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La inmensa humana noche del sol y de la vida

Por Carlos Balaguer |

La inmensa humana noche del sol y de la vida tiene trenes que viajan, cruzando sus entrañas de luz y de penumbras. Rostros tras sus ventanas nos miran al pasar, de lejos -como espectros- diciendo que se van o tal vez que regresan como vidas viajeras. A solas, a escondidas -furtivos, fugitivos- prometen y se borran al sur del firmamento. No saben dónde empieza la noche ni la vida. Viajeros de algún tiempo mejor no llevan nada, más que un rayo de luz perdido en la mirada. Así escriben la vida en su diario de viajes. Aunque sólo el silencio y Dios lean sus memorias. Son seres que se van, que existen y no existen. Sin nombre y juramentos habidos por cumplir. Sólo saben partir, morir en un adiós, perderse allá en las vías sobre el ferrocarril. Algún reloj de sol de la vieja estación marcará su llegada al país de nunca más. El mismo que en los cuentos sólo existe en los niños, en bardos y tunantes que traga el devenir. Arenas en el viento que pasa hacen llorar sus ojos, su mirada. Tal vez el cigarrillo de maple entre sus dedos. Y en una bocanada del humo del tranvía, se van, no dejan nada. La vasta oscura noche del sol y de la vida se va. ¡No alumbra nada! (XVI) (“Leyenda del Hombre y la Locomotora” C. Balaguer)

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