Mi primera filiación política

Comparto todas estas reflexiones para afirmar con asertividad y esperanza que por primera vez he decidido afiliarme a un partido político fundado con los ideales para los que eduqué a mi hijo que son la libertad de pensamiento, el respeto por las diferencias políticas y el deseo genuino por continuar la marcha para hacer de El Salvador un lugar más humano.

Ene 11, 2020- 23:19

Como la mayoría de los salvadoreños, yo también siempre he querido pertenecer a una familia, a una cultura, a un país, y para nuestra nacionalidad ese deseo se convierte en todo un desafío.
Si reviso en mi línea del tiempo, mi pertenencia política podría decir que empezó, sin saberlo, cuando era una niña. Un 1 de abril mi madre me sorprendió con un pastel en la mesa y me dijo que tendría dos cumpleaños: esos serían el aniversario de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) y mi real natalicio.
Poco entendía en aquel momento que mi país sufría una de las transformaciones sociales, culturales y económicas más profundas que aún repercuten en nuestro presente.
Pasados los años, ya en mi adolescencia, viviendo el exilio en plena Guerra Fría, los buenos y los malos tiempos de mis padres fueron los míos. Los asumí sin discusión, las causas y los argumentos estaban claros para mí. Yo, al igual que mis padres, había sido violentamente expulsada del país que me vio nacer. Desde entonces, elegí estudiar periodismo y con esa elección vinieron mis colaboraciones incondicionales con la izquierda.
Si tenía que leer todas las tardes un reporte de guerra civil salvadoreña a Radio Habana Cuba lo hacía con disciplina y convicción. En aquel momento pensaba que con esos modestos actos políticos contribuía a las transformaciones de una sociedad que desconocía por completo las reglas del juego de la democracia, y, por lo tanto, lo natural era el autoritarismo y la intolerancia con quienes pensaran diferente.
Nadie me tenía que contar lo severo y salvaje que podían ser los militares a la hora de defender su trono y sus privilegios.
Ha pasado bastante agua bajo el puente, para ser exacta 30 años, y debo aclarar que nunca fui afiliada ni militante del FMLN. Solo pertenecí a una generación que por razones de derechos humanos defendió las causas que heredaron de sus padres. Las pruebas de que estábamos en lo correcto es que nunca volvimos a ser familias funcionales. Un gran precio que tuvimos que pagar por ser hijos de nuestro tiempo.
Sin embargo, pasada la enorme decepción de los diez años de la izquierda en el poder, con una paz mediocre que todos conocemos de sobra, el sentimiento de pertenecer y sentirnos orgullosos de ver progresar El Salvador sigue pendiente, al menos para mí.
Ahora, tengo un hijo de 23 años que eduqué orgullosamente para la irreverencia, para cuestionar y seguir la tradición testaruda de cambiar nuestro caos. Pues resulta que ese hijo me invitó hace unas semanas para afiliarme a Nuestro Tiempo, un partido político incipiente, inspirador y visionario por el que consideró importante regresar y quedarse en este país que tanto necesita a los jóvenes.
Mi admiración por su idealismo me recuerda a esa joven que leyó cables de la guerra para Radio Habana, que cortó café donde nadie quería ir, que vio por horas los archivos audiovisuales de la guerra como quien no debe de perder nunca de vista las razones importantes para vivir y seguir adelante.
Asistí a la cita como madre incondicional, pero sobre todo como ciudadana con pendientes importantes con un país que no ha parado de derramar sangre, desintegrar familias y expulsar a quienes aspiran tener una vida mejor.
Mi necesidad de pertenencia sigue vigente en mi vida como ese punto de tensión que nos mantiene activos a toda la sociedad salvadoreña.
Ya para ese momento había leído el “Manual de Cómo no hacer política en el Siglo 21” (breve manual de instrucciones) y debo confesar que después de estudiarlo me reafirmó nuestro atraso y eso solo me hizo más pesada y vergonzosa la deuda.
Comparto todas estas reflexiones para afirmar con asertividad y esperanza que por primera vez he decidido afiliarme a un partido político fundado con los ideales para los que eduqué a mi hijo que son la libertad de pensamiento, el respeto por las diferencias políticas y el deseo genuino por continuar la marcha para hacer de El Salvador un lugar más humano.
Elegí la comisión de arte y cultura porque sigo convencida que es el motor indispensable para provocar que los salvadoreños que seguimos buscando pertenencia por fin la encontremos y con ello, lograr la dignidad y la paz interior y colectiva que todos merecemos.
Tu tiempo es mi tiempo, Héctor Raúl Silva. Gracias por hacerme parte de tus principios y tus sueños que son los sueños de muchos vivos y muertos.

Periodista.

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