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Palabra de honor

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Por Jorge Alejandro Castrillo
Psicólogo

“Sala de lo constitucional habilita reelección presidencial” fue el titular de la noticia que se recibió en uno de los múltiples chats que todos tenemos en nuestros teléfonos. “¡Qué tristeza!” fue el primero y lacónico comentario. “Yo contento” respondió quien había enviado el vínculo de la nota periodística. Otro, flamante abogado que vive en el extranjero, terció en el intercambio: “… ¿cómo pueden? La Constitución dice claramente que es sólo un mandato, ni un día más. Ellos no pueden cambiar la Constitución, no entiendo…”.

“Tomo nota que, como abogado, escribís Constitución con mayúscula. Pero habiendo llegado como llegaron (violentando procedimientos) sin respetar lo que han jurado defender… ¿qué se puede esperar?” dijo alguien más. Quien había enviado la noticia, acostumbrado a debates inteligentes, respondió: “La constitución es solo el contrato social del soberano (el pueblo) de cómo se manejará la República. El pueblo en un 90%, desea y ratificará una modificación a ese pacto social”.

La discusión iba subiendo de tono, los ánimos empezaban a caldearse y pidieron calma. “Pero claro que me enoja, pues este es un tema muy sensible para los salvadoreños. Y justamente porque no quiero enojarme es que pido que no se tome este asunto a la ligera” dijo el del breve primer comentario. “Te doy mi palabra” respondió quien envió la nota. “La tomo. Gracias” respondió el triste y enojado. “Tómala -remató el contento- mi palabra vale más que un contrato”.

La amistad del grupo persistirá pues todos allí entienden que cada quien es libre de opinar como le plazca, porque todos en ese grupo son respetuosos de la palabra empeñada y porque ya saben que la política no deberá enturbiar la amistad. Seguramente más adelante podremos conversar y discutir al respecto. Ese 4 de septiembre era imposible seguir haciéndolo con las emociones tan encendidas.

Era claro que veíamos esa decisión de manera distinta: mientras para uno representaba una oportunidad de seguir produciendo ganancias para su compañía, para otros significaba un profundo dolor, sobre todo por la proveniencia del desaguisado: una Sala de la Corte Suprema de Justicia. Si ya nos había dolido que siendo órganos independientes los diputados y magistrados juraran lealtad al presidente del ejecutivo en aquella sesión del primero de junio (“Detalles”), ahora no salíamos del asombro: ¿una sala de la CSJ avalando la reelección?

No estudié derecho, pero siempre tuve un profundo respeto por esa profesión. A pesar de todo lo mal que se habla de los ellos, tuve el privilegio de crecer entre algunos por cuya honorabilidad metería mis manos al fuego sin dudar. No leí en mi momento “El alma de la toga” de don Ángel Ossorio Gallardo, escrito hace un siglo, cuando la palabra y el honor era algo que los hombres de bien tenían en alta estima. Lo he encontrado en internet y sugiero con toda humildad a quienes ahora ocupan los puestos de magistrados en la Corte Suprema de Justicia que le den una releída (notar mi bondad y optimismo: doy por hecho que lo han leído ya).

Encontré que también tiene don Ángel un “Decálogo del Abogado”, de donde tomo las siguientes tres sugerencias que podrían convertirse en requisitos para cuando se elijan magistrados para la más alta corte de la república: VI. Ten fe en la razón que es lo que en general prevalece. VII. Pon la moral por encima de las leyes. VIII. Aprecia como el mejor de los textos el sentido común”. (o aprende a comprender lo que lees, que se ha sugerido también como requisito para los futuros candidatos a elegir para la CSJ).

Fue el uruguayo Eduardo Couture quien en su “Decálogo del abogado” sugiere a los abogados en su cuarto mandamiento. “IV. Lucha. Tu deber es luchar por el Derecho; pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia. Ese mandamiento obligó a los buenos abogados a manifestarse el pasado miércoles 15 de septiembre. El último mandamiento de Couture insta a los abogados a amar. “X. Ama a tu profesión. Trata de considerar la abogacía de tal manera que el día en que tu hijo te pida consejo sobre su destino, consideres un honor para ti proponerle que se haga abogado”.

Los imagino ante la pregunta del vástago. “Si quieres estudiar derecho, estudia hijo, pero por favor no leas ni busques ni quieras saber nada de la sentencia emitida justificando lo que la Constitución que juramos prohibía expresamente. Tuvimos buenas razones para hacerlo” ¿Los dejará dormir a gusto su conciencia (de nuevo, notar la amabilidad implícita, por favor)? ¿podrán ver de frente a los jueces que han destituido sólo por tener más de 60 años (edad a la que, si bien vivida, se llega a gozar de la experiencia, razón, moral y sentido común que sugiere Ossorio)?

Cuando se jura sobre la Constitución, ¿no se está dando la palabra de honor de que se atendrá a sus textos y mandatos?

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