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Caminando en la luz

El secretismo y el ocultamiento, por lo general, suelen estar relacionados con lo éticamente incorrecto. Despierta recelos quien actúa en lo oscuro o quien se niega a dar cuentas de sus hechos. Esto se vuelve aún más sospechoso cuando la persona está a cargo de bienes ajenos. Quien hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz. No es amigo de la transparencia y tampoco de rendir cuentas. Se mantiene distante y abunda en dobles discursos.

Por Mario Vega

Sin la luz, la vida no existiera sobre la Tierra. No solo porque hace posible la fotosíntesis con la que las plantas convierten la energía lumínica en química, sino también porque la luz regula los ritmos biológicos de la mayor parte de especies. Los antiguos observaron la conexión entre luz y vida. Fue así como los autores del Nuevo Testamento vieron en la luz una expresión clara de la naturaleza de Dios. Si Él es vida y si la luz es la que comunica la vida, ninguna figura más exacta que la de asociar a Dios con la luz. De allí, la continua reiteración de esa analogía a lo largo de la Escrituras, hasta llegar a la definición de la naturaleza divina: “Dios es luz y no hay ninguna tiniebla en Él”.
Los evangelios también establecen una equivalencia simbólica entre el conocimiento y la luz. De la manera que la luz nos permite interactuar y conocer el mundo que nos rodea, Jesús es presentado como el objeto del conocimiento y el medio para la sabiduría. La naturaleza fulgurante de Dios conduce a asegurar que Él es el “Padre de las luces”, en consecuencia, su Hijo puede afirmar: “Yo soy la luz del mundo”. Esa es la base sobre la que se amonesta a sus seguidores a que muestren abiertamente su alineamiento con Él y se unan para ser luz para el mundo, es decir, comunicar y difundir la verdad. De allí su censura a la inclinación humana de esconder la luz debajo de una canasta o de una caja. Su exigencia es la de una vida de transparencia que no reniegue de colocar la luz en el candelero.
La culminación ética del simbolismo de la luz se alcanza cuando las Escrituras establecen: “Todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas”. El secretismo y el ocultamiento, por lo general, suelen estar relacionados con lo éticamente incorrecto. Despierta recelos quien actúa en lo oscuro o quien se niega a dar cuentas de sus hechos. Esto se vuelve aún más sospechoso cuando la persona está a cargo de bienes ajenos. Lo mismo aplica cuando un amigo le confía sus bienes a otro, una empresa a un administrador o un pueblo a un gobernante. Quien hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz. No es amigo de la transparencia y tampoco de rendir cuentas. Se mantiene distante y abunda en dobles discursos. Por el contrario, el modelo de honestidad lo presenta el mismo Dios. Al enviar a su Hijo, salió a la luz, dio a conocer cómo es Él y qué es lo que hace. El simbolismo completo de la luz se funde en la persona de Jesús como presencia y expresión de Dios, quien irrumpe en un mundo de tinieblas.
En el lado opuesto, la oscuridad equivale al pecado y a la oposición a Jesús. Esto crea un reto ético audaz: se puede caminar en la luz o se camina en tinieblas. Las acciones son las que al final determinan quien es de Dios y quien del maligno. Como todo en el cristianismo, no depende de las palabras o de las intenciones, se trata de los hechos concretos. Las obras muestran la naturaleza de cada uno. A partir del dualismo establecido entre luz y tinieblas, surge el imperativo cristiano de andar en la luz, la idea es que quien ha conocido la salvación no debe permanecer en tinieblas.
La valentía de administrar de manera abierta, a ojos vista, es la evidencia definitiva de quien está haciendo lo correcto. Por eso sale a la luz, para dejar en evidencia que lo que hace es en verdad en Dios. Quien evita salir a la luz lo hace porque está consciente de que su obrar es malo. Puede pretender ocultar la realidad para postergar su responsabilidad. Pero, tarde o temprano, la luz lo manifestará todo y revelará la realidad de las personas. Eso será causa de vergüenza no solo ante los hombres sino también ante Dios. Sobre eso advirtió Jesús cuando afirmó: “Todo el que quiera salvar su vida, la perderá”.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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Cristianismo Lucha Contra La Corrupción Opinión

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