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200 años y contando…

La Huelga de Brazos Caídos de 1944 y las tomas de calles a fines de los años Setenta fueron momentos de tensión social que marcan la excepción en una sociedad carente de cultura cívica y que ha renunciado a ejercer su ciudadanía

Por Carlos Domínguez |

Contrario a lo que se pudiera creer, en 1911 el Centenario celebrado en medio de una gran algarabía fue el del movimiento del 5 de noviembre. Cinco días de celebración y más de 50 actividades solo en la capital en las que participaron el Estado, representantes de diferentes sectores de la sociedad e incluso intelectuales, muestran una especie de contagio colectivo inédito e irrepetible, que más que expresiones de civismo estaban basadas en las emociones más que en la razón.
Una estructura que testimonia tal ímpetu es el monumento a los Próceres ubicado en el entonces Parque Dueñas, conocido hoy como Parque Libertad. Se le suma la instauración de estatuas de personajes históricos y variedad de rituales impregnados de civismo.
Posibles causas de tal entusiasmo podrían encontrarse en el oasis democrático que supuso el gobierno del presidente Manuel Enrique Araujo, quien llegó al poder con un amplio apoyo popular y una ambiciosa agenda de reformas sociales. El café se había consolidado como producto de exportación. Su cultivo se extendía en el país debido a la privatización de tierras ejidales y comunales.
En febrero de 1921 El Salvador afrontaba una grave crisis financiera producto de una depresión económica que había afectado a Estados Unidos a mediados del año anterior. Se expresó en la baja de los precios del café y en la reducción de los ingresos del gobierno al punto que no podía pagar salarios.
El cambio de patrón plata a oro fue el sello a una política monetaria que provocó un pánico bancario, que se extendió a otros rubros. Los cafetaleros bajaron sueldos a los jornaleros, el desempleo aumentó, los bancos restringieron el crédito.
La respuesta del gobierno a manifestaciones, motines y pillaje fueron la represión y una ley marcial; algunos historiadores agregan a este escenario la visita de dos barcos de la Marina estadounidense.
No fue hasta mediados de los Años Veinte que se dio paso a una suerte de interpretación de la Independencia que le dio relevancia al movimiento de independencia radicado en San Salvador y potenció la figura de los Próceres.
La instalación del martinato, el militarismo hasta 1979, el conflicto armado y los sucesivos gobiernos desde 1989 sintetizan 90 años del último siglo.
En ese período se ha dicho mucho en nombre del pueblo. Lo hizo el ejército, en su momento la insurgencia, los partidos políticos. Hoy se sigue haciendo.
Actualmente como sociedad nos encontramos en un momento en el que las esperanzas han sido depositadas en una bandera y en un nombre, como ocurrió en el pasado: “Con Duarte, aunque no me harte”, dijeron muchos.
Es un derecho tener simpatías, pero no es excusa para renunciar al derecho de exigir que se cumpla lo ofrecido y cuando se hace aquello que no beneficia al bien común.
Podría deberse a que no hay cultura cívica y que la ciudadanía no ejerce plenamente sus derechos y se autolimita a asumir que el acto de votar es suficiente. No es un buen consumidor, no verifica, mucho menos exige que le cumplan lo ofrecido.
El punto extremo es el fanatismo, cuando aun con evidencias y argumentos se comprueba que algo no funciona, pero se es incapaz de darse cuenta de que le han engañado.
La Huelga de Brazos Caídos de 1944 y las tomas de calles a fines de los años Setenta fueron momentos de tensión social que marcan la excepción en una sociedad carente de cultura cívica y que ha renunciado a ejercer su ciudadanía. Este es el escenario ideal para los que se han visto a sí mismos como ungidos y que ha sido cíclico desde hace 200 años.

Periodista.

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