El hombre fuerte

La presidencia no es un juguete que se pueda jalonear y que se va a llevar el impúber que más fuerte jalonee. Los conceptos de democracia y república, por mucho tiempo que haya transcurrido desde su implementación en una sociedad, no dejan de ser delicados y expuestos a perderse.

Por Maximiliano Mojica
Abogado, máster en leyes

Ene 10, 2021- 17:07

Hay cierto encanto, cierto romanticismo, cierta virilidad, que rodea el concepto del “hombre fuerte”. Probablemente sea un resabio evolutivo de nuestra mente, un atavismo que se esconde en esa parte no tan evolucionada de nuestro cerebro, que nos remonta a esa lejana época en que como especie no éramos más que una banda de homínidos cazadores-recolectores.
Esa parte de nuestro cerebro no tan desarrollada nos hace sentir “admiración” por aquel que está dispuesto a pasar por encima de todas las barreras, de arriesgarse, de actuar con fiereza y arrojo, con tal conseguir lo que quiere, ya sea vencer a un tigre dientes de sable o cazar un mamut.
Hollywood conoce bien esa parte de nuestro cerebro y nos vende al guerrero romántico a quien nadie quiere y a quien nadie puede vencer. Ahí vemos a Mad Max, Rambo, Batman, Iron Man… a todos ellos les importa un pepino seguir las reglas, cumplir convencionalismos, respetar las normas establecidas. Las leyes y reglas son hechas para los demás, no para ellos.
Ver una película sobre sus hazañas nos entretiene por un ratito, y si nos aburre, todo es cuestión de apagar la tele; pero la cosa se complica cuando el “hombre fuerte” que no respeta las reglas y hace lo que quiere no forma parte del guion de una película barata de acción, sino que está sentado en la silla presidencial.
Los sucesos ocurridos el miércoles pasado en una de las naciones con una admirable y añeja historia democrática nos dejaron sorprendidos a todos. ¿Cómo fue que Estados Unidos de América pasó de ser un ejemplo del respeto al “rule of law” a una mala imitación de lo que ocurre en la Venezuela chavista? La respuesta es que lo sucedido está ligado a la arrogante, inmadura y prepotente actitud del presidente saliente, Donald Trump, respecto a su no aceptación de los resultados electorales.
La presidencia no es un juguete que se pueda jalonear y que se va a llevar el impúber que más fuerte jalonee. Los conceptos de democracia y república, por mucho tiempo que haya transcurrido desde su implementación en una sociedad, no dejan de ser delicados y expuestos a perderse. El orden civil y ciudadano que distingue a las naciones occidentales y las separa de las sociedades caóticas y desordenadas del Tercer, Cuarto y Quinto mundos, puede perderse en cualquier momento, ¿cómo? Cuando los líderes electos por la sociedad dan el pésimo ejemplo de no querer someterse al orden legal establecido.
“¡Chis! Si él no quiere hacerlo ¿por qué lo tengo que hacer yo?”… Si nuestros líderes, presidente, ministros, magistrados, diputados, policías, fiscales, sacerdotes, pastores, no respetan la ley, ¿cómo podemos esperar que la respeten los ciudadanos de a pie? Si el de arriba —a quien todos miramos— no está dispuesto a respetar las normas y cumplir las leyes, no esperemos que los de abajo las respeten.
Ver a esas hordas enardecidas violentando su entrada al Capitolio es el producto de los discursos incendiarios de un presidente, lo cual nos debe hacer entender que las palabras agresivas no se quedan ahí… en algún momento se convierten en acciones violentas. Una especie del “siembra vientos y cosecharás tempestades”.
Algo similar está gestándose en nuestro país. Tenemos a un “hombre fuerte” que aparentemente no se detiene ante nada, no hay regla que le aplique y no hay ley que lo restrinja. Su palabra es ley y sus deseos son órdenes. Desde hace algunos meses ha empezado a deslizar la idea mediante mensajes de Twitter —similares a los del presidente Trump—, los cuales son repetidos por sus incondicionales, que en El Salvador está por cometerse un “fraude electoral”.
¿Por qué se empieza ya a mencionar la palabra “fraude”? ¿Están matando su chucho a tiempo al atribuir a un imaginario “fraude” unos resultados en elecciones legislativas y municipales que resulten contrarios a sus intereses? ¿Se imaginan ustedes lo que pasaría en El Salvador si hordas agresivas salen a la calle el 1 de marzo a destruir todo lo que encuentren a su paso porque no le gustaron los resultados…?
Dejemos a los hombres fuertes en las películas; en la vida real sus acciones las acaban pagando las sociedades a un costo muy alto.

Abogada constitucionalista.

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