Los elefantes blancos

Estos proyectos excitan la imaginación del público, que los asocia equivocadamente con el progreso, como si contar con un nuevo puerto, o con una nueva carretera en el norte del país, o con un nuevo aeropuerto o un nuevo ferrocarril de alta velocidad nos vamos desarrollar aunque sigamos con los mismo problemas de siempre, de excesiva burocracia, de pésima salud y educación y terrible inseguridad pública

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Jun 06, 2019- 18:50

Una de las grandes tentaciones que tienen los nuevos gobiernos es la que ponen los megaproyectos de infraestructura—tales como los que plantea nuestro nuevo gobierno para la Zona Oriental: un aeropuerto internacional y un tren de alta velocidad entre San Salvador y San Miguel.

Estos proyectos excitan la imaginación del público, que los asocia equivocadamente con el progreso, como si contar con un nuevo puerto, o con una nueva carretera en el norte del país, o con un nuevo aeropuerto o un nuevo ferrocarril de alta velocidad nos vamos desarrollar aunque sigamos con los mismo problemas de siempre, de excesiva burocracia, de pésima salud y educación y terrible inseguridad pública, con malas calles de acceso a muchos lugares, con pobres instalaciones de agua, alcantarillados y desechos sólidos. Al oír las palabras “un ferrocarril de alta velocidad” la gente asocia inmediatamente la imagen de un tren chino corriendo a 350 km/h y piensa al tener uno de esos seremos como China.

Igual la gente imaginaba enormes barcos viniendo de Asia y atracando en un nuevo Puerto en La Unión, que por arte de magia generaría enorme demanda para crear una zona industrial, que iba a dar un boom enorme a la zona oriental y al país entero, convirtiéndose en el extremo del Pacífico de un canal seco interoceánico, uniendo La Unión con Puerto Cortés.

En vez de eso, tenemos un puerto que no tiene ninguna demanda, cuya existencia no puede justificarse como centro de abastecimiento de las zonas de gran consumo en el país ni como salida para las zonas de gran producción del país (Acajutla está mucho más cerca y todavía tiene mucho espacio para crecer) ni como la conexión de una gran zona industrial en La Unión con el mundo entero, porque esa zona industrial no existe.

La triste historia es que en vez de todos los sueños nos quedamos con una deuda de más de 200 millones de dólares cuyo uso fue equivalente a haberlos tirado a la basura, con un puerto que nadie quiere, que tiene un problema de azolve en su acceso, cuya solución requiere decenas de millones de gasto recurrente en drenaje, que vuelve carísimo el acceso al puerto. Con el tiempo, el puerto se va a ir convirtiendo en una ruina inútil. Igual pasó con la famosa Carretera Longitudinal del Norte. La idea de esta carretera surgió de observar que la red de carreteras de El Salvador parecía un par de ciempiés paralelos, con los dos cuerpos corriendo de occidente a oriente (la del Litoral y la Panamericana) y los pies conectando el norte con el sur. Lo que se necesitaba, los funcionarios pensaron, era otro cuerpo para hacer tres ejes yendo de poniente a oriente.

A ninguno de estos funcionarios se le ocurrió que el problema por el cual los funcionarios anteriores no habían construido esa Carretera Longitudinal del Norte era que había muy poca gente que quería ir de una parte del norte a otra parte del norte. Eso lo descubrieron después de haber gastado cientos de millones en hacer la carretera.

No sería gracia para el país descubrir que el costo de un tren a San Miguel es demasiado alto para el tráfico qué hay entre San Salvador y San Miguel. Si asumimos conservadoramente que la inversión fuera de $3 mil millones de dólares, el costo de intereses sería cerca de $240 millones anuales al 8% de interés. Si exageradamente asumimos que el trafico diario sería de 10,000 personas diarias, el tráfico anual sería de 3.7 millones de personas. El costo sólo por intereses sería de $66 por pasajero. A esto habría que sumar los costos de la energía, el mantenimiento, la administración y tantos otros. Sumando, el pasaje costaría más de $100 solo de ida, y más de $200 ida y vuelta. Divida estos costos por la mitad y todavía son altísimos.

Como nadie podría pagar esos tiquetes, el gobierno tendría que subsidiar la operación con cientos de millones de dólares al año para que costaran lo que cuesta un pasaje de bus, o dejar que el ferrocarril se pudriera como se están pudriendo el Puerto de La Unión y la Carretera Longitudinal del Norte. Y piense en todo lo que se podría hacer con tanto dinero para desarrollar el país. El aeropuerto sería peor.

*Máster en Economía

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy

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