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Manifestaciones populares

Las acciones del partido dominante han desquebrajado los “candados” del Estado de derecho. Muy dicho está ya que la forma de gobernar del poder fáctico actual atropella diversas figuras jurídico-políticas esenciales en una democracia. La principal de ellas es el fraccionamiento del poder; específicamente, imponiendo su contrapuesta: la centralización. A lo largo de la historia se ha demostrado que esta es la forma en la que nace toda forma de gobierno no democrática. Al no existir un sistema de frenos y contrapesos (checks & balances) queda a completa disposición de un órgano del Estado actuar de la manera en que desee sin restricción alguna.

Por Óscar David Platero
Estudiante

as manifestaciones son un genuino termómetro social y político. Ontológicamente, el derecho de libertad de expresión es inherente a la forma democrática de gobierno. No en balde es uno consagrado en el nivel supremo de todos los ordenamientos jurídicos de los estados democráticos de derecho. Recientemente, en El Salvador, distintos sectores sociales se han manifestado fuertemente en una causa crítica del ejercicio del poder. Más importante aún, se destaca lo diverso del conglomerado protestante: juristas, periodistas, médicos, académicos y seglares, trabajadores sin profesión, madres e hijas, padres e hijos, “proletarios”, estudiantes, mayores y jóvenes, por mencionar los más contrapuestos.

¿Qué mensaje transmiten al mundo? Las acciones del partido dominante han desquebrajado los “candados” del Estado de derecho. Muy dicho está ya que la forma de gobernar del poder fáctico actual atropella diversas figuras jurídico-políticas esenciales en una democracia. La principal de ellas es el fraccionamiento del poder; específicamente, imponiendo su contrapuesta: la centralización. A lo largo de la historia se ha demostrado que esta es la forma en la que nace toda forma de gobierno no democrática. Al no existir un sistema de frenos y contrapesos (checks & balances) queda a completa disposición de un órgano del Estado actuar de la manera en que desee sin restricción alguna.

Ahora bien, la voluntad del Estado, como un solo ente, se manifiesta en las voluntades coincidentes de sus miembros; sin perjuicio, por ello, de dejar desatendidas a las no coincidentes. En este sentido, la mayoría no manda en términos absolutos. Ya desde ahí, resulta inválido el argumento de que “a las marchas no hay que hacerles caso”. Mucha de la tensión social existente en El Salvador se explica con el discurso segregacionista que ha mantenido el Ejecutivo a través de sus principales actores. No es difícil hallar opiniones que desprestigian las manifestaciones bajo la creencia de que en ellas todos son viles serviles de grupos de poder anteriores.

Sin embargo, lo cierto es que antes de prejuzgar, hay que examinar. Con ello, resulta indefendible sostener que son una voz minoritaria que no merece oídos.

Los manifestantes expresan su descontento con una larga lista de atropellos. Se marcha en contra de la corrupción; de la implementación del bitcoin como moneda de curso legal en un “madrugón” y sin previo debate; de la ruptura al Órgano Judicial; de la selección de jueces afines al régimen; de la militarización; de los desaparecidos y el silencio del Legislativo, Ejecutivo y Judicial ante la masacre descubierta en mayo; del velo blanco que se colocó sobre el Ministerio de la Salud para no dar cuentas de los gastos de la pandemia; de las detenciones arbitrarias y sin derecho a hábeas corpus; de los intentos compulsivos de legalizar la reelección presidencial ante la expresa prohibición pétrea de la Ley Suprema; de la violación de derechos humanos; de que el Legislativo haya incrementado la deuda externa en cantidades abrumadoras; se marcha en contra del poder descontrolado. Ante una enumeración tan larga de diversas e importantes quejas, ¿de qué manera es posible sostener que las manifestaciones merecen caso omiso? Más aún: ¿con qué moral puede un salvadoreño, que desea el bien de su Patria, desprestigiar a sus actores llamándolos despectivamente por no estar a favor del régimen?

El “hermano mayor” está observando. Más allá de citar al ya clásico Orwell y su novela ficticia (que de ficticia no tiene nada), hay que destacar el inmensurable potencial que tienen los medios de comunicación en una sociedad de personas poco analíticas que prefieren devorar información rápida antes que examinar los hechos con detenimiento. “La información es contada como se desea que nosotros la entendamos”; “vemos lo que queremos ver”. No resulta complicado, en absoluto, sostener una u otra postura informándose someramente. Unos pueden estar cómodamente desde sus casas viendo cómo El Salvador es el mejor país de Centroamérica y está a punto de despegar como potencia, mientras otros están sin poder dormir mientras piensan en si sus hijos volverán a sus brazos.

Las manifestaciones son tan importantes como el corazón de la democracia misma. Son un verdadero indicador de la realidad social del Estado. Las quejas de los que marchan deben ser escuchadas, no desprestigiadas ni vituperadas; mucho menos, silenciadas.

Cada quién es libre de valorar si vivimos en el país “más cool” de Centroamérica. Pero es imperdonable sostener que las marchas no valen ni dicen nada.

Estudiante de Segundo Año de Licenciatura en Ciencias Jurídicas

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Dictadura Lucha Contra La Corrupción Manifestaciones Opinión

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