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Más allá de la atracción

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Por Carlos Mayora Re
Ingeniero

En los últimos años, la cultura ha experimentado un cambio muy significativo en lo que se refiere a cómo las personas se entienden a sí mismas, a partir -entre otras-, de las novedades introducidas por una corriente de pensamiento para la cual el sexo genético y la identidad de la persona no tienen una conexión necesaria, por lo que en unos casos podrían coincidir y en otros no.

Cualquier intento de profundizar en esto se convierte en un serio desafío no solo para la cultura en general, sino también para la ciencia en particular. Concretamente, interpela a la genética y la biología, tanto como a la psicología, la antropología y a todas las disciplinas que tienen como objeto de estudio al ser humano.

El trasfondo del fenómeno sería un reduccionismo procedimental. Así, después de estudiar las ideas que navegan en el “mainstream” cultural, en el progresismo al uso, uno termina con la sensación de que se quiere basar la identidad del ser humano -una realidad compleja como la que más-, en una sola de sus peculiaridades. Como si se quisiera reducir todo a un asunto de atracción sexual, pues en último término, da la impresión que se piensa que lo nuclear, lo que hace que un ser humano sea varón es que se sienta atraído sexualmente por las mujeres, y viceversa.

De modo que, si un varón genéticamente así constituido se sintiera atraído sexualmente por otros varones, o simplemente no sintiera nada de atracción erótica por las mujeres, se estaría ante un caso de disparidad entre el sexo biológico y el género. De dónde, basándose en esa constatación, se llega a afirmar que no hay identidad entre ambas realidades, y no solo en ese caso particular, sino en todas las personas que son y han sido.

Ante esto, la antropología filosófica sí que tiene cosas que decir. En primer lugar, que el principio de animación y organización del cuerpo depende intrínsecamente de su condición no solo material, somática, sino sexuada. O, dicho de otro modo, que somos hombres o mujeres en cuerpo y alma, holísticamente, y que ésta no es una cuestión baladí.

En segundo lugar, que el cuerpo humano es la persona misma (no es sólo un androide operado por el espíritu). Somos todo hombre o todo mujer… el cuerpo no se presenta como masculino o femenino simplemente por la presencia de unos órganos reproductores diferentes. De hecho, como se demuestra científicamente, desde la embriología hasta las neurocienciaspasando por la psicología y cualquier otra disciplina que se ocupe del ser humano, la persona difiere notablemente en muchísimos campos si se trata de un hombre o de una mujer.

Entonces, introducir asexualidad donde evidentemente no la hay, puede ser producto de la superficialidad del análisis… pero también de intenciones movidas por intereses ajenos a los científicos, que es lo mismo que decir extraños a la verdad de las cosas.

Una tercera argumentación parte de la constatación de que hay gran pluralidad de formas en las que un hombre y una mujer se manifiestan como tales de acuerdo con las normas, los valores y las prácticas vigentes. Pero, como sea, en todas las culturas, y en todos los tiempos, la díada hombre/mujer está siempre presente; por lo que querer suprimirla simplemente porque en un momento y en un tiempo concretos presenta injusticias para unos u otras es, simplemente, injusto.

Es verdad que una persona puede experimentar una tensión o una alienación entre lo que percibe como su cuerpo y su identidad, de manera que llegue a afirmar que su sentir acerca de su identidad sexual (que no de su identidad sin más) difiere de su condición biológica; pero también es cierto que la solución a dicha tensión no pasa sin más por romperla o “aceptarse” como uno se siente… pues esto en el mediano y en el largo plazo no deja de ser contraproducente, y en muchos casos sumamente doloroso.

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Opinión Sexualidad

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