Los partidos después del 3F

Para enfrentar la inexactitud de las noticias y los rumores mal intencionados, los partidos deben entrar de lleno en las nuevas tecnologías. Conocer la forma en la que se administran las crisis en el “ciberespacio” les ayudará también a entender que los medios para comunicarse con sus audiencias —simpatizantes, militantes y población en general— cambiaron radicalmente en los últimos años

Abr 24, 2019- 17:47

Estos no son tiempos buenos para los partidos políticos. La gente los acusa de corruptos, mentirosos y de beneficiar exclusivamente a sus miembros más prominentes. Los ciudadanos no distinguen entre las acciones de los militantes y las del partido como institución. Si condenan a un exfuncionario, que a la vez fue dirigente del instituto político, la marca se desgasta. Cuesta mucho desvincular a estas entidades de las faltas de ética y honestidad de sus allegados.

En la era de la desinformación y de las redes sociales los partidos también son víctimas de calumnias y difamaciones. El titular de una noticia falsa se viraliza con rapidez, y cuando se intentan desmentir las fraudulentas afirmaciones, existe ya una “opinión pública” aceptada entre la población aunque esté alejada por completo de la realidad.

Por otro lado, los personalismos en política arrastran a las organizaciones partidarias. Con la muerte de Alan García, expresidente del Perú, el APRA, su partido de toda la vida, con el que ganó dos veces las elecciones presidenciales, corre el riesgo de morir con él. Lo mismo sucedió en Venezuela. Con el fallecimiento de Hugo Chávez, a Maduro no le quedó otra opción más que la de promover el culto absoluto a la figura que apadrinó al Socialismo del Siglo XXI. Tuvo que dejar en segundo plano su aspiración de suceder en el cargo al líder máximo del Partido Socialista Único de Venezuela.

La corrupción, la adulteración de la verdad y los liderazgos mesiánicos están desmantelando a los sistemas políticos. Son enemigos letales de la democracia. Los primeros afectados son los partidos. Su débil institucionalización los hace presa fácil de los discursos populistas. En Guatemala, donde las organizaciones partidarias aparecen y desaparecen elección tras elección, es muy difícil para los votantes identificar el ideario y los principios que caracterizan a los candidatos. La máxima expresión de esta situación fue la elección del actual mandatario, un outsider que supo aprovechar el desencanto de la gente con la política.

Ante semejantes adversarios, a los partidos, si pretenden recuperar la credibilidad y reconquistar el poder, no les queda más que aplicar decisiones pragmáticas. Si son acusados de asolapar la corrupción, están obligados a renovar, sin contemplación alguna, al liderazgo nacional y a mostrar que son capaces de reinventarse y de actuar conforme lo demandan los habitantes. Deben hacerlo en procesos internos que sean transparentes, en los que se garantice a todos los afiliados la posibilidad de disputar cualquier cargo de dirección. Tienen que reforzar las auditorías en las organizaciones, filtrar cuidadosamente las candidaturas a cargos de elección popular exigiendo declaraciones patrimoniales y de conflictos de interés, y promover en la Asamblea Legislativa una normativa más estricta que prevenga el robo del erario y castigue los abusos de poder.

Para enfrentar la inexactitud de las noticias y los rumores mal intencionados, los partidos deben entrar de lleno en las nuevas tecnologías. Conocer la forma en la que se administran las crisis en el “ciberespacio” les ayudará también a entender que los medios para comunicarse con sus audiencias —simpatizantes, militantes y población en general— cambiaron radicalmente en los últimos años. La elección del 3 de febrero demostró que además del contacto territorial ahora se requiere de otras vías para interactuar con los electores, como Twitter, Facebook, Instagram, Snapchat, WhatsApp, YouTube y una docena más de redes sociales.

Contra las figuras absolutistas, que pretenden eclipsar a los partidos, no hay mejor antídoto que una ciudadanía educada, con una cultura política fuertemente enraizada. Este objetivo se consigue en el largo plazo, con programas educativos desde la infancia. Mostrar a los niños los beneficios de la democracia blinda a las sociedades de experimentos totalitarios. También a la epidemia del populismo le llevó tiempo penetrar en los individuos. Aunque ya venía latiendo en celebridades como Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, y Haya de la Torre en Perú, lamentablemente la ausencia de resultados y la poca diligencia de los gobiernos de turno le permitió desarrollarse en este nuevo siglo para resurgir en buena parte de América Latina a través de los personajes que abrazaron las ideas equivocadas del chavismo.

Esta época tampoco es amiga de las improvisaciones y de los maquillajes. La eterna crisis de los partidos políticos ahora se ha profundizado y amenaza con extinguirlos si no se contrarrestan sus causas. Los ciudadanos sabrán identificar si los cambios responden a una genuina disposición a recrearse o si, por el contrario, son solo disfraces tras lo que se esconden “los mismos de siempre”.

Doctor en Derecho y politólogo

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