La volatilidad de las multitudes

¿Usted le daría el poder a multitudes como estas para que determinen cambiar una constitución y para saltarse todos los debidos procesos y para terminar siendo los jueces de lo que las instituciones democráticas están haciendo?

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Nov 28, 2019- 20:34

Piense en una fiesta de casamiento muy alegre, después de la cena, con una orquesta potente, llena de ritmo, tocando La Lambada, con mucha gente en la pista de baile. Y vea cómo poco a poco los que bailan se van organizando en un orden espontáneo y cómo parece que actúan como un solo ser que mueve cientos de manos y piernas y cabezas al unísono. Y vea el éxtasis que eso va produciendo en los que bailan y en los que los miran, de tal manera que el ritmo los va llenando a todos de una sensación de unidad con todos los demás, como si en esos momentos la gente se conectara a los niveles más profundos y se convirtiera en una sola entidad infinitamente inclusiva; o piense en la final del Mundial de México 70, con Brasil a punto de ganar el campeonato y decenas de miles de personas cantando y bailando al ritmo de ¡Brasil, Brasil! y ver a Pelé pasándose las defensas del equipo rival, bailando con la pelota al mismo ritmo que la barra; o piense en estar en los Campos Elíseos viendo el desfile del 14 de Julio, con los coraceros caminando con un paso perfecto de sus caballos, con el sonido de los cascos como que fueran castañuelas de una gigantesca batería y detrás de ellos los pasos perfectos de la infantería siguiendo el mismo ritmo, llenando el aire con las vibraciones de la perfecta coordinación, y ver y oír el estruendo repentino de los jets pasando por encima de la gran avenida soltando humos tricolores como si una bandera llenara el espacio no solo de la avenida ni solo de la ciudad sino del país entero.
O imagine una de esas danzas guerreras africanas, descritas por tantos exploradores a principios del siglo XIX, con cientos de guerreros danzando alrededor del fuego, haciendo temblar el suelo con sus pasos rotundos mientras mueven al unísono sus lanzas hacia arriba y adelante, y mientras cantan una música de guerra a la vez rítmica y ominosa, llenando de pavor a los potenciales enemigos; o imagine esas concentraciones nazis en las que después de una agitación profesional las masas se van volviendo pulsantes y demandan sangre al unísono y luego se mueven como si fueran un solo vehículo infernal lanzado a romper los vidrios y saquear y luego quemar los negocios de los judíos y sus sinagogas, y a matar y desmembrar a los judíos que lograran encontrar.
Hay en estos ejemplos —y en otros miles más que todo el mundo ha experimentado— una compacta unidad que convierte a estas multitudes en entes autónomos, en los que las personalidades individuales son anuladas totalmente, de modo que lo que toma control de los individuos es un espíritu colectivo, que algunas veces se transmite por la música, otras por un ritmo militar y en otras por arengas públicas que hacen a la gente correr por las calles buscando víctimas, pegando fuego a negocios, a edificios, en ritos primitivos de destrucción.
En su libro clásico Masas y Poder, Elías Canetti analiza todos estos y otros tipos de multitudes, notando cómo todas ellas crean un ambiente en el que las diferencias entre los individuos se borran para formar una entidad que está por encima de ellos, que se vuelven iguales los unos a los otros, que pierden la voluntad propia y por tanto necesitan que alguien las guíe —la orquesta con su música, los jefes de barra en los estadios, los oficiales en las marchas, los agitadores en las orgías destructivas en donde la multitud se une a los equipos de destrucción o los apoyan aunque no participen— como ha sido el caso en Ecuador, Chile y Colombia, en donde las multitudes enormes no se han soltado a destruir pero tampoco se han opuesto a los destructores y no los han ni siquiera criticado.
Canetti nota que, con las personalidades individuales perdidas y las inhibiciones cortadas, estas multitudes necesitan dirección y siempre la obtienen, para bien o para mal.
Ahora piense, ¿usted le daría el poder a multitudes como estas para que determinen cambiar una constitución y para saltarse todos los debidos procesos y para terminar siendo los jueces de lo que las instituciones democráticas están haciendo? Con razón en Latinoamérica estamos como estamos.

Máster en Economía

Northwestern University

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