Lo que no discutimos cuando hablamos de migración

El problema es que el debate político alrededor de la inmigración en Estados Unidos se encuentra tan estancado por la polarización, el populismo nacionalista y el resentimiento a lo extranjero, que una foto, por trágica que sea, no hará que alguien cambie de opinión.

Por Cristina López
Lic. en Derecho de ESEN

Jun 30, 2019- 20:04

Es una sensación desgarradora cuando el nombre de nuestro país se relaciona más con tragedias fatales que con potencial humano, pero fue lo anterior precisamente la razón por la que El Salvador se mencionó de la manera más prominente en las portadas mediáticas de mayor circulación. La imagen de los cuerpos de Óscar Alberto y su hija de 23 meses, Angie Valeria, flotando sin vida tras un fracasado intento de cruzar el turbulento Río Bravo hacia Estados Unidos, se usó como accesorio argumentativo, reduciendo lo que eran vidas ricas en historias, anécdotas y potencial humano a amarillismo mediático y político.

El New York Times, respondiendo a las críticas válidas que muchos activistas pro-inmigración hicieron de que la decisión editorial de desplegar la foto desgarradora en la portada deshumanizaba y restaba dignidad a la memoria de las víctimas, justificó el amarillismo en que era un mal necesario para despertar conciencia sobre el costo humano del desastre que es la política migratoria estadounidense y la crisis humanitaria que se deriva de sus restrictivas políticas de asilo e inmigración autorizada. Claro; la restrictiva legislación existente no responde a la realidad actual para tantos, en la que los incentivos para arriesgarse a morir con tal de mejorar la calidad de vida (o simple y, llanamente, sobrevivir) continúan pareciendo más atractivos que los costos.

El problema es que el debate político alrededor de la inmigración en Estados Unidos se encuentra tan estancado por la polarización, el populismo nacionalista y el resentimiento a lo extranjero, que una foto, por trágica que sea, no hará que alguien cambie de opinión. El tema migratorio consistentemente aparece en encuestas (Gallup) como uno de los cinco temas que los votantes estadounidenses consideran más importantes en cada elección, por lo que el argumento de que fotos así son necesarias para “empezar una conversación al respecto”, carecen de substancia.

La conversación al respecto es constante, tanto por parte de la administración anti-inmigrante de Donald Trump que considera a los inmigrantes como la mayor amenaza a la salud, empleos, y recursos estadounidenses, como por parte de quienes abogan por los derechos humanos de las víctimas de esta crisis humanitaria moderna (sobra señalar que entre los opositores políticos de Trump, no todos son almas caritativas y también se encuentran oportunistas que buscan usar el tema migratorio como herramienta electoral).

Pero las discusiones generadas por la foto desafortunadamente carecieron de varios elementos importantísimos que no se pueden perder de vista si se piensa en la cadena de acontecimientos que han tenido que tener lugar para que los trágicos eventos que captura la imagen sucedieran: la deuda de décadas que los gobiernos del triángulo norte tienen para con su ciudadanía. Que la inmigración continúe siendo parte del ADN histórico de nuestras naciones no es un detalle menor; implica una falla estructural en la más básica razón de ser de nuestra República. Nuestra constitución arranca en su primer artículo definiendo a “la persona humana como origen y el fin de la actividad del Estado”.

Mientras existan personas en El Salvador a quienes les falte la justicia, la seguridad jurídica y el bien común (que son la razón constitucional de ser para la organización de nuestro Estado) a tal grado de que arriesguen la existencia para mejorar sus condiciones, nuestras autoridades están faltando a su solemne juramento de defender y hacer cumplir la Constitución. Es un problema serio, y siempre lo ha sido, pero nos hemos acostumbrado al grado de que lo consideramos normal. Quizás porque gobierno tras gobierno, se continúa hablando de la inmigración como un problema para el que la solución se encuentra en las decisiones de otros: en que en EE.UU. se elijan gobernantes decididos a volver la inmigración legal más accesible, que México deje de actuar como esbirro de la brutalidad policíaca anti-inmigrante de los estadounidenses, o que se construya o no una pared fronteriza entre EE.UU. y México —eso es el equivalente a esperar que la solución a un problema de goteras es que deje de llover—.

La solución debe encontrarse en casa, empezando con cumplir lo que la constitución declara como fines del Estado.

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. @crislopezg

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