OPINIÓN: El costo de la ignorancia

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Jul 30, 2020- 17:36

Algunas personas están comenzando a darse cuenta del altísimo costo que el país está pagando por la ignorancia de los funcionarios públicos, que han sido nombrados o electos por gente que cree que la ignorancia no es un problema, o que simplemente no saben distinguir a un ignorante de alguien que no lo es.

El costo que hemos pagado en la pandemia por esta carencia de conocimientos en la administración pública es enorme. Pero este costo no es el único que nos impone la ignorancia. Hay mucha gente que no ha realizado todavía el efecto que la ignorancia tiene en el desarrollo del país: la decreciente capacidad de progresar que tiene un país con una población sin conocimientos en un mundo en el que el conocimiento se ha convertido en la fuente principal de la riqueza.

El conocimiento ha sido siempre el factor determinante del desarrollo en el largo plazo. Hay mucha gente que cree que el más importante es la tenencia de recursos naturales, sin ponerse a pensar que sin conocimientos no es posible extraerlos y utilizarlos. La agricultura, la minería, la pesca, toda la extracción de recursos naturales está basada en tecnología, que es conocimiento. Otros piensan que la fuente de la riqueza son las maquinarias, ignorando que para construirlas se necesitan conocimientos. Inglaterra dominó la Revolución Industrial porque tenía maquinarias, pero esa ventaja la obtuvo porque lideró al mundo en la invención de ellas. Desde entonces, y por siempre, el conocimiento ha sido la fuente de la riqueza en el largo plazo.

Pero ahora el poder del conocimiento está aumentando drásticamente en los procesos productivos. Las máquinas mismas se han vuelto tan inteligentes que pueden sustituir a los seres humanos en las tareas que requieren menos conocimiento y esfuerzo mental. Esto está teniendo efectos profundos en la distribución de la producción y el ingreso en el mundo entero, que están aumentando en las actividades que contienen conocimiento, y disminuyendo en los que no lo contienen.

Este proceso nos amenaza de una manera inminente. En los Años Ochenta, como resultado de la Revolución de la Conectividad, muchos trabajos salieron de los países desarrollados hacia los países en desarrollo. Esto ocurrió porque los salarios en los países desarrollados, adecuados para productos de alto valor agregado, eran demasiado altos para los de bajo valor agregado, como los textiles. Así vinieron muchas inversiones al país, creando muchos puestos de trabajo. Hoy muchos de estos puestos de trabajo están siendo tomados por robots, cuyos costos de operación son mucho más bajos que los salarios en nuestro país. Como resultado, para seguir siendo competitivas, las empresas que hoy ocupan seres humanos en operaciones sencillas tendrán que sustituirlos con robots o quebrarán. En cualquiera de los dos casos, el país perderá cantidades enormes de puestos de trabajo.

El resultado neto de este proceso será un empobrecimiento del país porque la falta de educación de nuestra mano de obra la capacita sólo para realizar tareas muy simples, y todas ellas podrán ser sustituidas por robots. Así, la falta de educación, que hasta hace poco creaba una limitante a la tasa de crecimiento de nuestra producción, ahora crea una tendencia a que ésta se reduzca. O sea, a que seamos más pobres. De un país que crece poco por la baja educación de la población, vamos a pasar a uno que decrece, por la misma baja educación. Esto no es una fantasía siniestra, es algo que va a pasar muy pronto y que en realidad ya ha comenzado a pasar. Para evitar este resultado, es urgente invertir en nuestro capital humano, no tímidamente, como se ha hecho hasta ahora, sino de una manera decidida, orientada a tener un salto de calidad en educación y salud para nuestra población.

Que este salto de calidad se dé es bien poco probable porque si la gente no está consciente de que la ignorancia es un problema costoso, no hará esfuerzos para eliminarla. El problema es peor porque la mayor parte de los funcionarios del gobierno no pueden apreciar las ventajas de algo, la educación, que no han recibido. La promoción de la educación es un tema que el sector privado debe tomar en sus manos, como lo ha tomado exitosamente en Medellín y muchas otras ciudades y países en el mundo, para asegurarse de que El Salvador no se convierta en un país fallido.

Máster en Economía

Northwestern University

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