Roque Dalton, el poeta incómodo

May 02, 2021- 20:54

El que no se sienta incómodo luego de leer a Roque Dalton, no ha vivido a Roque Dalton. Este poeta, hijo de un estadounidense y una salvadoreña, impregna de incomodidad a todo el que siente su poesía, su palabra.

Se siente incómoda la institucionalidad, se sienten incómodos los políticos, sienten escozor los que no son sinceros con la causa a favor de los desvalidos, les da comezón a los intelectuales de escritorio, a los poetas alambicados y a los historiadores que esconden parte de la realidad.

Pero también alienta la incomodidad de los que soportan la injusticia; Dalton va con todo y llama al que sufre las incomodidades a no dejarse, a rebelarse, a cuestionar lo establecido. Es “el turno del ofendido”, dice.

(Luis Alvarenga, en su libro “Roque Dalton: la radicalización de las vanguardias”, Serie Bicentenario, publicado por la Editorial Universidad Don Bosco, en 2011, profundiza más en estas características del escritor.)

Él mismo poeta lo acepta: “Mi poesía/es como la siempreviva/paga su precio/a la existencia/en términos de asperidad/”. Dalton es áspero, duro, difícil de soportar; pero al mismo tiempo, agradable, entrañable e imperecedero. Por ahí va su inmortalidad (a la que él mismo reniega) con ese amarillo intenso de la siempreviva, que, en mayo, aunque la aplasten, florece más.

Burlón, punzante, mordaz, va más allá de su misma militancia y defiende a ultranza la poesía: “por sobre las banderas/ del odio necesario/ y el hermosísimo empuje/ de la cólera/”; la flor de su poesía siempre buscará “el aire, el humus, la savia, el sol, de la ternura”. Aunque, auténtico a su postura irreverente, también le da “su toque” a la misma poesía: “poesía/perdóname por haberte ayudado a comprender/que no estás hecha sólo de palabras.” Pero aún, si sólo usara la palabra, es preciso en aclarar que “no somos pastores de las sílabas que cantan/pronunciamos palabras espinosas con la lengua llagada”.

“Creo que el mundo es bello,/que la poesía es como el pan, de todos/ y que mis venas no terminan en mí/sino en la sangre unánime/ de los que luchan por la vida,/ el amor,/ las cosas,/ el paisaje y el pan/ la poesía de todos.”

El guerrillero de entonces, pudo haber bebido estos versos para estimular su sed de lucha en contra de la injusticia; pero, un hombre en cualquier circunstancia complicada y en cualquier época crítica, encontrará un asidero cargado de auténtica esperanza y cuestionamiento: “Pero ¿es que ha pasado la edad de las grandes hazañas?/ ¿vuestros brazos han caído también en la trampa de las lamentaciones? ¿Es que podríais deponer vuestra raza de cataclismos/por las insinuaciones de una confusión, a lo más, digna del sonrojo?”, escribe en el poemario “Los pequeños infiernos”, publicado por la Dirección de Publicaciones de Impresos (DPI) en 2008.

Qué bueno que el Ministerio de Educación y la Fundación “Roque Dalton”, en el 2018, publicaron 35 mil 500 ejemplares, de los libros “Historias prohibidas del pulgarcito”, “Pobrecito poeta que era yo” y la antología poética “para ascender al alba”, para ser distribuidos gratuitamente a estudiantes de tercer ciclo y bachillerato y “contribuir a la erradicación del analfabetismo y fomentar la cultura del buen leer”.

Hay que acercarse al imaginario del poeta, quien cantó al amor, a la patria y a los ideales de nación en los que creyó y con los que construyó un espíritu de época aún vigente, invitan los editores del MINED.

El que ha leído a Roque Dalton y no ha hecho suyo, aunque sea un pedacito de su incomodidad, no ha leído a Roque Dalton, asesinado en mayo; implacable, siempre.

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