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¿Perdedores o protagonistas?

A nosotros nos toca la tarea de asociarnos a esa universal lucha contra el mal. Otros lo fomentan. Peor para ellos. ¿Qué podemos hacer nosotros, seres insignificantes, en esa dramática batalla universal? Lo primero, no asumir un rol pasivo, quejumbroso, acobardado.

Por Heriberto Herrera
sacerdote salesiano

Cuando se menciona el fin del mundo surgen imágenes de cataclismos, terremotos y todo tipo de desastre cósmico. En parte se debe a una distorsionada lectura de algunos textos bíblicos, sobre todo el libro del Apocalipsis. Leídos así, nos queda la imagen de un caos final.

Es una pena que esos textos bíblicos poblados de imágenes tremebundas los desperdiciemos de su sentido profundo, a saber, el mensaje consolador que hay detrás de la imaginería cósmica impresionante.

Apocalipsis, lejos de ser un libro terrorífico, contiene un mensaje esperanzador. En un mundo turbulento, como ha sido cualquiera etapa de la historia humana, las fuerzas del mal no triunfarán. Hay un Dios más poderoso que el demonio. El Dios creador no fracasará en su grandioso proyecto de la creación. El es el Señor de la historia. Jesucristo demostró con claridad su poder ante las fuerzas tenebrosas del mal.

El fin del mundo será el triunfo definitivo de Cristo sobre el demonio. De hecho, el Apocalipsis, el último libro de la Biblia, se cierra con una frase consoladora: Ven, Señor Jesús. Algo así como un respiro de alivio y de triunfo.

Mientras tanto, nosotros vivimos sumergidos en el vaivén del tiempo presente, como la barca aquella que amenazaba hundirse si no es porque Jesús, con voz potente conjuró la amenaza diabólica y se hizo la calma.

Nosotros, los del tiempo presente entre el principio y el fin, vivimos tiempos tormentosos. La presencia del mal es poderosa y toma mil formas: epidemias, terremotos, guerras, esclavitudes más o menos disimuladas, pobrezas de todo tipo. Eso a nivel macro. Porque, a nivel micro, nuestro mundo interior se ve también envuelto en sus tragedias, fracasos, miedos y traiciones.

¿Qué actitud tomar ante esta perenne presencia amenazante del mal? ¿Desesperarnos? ¿Evadir la realidad mediante escapatorias irresponsables? No estamos sentados viendo una película de terror. Somos co-protagonistas en esta gigantesca batalla entre el mal y el bien. Tenemos la oportunidad de asociarnos con Cristo vencedor que garantiza desde ya su triunfo hoy y al final de la historia.

La humanidad está poblada de mártires, unos celebrados, la mayoría anónimos. Esos son los verdaderos luchadores contra el mal. Aparentemente vencidos, en realidad triunfadores. Son el orgullo de la raza humana.

A nosotros nos toca la tarea de asociarnos a esa universal lucha contra el mal. Otros lo fomentan. Peor para ellos. ¿Qué podemos hacer nosotros, seres insignificantes, en esa dramática batalla universal? Lo primero, no asumir un rol pasivo, quejumbroso, acobardado. El pequeño universo en que nos movemos –el hogar, el trabajo, el vecindario…- esos son nuestros campos de batalla. Allí le podemos echar una mano al Señor de la historia.

No nos dejemos amedrentar por los profetas de mal agüero que todo lo ven turbio y pesimista. No asumir el rol de espectadores sino de protagonistas. Dios nos necesita. Asociados con él seremos contados entre los vencedores.

Sacerdote salesiano.

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Cristianismo La Biblia Opinión Pandemia

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