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Arrancando rábanos

Nuestro aporte como sociedad civil es importantísimo para cambiar al país. Tenemos que revisar los paradigmas con los que casi todos hemos crecido. Un tiempo, El Salvador fue el granero de Centroamérica.

Por Carmen Maron
Educadora

Antes que lean esta columna quiero que se quiten su camiseta de color político y que se traguen el odio que le pueden tener a un bando u otro. Esta es una columna para los que quieren hacer patria, una acción positiva a la vez.
Hace unos días, unos amigos que viven en la zona rural me invitaron a comer sopa de frijol nuevo. La comí en la típica casa de bahareque de nuestros campos. (Dicho sea de paso, para los que ven ese tipo de construcción “de menos”, déjenme decirles que tiene mucha más lógica que el cemento mixto, pero esa es otra historia.) Durante la sobremesa, la madre de familia, toda una salvadoreña de pura cepa, me contó cómo después de los cuarenta días cargaba a su hijo en su refajo y se ponía los canastos sobre la cabeza para ir a vender. Uno de los miembros de la familia comentó que quería emprender. Sin embargo, ¿se han fijado ustedes que emprender parece ser un término puramente urbano? El micro y pequeño agricultor (mal llamado, campesino) se asume que va a vender en el mercado y, peor, a precios bajos.
Nuestra gente es generosa y, como regalo, me tenían un manojo de rábanos, algunos de los cuales, sin mentirles, los cubría mi mano. Me contaron que no usaban pesticidas, que el agua era limpia y me invitaron a conocer el sembrado. Era una belleza. Pero, me contaron, cuando llegaban al mercado, les pedían rebaja.
Les pregunté si podíamos hacer un experimento y le tomé foto a los rábanos en un canasto y se las mandé a mis grupos de WA, junto con una breve descripción de dónde estaba y cómo crecían los rábanos. Cuando sentí, quince mujeres habían comprado manojos. Ni modo, había que cortarlos, así que los acompañé y la citadina se puso a arrancar rábanos. Miren, no sólo DUELE la espalda, sino que pican las manos. De verdad que cada centavo que un micro o pequeño agricultor le cobra va amarrado a muchísimo sacrificio. Es un pecado estarles regateando. ¿O regateamos en el súper?
Regresé con un baúl entero de rábanos. Fui a repartir la mitad porque eran tan enormes que no me cabían en mi pila. Pero, se vendieron 30 manojos de rábano a un precio justo. Y ya me están llegando “pedidos”. Hoy tengo que encontrarles donde puedan depositar mercadería (ya hay una amiga), explicarles de costos, enseñarles a usar Instagram.
Miren, no soy la Madre Teresa ni me quiero pintar así. Pero yo le guardo una enorme gratitud a la tierra que recibió a mi padre. Y creo, firmemente, que uno tiene que dar lo más importante que tiene: conocimiento, no dinero. Cuando hablamos de la brecha digital en el país (que es inmensa), de la pobreza multidimensional (que es inmensa) y de la falta de desarrollo en el agro (que es inmenso) y la pésima educación rural, no hablamos de un tema de este gobierno, ni el anterior ni del anterior. Es un tema de cómo vemos a las familias rurales: necesitadas al punto de tener que negociar lo que producen, ignorantes, “pobres” en sus casas de bahareque, desde los tiempos de la colonia. Y mientras esa mentalidad no cambie, las condiciones para ambos lados no van a cambiar.
Yo me he hecho la promesa (como mi RSE personal) de ayudar a esta familia a cumplir el sueño del hijo de ser emprendedor. No tengo dinero, no puedo llenar mi casa de las verduras de estación, pero puedo hablar desde mi experiencia en gestión de proyectos. Y así cada uno podemos cambiar la realidad del área rural. Necesitamos más ONGs que den financiamiento para proyectos agrícolas a mediano plazo y personas que colaboren y escriban “papers” por amor al país, no al dinero.Si usted es ingeniero agrónomo, puede colaborar con ideas para mejorar el factor riego. Si usted es arquitecto, con diseños funcionales para usar el bahareque. Si usted sabe de finanzas, con ideas para solucionar y explicar temas financieros en sus términos más simples. Las universidades pueden aportar imprimiendo las ideas que se escriban gratis o al costo y si usted es tan pudiente que tiene un banco, con créditos blandos de bajo monto. Y, por favor, no pida rebaja en el mercado. La vida esta cara en la ciudad, más en el campo.
Nuestro aporte como sociedad civil es importantísimo para cambiar al país. Tenemos que revisar los paradigmas con los que casi todos hemos crecido. Un tiempo, El Salvador fue el granero de Centroamérica. Claro que espero que el gobierno genere políticas públicas a nivel macro para beneficiar a los micro y pequeños agricultores. Pero también el país necesita de cada uno de nosotros. Todos tenemos la capacidad de arrancar rábanos, trasladar el esfuerzo de hacerlo e intentar cambiar una vida.

Educadora, especialista en Mercadeo con Estudios de Políticas Públicas.

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Agricultura Emprendedores Opinión Trabajo Agrícola

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