Reflexiones desde la Casa de América

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Ago 28, 2019- 16:24

La Casa de América, un consorcio público que tiene como objetivo estrechar los lazos entre España y el continente americano, especialmente con Iberoamérica, celebró un interesante coloquio sobre las crisis de los partidos políticos en el que participó José Woldenberg, un reconocido politólogo e intelectual mexicano, primer presidente del entonces Instituto Federal Electoral.

Woldenberg comenzó su intervención señalando que la población tiene un malestar, un enojo, con los partidos, con los políticos, con los parlamentos y con los gobiernos. Ciertamente es difícil imaginar una democracia sin esos instrumentos. ¿Cuáles son los nutrientes de ese malestar? El profesor mexicano identificó ocho “manantiales” de donde surge y se expande el desencanto con la política.

El primero tiene que ver con el “resorte antipluralista”. Es difícil vivir en el pluralismo, que exige tolerancia hacia otras posiciones y convivencia con quienes piensan diferente. Los presidentes de turno dicen que quienes contradicen sus iniciativas “encarnan intereses perversos”. Dividen al mundo entre políticos y ciudadanos. “Los políticos son el manantial del mal y los ciudadanos la fuente de la virtud”. Este sentimiento se reproduce todos los días a través de los medios, de las conversaciones y va minando a las instituciones de la democracia.

El segundo aspecto se refiere a la infravaloración de lo que significa la democracia. Woldenberg utilizó el ejemplo de su país para explicarse. México logró construir a finales del siglo XX una “germinal democracia”. Se instauraron elecciones con competencia, se eliminó el sistema hegemónico en el que un solo partido ganaba la presidencia, y la autonomía de otros poderes del Estado acotó el poder de los gobernantes. Sin embargo la oposición no valoró las reformas políticas porque pensó, erróneamente, que su impacto sería “legitimar a los gobiernos en turno”. Hay una narrativa que no ha logrado generar una pedagogía que haga entendibles los valores y principios que ponen en vigencia el entramado democrático. Por el contrario se cree que las normas hacen que el juego democrático sea tortuoso y laberíntico.

El tercer elemento está relacionado con los gobiernos de minoría. Los presidentes sin partido, sin diputados que los apoyen, vuelven su gestión lenta y muchas veces incomprensible para los ciudadanos. Y entonces surge la tentación de los autoritarismos, que son rápidos, eficientes, porque una voz manda y ordena. En comparación, los instrumentos de la democracia son “pesados” para el ejercicio del poder. Una muy riesgosa interpretación de los beneficios de las instituciones de la democracia.

Luego viene un déficit respecto del orden legal que regula las relaciones entre los individuos y entre estos y el Estado. Lamentablemente hay un débil Estado de derecho en el que se impone la voluntad del más fuerte.

Los otros 4 nutrientes son: la crisis económica, la corrupción y la impunidad, la violencia y la sensación de desigualdad. Tomando de nuevo el caso mexicano como referencia, Woldenberg señala que su país creció a tasas muy importantes entre 1932 y 1982. Los frutos de ese crecimiento no se repartieron de manera equitativa, pero sí sirvieron para que “los hijos vivieran mejor que los padres”; había progreso para las familias. Por desgracia, el proceso de transición y los años de vida de la ya citada germinal democracia mexicana, coincidieron con un bajo o nulo crecimiento económico, donde ahora se piensa “que los hijos van a vivir peor que los padres”. Este es un peligroso disolvente para el orden democrático.

Por otro lado, en la actualidad no se sabe si hay más corrupción o no. Pero lo cierto es que los escándalos tienen más visibilidad pública y menos tolerancia social. Woldenberg nos recuerda que los regímenes totalitarios son impermeables a los escrutinios públicos y no padecen este tipo de crisis. Cuando la corrupción tiene visibilidad y no es sancionada, la gente se hace a la idea que existe un trato diferenciado entre la clase política y la sociedad.
Por último, José Woldenberg advierte que la violencia inyecta altas dosis de miedo y corroe las relaciones sociales. Además no se puede construir democracia sin un mínimo de cohesión social. Cuando las desigualdades son tan abrumadoras, es muy difícil generar la convicción de que todos estamos en el mismo barco. Esto es un piso muy frágil para construir sistemas tan complejos como los sistemas democráticos.

La caída de la participación electoral en las elecciones generales y en los procesos internos de los partidos, la reducción de la filiación partidista, el quiebre de la fidelidad hacia los partidos tradicionales y el empeoramiento de la opinión de los ciudadanos sobre las fuerzas políticas, son una clara consecuencia de los “manantiales” a los que se refirió Woldenberg en la Casa de América. Es necesario repensar una agenda que refuerce y permita resurgir a los partidos como instrumentos relevantes de la democracia.

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