Los alumnos

Los alumnos que fueron. Ahora les tocará examinarse día a día en el trabajo. Apuesto que quienes mejor estudiaron serán mejores trabajadores también.

Por Jorge Alejandro Castrillo
Psicólogo

Dic 13, 2019- 19:04

No es necesario agregar nada: usted ya pensó en una clase, un profesor, una institución de enseñanza. Acertó: alumno remite a educación formal (virtual o presencial), a cursos, a evaluaciones. No llamaremos alumnos ni a los bebés que serán cuidados en los espacios (CDIs) que, por ley, habrán de operar en las fábricas y empresas en donde trabajan sus madres ni a los jóvenes que, bajo la guía de un maistro, aprendan a soldar o a afinar el motor de un carro en el taller.
“¿Qué dirían ustedes de una persona que llega a un restaurante, ordena y paga por su comida; mientras espera a que cocinen su orden pide una copa de vino, se sienta a una bien dispuesta mesa y ya con la comida artísticamente emplatada que le han servido, se levanta y abandona el restaurante?”, pregunto a mis alumnos al empezar un curso.
La respuesta más benigna lo trata de lelo y de allí siguen con nombres más fuertes. “Es exactamente lo que hacen quienes no estudian —digo a continuación—. Ustedes (o sus padres) han pagado para que alguien se tome el trabajo de preparar las clases de la asignatura que forma parte de un currículo que alguien más se esforzó por elaborar, ha leído libros, visto vídeos, escogido de entre sus muchas experiencias profesionales las que valen la pena ser comentadas para ilustrar la aplicación práctica, diseñará evaluaciones y pasará horas enteras pensando en el curso, ¿todo para que haya quienes decidan no aprovechar todo ese esfuerzo? ¿Qué dirían de un estudiante que, después de todo este trabajo, no se sirva de ello?”. Suele sobrevenir un incómodo pero aleccionador silencio.
Al estudiante le compete la mayor responsabilidad en su propio aprendizaje, mientras al docente la total responsabilidad en la enseñanza. Algunos podrán pensar que no es mucho lo que tienen que hacer los alumnos, pero si ellos no lo hacen, la comida se desperdicia. Así me explico que al final de un proceso académico haya quienes salgan bien nutridos y otros tan escuálidos como entraron. Y eso se nota en los exámenes, es uno de sus objetivos.
Este mes se llevaron a cabo en una universidad nacional los exámenes finales orales para un buen grupo de estudiantes. Me gusta el proceso. Tres profesores hacen preguntas a un alumno para dirigir su atención hacia diferentes partes del curso de especialización que tomó. Las respuestas son evaluadas en base a criterios bien definidos. Los alumnos conocen, desde el inicio del curso, en qué consistirá su evaluación y cuáles son los criterios que se emplearan. “Guerra avisada no mata gente” dice el dicho.
Erick estudió ingeniería. Al inicio del curso, con voz casi inaudible y salpicada de muletillas apenas acertó a estructurar una pobre respuesta a la pregunta que se le dirigió. El profesor hizo las observaciones pertinentes, modeló una respuesta apropiada y lo incitó a que se preparara mejor para la siguiente ocasión. “Es que soy muy tímido y no estamos acostumbrados a que nos pregunten”, expresó como explicación a su pobre desempeño. “Pues tendrá nueve meses para prepararse, el tiempo de un embarazo. Es más, quedan todos y todas fecundados en este momento”, bromeó el profesor. Gloria contó que “… por motivos económicos, tuve que retirarme del colegio donde estudiaba y matricularme en el bachillerato a distancia del MINED. Como sólo tenía que ir los fines de semana, pude ayudar a mi mamá en su trabajo ese año. Cuando logré conseguir trabajo pude inscribirme en la universidad. Algunas asignaturas tuve que llevarlas en modalidad virtual pues no tenía tanto tiempo para venir hasta acá. No saben lo que me costó terminar mi carrera de Administración de Empresas”.
Erick y Gloria obtuvieron 10, la nota máxima. Eso significa que sus jurados unánimemente coincidieron en un desempeño estupendo. Preguntados acerca de su forma de estudiar, palabras más palabras menos respondieron: “Me di cuenta de que tenía que estudiar todos los días. De lo contrario, luego se me hacía más difícil entender y se me acumulaba mucho material. Y yo quería aprender. No podía perder ni el tiempo ni el dinero que estaba invirtiendo en la universidad”.
Los alumnos que fueron. Ahora les tocará examinarse día a día en el trabajo. Apuesto que quienes mejor estudiaron serán mejores trabajadores también. Felicitaciones a quienes se empeñaron en conseguir buenos rendimientos. Ánimos a los que tendrán que estudiar unos meses más.

Psicólogo.

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