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Vida de perro

Me parece muy importante que tengamos claros los deberes de los humanos para con los animales, pero de dichos deberes no se pueden derivar derechos para los irracionales, por muy similares que sean a nosotros (pienso en los primates superiores), o por muy “humanos” que nos puedan llegar a parecer. 

Por Carlos Mayora Re
Ingeniero @carlosmayorare

Pocas épocas han sido tan buenas para nacer perro (o gato, o lora, o tortuga…) como esta en que vivimos. Porque la sensibilidad en general, y los sentimientos respecto al bienestar animal en particular,están al alza y subiendo. Da la impresión de que hay cada vez más personas que en lugar de vivir con su mascota, viven para su mascota.

No sé si el lector ha compartido esta experiencia: quizá al principio, cuando alguien se refería a su mascota como su “perrhijo”, o cuando posteaban una foto del can añadiéndole los dos apellidos de la familia, nos daba risa. Pero luego, después de ver que no era broma, sino que en realidad habían elevado su estatus al de miembro de la familia con plenos “derechos”, de la risa uno pasaba -por lo menos- a la reflexión.

Una de las conquistas de la modernidad es, indudablemente, la sensibilidad para con el medio ambiente. Sin embargo, debido a ese extraño impulso posmoderno que consiste en elevar el sentimiento a sus más altas cotas (pues si de sentir se trata hay que hacerlo a la máxima intensidad); paulatinamente hemos ido transitando de tener sensibilidad con la naturaleza, a enfocar el tema -en algunos casos- desde la perspectiva de un pseudo fanatismo.

Claramente, la relación del ser humano con los animales domésticos ha sido siempre importante, y en el caso de las mascotas, muy gratificante. Pero de eso, a elevar al plano “humano” a las criaturas de Dioshay harta distancia. Sobre todo, cuando los sentimientos que el dueño experimenta por su mascota le parecen recíprocos… hasta perder, en algunos casos, la perspectiva y humanizar unas relaciones ajenas a esa categoría.

La lógica que media este dislocamiento de la sensibilidad parece ser que lo que se considera “bueno” para las personas, debe ser “bueno” para los animales. Y no digo que no, pero dentro de los límites de una sana objetividad. Para decirlo de una vez: no somos unos animales más, no somos animales como los otros.

Me parece muy importante que tengamos claros los deberes de los humanos para con los animales, pero de dichos deberes no se pueden derivar derechos para los irracionales, por muy similares que sean a nosotros (pienso en los primates superiores), o por muy “humanos” que nos puedan llegar a parecer.

Precisamente, de la consideración de que los seres humanos somos poco más que animales más evolucionados, viene cierta conciencia de que nuestra acción depredadora debe parar, por lo que, por ejemplo, es un deber moral cesar de consumir productos animales… como si el reino animal viniera a ser el nuevo proletariado y nosotros los crueles explotadores.

Lo cierto es que no somos animales como los otros, por la sencilla razón de que somos los únicos que sentimos obligaciones morales hacia los otros animales. De hecho, jamás podríamos formar una comunidad moral de igualdad con ellos, pues nuestros intereses humanos difieren diametralmente de la pura subsistencia que define el substrato del comportamiento animal.

Dicho de otro modo: solo los humanos pueden proponerse, y en algunos casos exigirse, un trato ético en su relación con los animales. Es una condición absolutamente irreversible. Somos las personas quienes formamos comunidades morales de derechos y obligaciones recíprocas, y jamás podríamos pretender que a los animales se les exigiera algo mínimamente parecido a una obligación.

Lo demás es exageración, si no injusticia. Como esa de traer en ambulancia desde más de cien kilómetros a un gato para que se le atienda en un centro veterinario (“cosas veredes que faran fablar las piedras”). Exageración y sentimentalismo focalizado en quienes merecen nuestro cuidado, pero no más que lo que por justicia (y en este caso dicho con absoluta propiedad) merecen nuestros semejantes humanos. Aunque a veces no despierten ni la compasión ni la simpatía del perrito que alegra nuestro día al llegar a casa.

Ingeniero/@carlosmayorare

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