Menos es más

El fundamento de la vida social no es lo meramente legal, sino lo bueno, lo justo, lo verdadero.

Nov 08, 2019- 19:06

Las decisiones éticas suelen ser complicadas, y en esta época de tantas facilidades y abundancia de medios tecnológicos, de exuberancia informativa, de poder político al alcance de la mano, de ausencia de límites… se ha añadido un dilema más a las disyuntivas morales: ¿es suficiente que algo sea legal, para que pueda considerarse ético?
Quienes así piensan, se inclinan por corregir las desviaciones de comportamiento ético en la sociedad a fuerza de promulgar más y más leyes, como si el comportamiento humano pudiera restringirse entre las tapas de un código penal. Un procedimiento que -considerando la naturaleza libre del ser humano- podría equipararse con aquello de “querer poner puertas al campo”.
Seguir las reglas a secas, guiarse únicamente por el derecho publicado, es ahora bastante más peligroso que hace tan solo pocos años, pues las posibilidades de que los leguleyos campen a sus anchas aumentan proporcionalmente al número de leyes vigentes. En esto de la legislación, como en tantas cosas, va a resultar que también menos es más.
No es que abogue por la eliminación de leyes y la infra valoración de las costumbres sociales. Los seres humanos estamos constituidos de tal modo que necesitamos las leyes como los vehículos necesitan las carreteras, pero, al igual que los automotores, las vías asfaltadas se hacen para ellos, y no al revés.
Para poder alcanzar la felicidad, la paz social, y tener verdaderas oportunidades de progreso, los seres humanos necesitamos leyes, pocas y claras reglas, y muchísima educación. Lo contrario: una hipertrofia legislativa y una atrofia educativa, tiene el efecto opuesto: la ciudad se vuelve jungla, y a sus habitantes no les queda más que tomarse la justicia (“su” justicia, lo que termina siempre por ser muy problemático) por la propia mano.
Para los legalistas y los positivistas jurídicos el mal se define con simplicidad: será malo todo aquello que vaya contra alguna ley, norma o código de conducta. Y bueno, claro está, lo que la ley no prohíba. Es tentación vieja, tanto que ya se advirtió aquello de que “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado”
Por otra parte, cuando los que gobiernan y/o los que juzgan son glotones: de poder, de dinero, de prestigio, de lo que sea -como Sancho Panza-, y al mismo tiempo son “de muy poca sal en la mollera” como lo describe Cervantes, bien les viene el consejo de Don Quijote a su escudero: “No hagas muchas leyes; y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se guarden y cumplan; que las leyes que no se guardan, lo mismo es que si no lo fuesen(…); y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como Viga, rey de las ranas: que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella”.
La red de seguridad que evita que una sociedad caiga al vacío no es su aparato legal, sino los valores y principios éticos sobre el que éste se fundamenta. Sucesos como el del magistrado Escalante, y la futilidad con que su reprobable acción fue juzgada hacen mucho daño, y dan pésimos mensajes a la sociedad.
En resumen, el fundamento de la vida social no es lo meramente legal, sino lo bueno, lo justo, lo verdadero. Tres realidades que se transmiten por el ejemplo y por la educación y que, además, son sus condiciones de posibilidad, pues como apunta un experto: “no hay educación si no hay verdad [bien, acciones justas, se puede añadir] que transmitir, si todo es más o menos verdad, si cada cual tiene su verdad igualmente respetable y no se puede decidir racionalmente entre tanta diversidad”.

Ingeniero

@carlosmayorare

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