Muy buenas intenciones pero…

Siendo la Biblia la historia del pueblo de Dios y su relación con Él, tiene pasajes sumamente crudos y crueles, que deben ser explicados por un teólogo que transmita cuál fue la intención divina para que se produjeran esos acontecimientos y el contexto histórico en que sucedieron.

Nov 29, 2019- 19:09

Surge nuevamente la controversia sobre la conveniencia o no de imponer la lectura de la Biblia en los programas escolares. Al igual que en ocasiones anteriores, la propuesta nace del seno de la Asamblea, es decir, con la clara y buena intención de que se convierta en ley de la República. En mi opinión, basada en mi propia experiencia, considero que esta moción es totalmente inconveniente.
Me explico: independientemente de que, como muchas personas, procuro leer algún párrafo de la Biblia durante el día, también he leído la Biblia católica completa varias veces, siguiendo un plan de lectura de Grolier para lograrlo en el corto período de un año. En cada ocasión pareciera que el Señor, con las mismas palabras, en los mismos pasajes, nos envía un mensaje diferente. Además de ser sumamente enriquecedora, la lectura de la Biblia es también una fuente no solo de sabiduría, sino de paz, de reflexión, de autoanálisis y de motivación para procurar la mejora personal.
Entonces, ¿por qué muchos opinamos que no es conveniente su lectura en las escuelas?
Porque, siendo la Biblia la historia del pueblo de Dios y su relación con Él, tiene pasajes sumamente crudos y crueles, que deben ser explicados por un teólogo que transmita cuál fue la intención divina para que se produjeran esos acontecimientos y el contexto histórico en que sucedieron. Pero, aunque la lectura propuesta la realizara el teólogo más sabio del mundo, considero indispensable que también se cuente anticipadamente con una base religiosa, por pequeña que sea, para que esa lectura pueda comprenderse como un mensaje espiritual y no literal. La Biblia es, primordialmente, un libro sagrado y debemos acercarnos a ella con la reverencia, fe y devoción necesarias, que adquirimos a través de la religión. Sin esa base espiritual y así como está el mundo, lejos de hacer crecer a los niños en humanidad y solidaridad lo que se conseguirá será convertir a muchos de ellos en fundamentalistas similares a los que hemos visto a través de la historia.
Considero que sería más apropiado acercar a los niños a lecturas que desarrollen lo mejor de su espíritu, a la vez que enriquecen su mente, su vocabulario y su capacidad de análisis. Libros como los de C.S. Lewis, tan amenos e instructivos como sus Crónicas de Narnia, por ejemplo. Y, a medida que los niños crecen, que lean libros como los de G.K. Chesterton, que aunque tiene algunas obras propias para los mayores, también tiene su serie sobre el Padre Brown, un inteligente y curioso sacerdote/detective que, con simpáticas aventuras, va dejando un mensaje de gran valor para que cada uno procuremos ser mejores.
Pero, principalmente, considero que en cada escuela, en cada aula, en cada pasillo, debería haber un cartel con Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios. Si es “ofensivo” todo el nombre (por aquello de que somos un Estado laico) puede acortarse y nombrarlos solamente como Los Diez Mandamientos: estudiarlos, analizarlos, poner ejemplos, interiorizarlos y, por supuesto, comprometernos a cumplirlos. Sería un paso importantísimo para hacer de nuestro país el mejor del mundo, porque al ir convirtiéndonos cada uno en un mejor ser humano, automáticamente seremos también mejores ciudadanos, desempeñándonos con excelencia en el lugar que nos corresponda y logrando, simultáneamente, el desarrollo económico y social que tanto deseamos.

Empresaria

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