momento en el que pudimos haber corregido el rumbo probablemente quedó atrás hace mucho tiempo. Porque queramos o no, desde la asunción al poder de Donald Trump, Jair Bolsonaro, y nuestro propio líder millennial, (tres paladines de la gobernanza twittera), muchos periodistas usan Twitter parcialmente como editor en jefe, repartiéndoles sus asignaciones. Es lo que los políticos y sus oponentes escriben en la red lo que les dicta las noticias que consumimos el resto, las prioridades del día, las polémicas, etc.

Y luego los líderes políticos, actuando más como “influencers” que como estadistas, reaccionan a este periodismo, también en Twitter. Y esa reacción también se vuelve noticia. Y así sucesivamente, se perpetúa un ciclo interminable.

Desde siempre, las élites, ya sean económicas, mediáticas, o políticas, tienden a tener un impacto desproporcionado (y anti-democrático) en la política pública en general. Y como ahora vivimos en un mundo donde estas élites literalmente le dedican cantidades exorbitantes de atención y tiempo a la red social, es natural que las políticas y retórica que terminan creando en “la vida real” y que nos afectan a todos (tuiteros o no), terminen reflejando la política polarizada de Twitter. Por eso terminamos con montajes en la vida real de escenarios motivados por Twitter: para la provocación y reacción de las masas. Montajes absurdos como los del 9 de febrero (que muchos, influenciados precisamente por las costumbres de Twitter, ahora llaman solo #9F).

Así que el debate, de que Twitter no es la vida real, parece haberse cerrado con la evidencia de que quienes concentran poder de cualquier tipo, dominan las conversaciones en Twitter, y lo que consumen y escriben ahí (polarizado, extremo y reduccionista al máximo), termina dictando la realidad política en la que vivimos. ¿Qué más vida real que eso?

Tomando como ejemplo un punto que hacía un columnista del Times, Charlie Warzel, quienes han sufrido consecuencias físicas de abusos y situaciones que se engendran en Twitter, jamás dirían que Twitter no es la vida real. No lo dirían quienes han sido acosados por cuentas bukelistas como las (porque es plural) del Brozo o la de Walter Araujo, ni lo dirían quienes han pasado terror real al ver su información personal publicada, ni lo diríamos las mujeres que hemos tenido reacciones reales ante insultos denigrantes recibidos en esa red social.

Esta columna, que alguien lee en la vida real, no habría existido sin la maldición o bendición de ese sitio web, hecho para hacer micro-blogs de manera inmediata. Estos presidentes tuiteros, cuya inclinación al autoritarismo y la megalomanía solo se ve hinchada por culpa de la atención y cultismo absurdo que reciben en Twitter, toman decisiones influenciadas por esta máquina multiplicadora de ansiedades y pasiones desbordadas, decisiones que afectan nuestra vida de maneras muy reales. ¡Qué miedo! Y con miedo y todo, probablemente voy a compartir esta columna en Twitter.

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