La omnipresente dualidad

Feb 08, 2019- 20:57

Hace ya bastante tiempo leí en un texto de Fisiología algo que me impactó. Decía —palabras más, palabras menos— que toda conducta humana podía reducirse a dos objetivos fundamentales: la búsqueda de alimento y la búsqueda de la propagación de los genes. Con lo primero intentamos sobrevivir como individuos, y con lo segundo, sobrevivir como especie. Por supuesto, me rebelé ante tal afirmación, considerándola demasiado simplista. No pude aceptar la idea de que no hubiera mayor diferencia entre el ser humano y los animales inferiores. Somos más que eso, me dije, más que seres movidos por instintos básicos. En aquel momento lo dejé así, concluyendo que después de todo era un libro de Fisiología y no un texto filosófico.

Pero algo quedó resonando en mi cabeza; era la parte real, ineludible, de aquel postulado que parecía demasiado reduccionista. Los seres humanos somos una mezcla de lo evolucionado y lo primitivo, de los trascendente y lo temporal. Tenemos consciencia, creamos arte, buscamos entender el universo y a nosotros mismos; y somos de carne y hueso, proclives a las debilidades y a los impulsos. Vivimos en estas dos realidades.

Pongamos por ejemplo el amor, aprovechando que estamos en el mes que se le dedica. Este tiene también esa dualidad. Vemos el amor como uno de los sentimientos más elevados. Las novelas románticas, la poesía y otras formas de arte son prueba de su alto estatus. Pero el amor entre una pareja también tiene su componente fisiológico, bioquímico y hasta inmunológico. Y aunque puede no ser tan romántico como el de su perspectiva filosófica y artística, es sumamente interesante y explicativo.

¿Qué hace que una persona se enamore? De acuerdo con investigaciones, la atracción inicial tiene elementos subconscientes que están determinados por factores filogenéticos. La inspección visual es clave en un primer momento, y las personas se sienten atraídas por quienes cumplen con sus criterios de salud y fortaleza. El objetivo es que la pareja tenga la capacidad de procrear, mantener y proteger. Cuando se han cumplidos los requisitos visuales básicos, viene la parte inmunológica. Aquí ya es necesario mayor acercamiento físico pues están involucradas las feromonas y el complejo mayor de histocompatibilidad. Las feromonas son volátiles y entran a través del olfato. El beso (en la boca, por supuesto) promueve el intercambio de saliva, que tiene complejos de histocompatibilidad. Es conocido que mientras más diferente genéticamente es una pareja existen menos posibilidades de tener hijos con alteraciones hereditarias. Si al besar a alguien la persona siente que está besando una pared, es señal que no son compatibles pues su semejanza genética es muy alta. Pero si se siente transportado al cielo…

Cuando la relación progresa entran en juego neurotransmisores como la dopamina, que está relacionada con el circuito de recompensa del cerebro y por tanto con el placer. La concentración de serotonina, otro neurotransmisor, disminuye, lo que produce un estado de obsesión. Un fenómeno interesante es que está disminución de serotonina también se observa en personas que padecen de trastorno obsesivo compulsivo (TOC). ¿Y qué del amor a largo plazo, ése que dura décadas y es fiel? Aquí tiene mucho que ver la oxitocina y la vasopresina. En estudios de especies inferiores se ha determinado que las especies monógamas (como los ratones de las praderas) tienen elevada actividad de estos químicos, mientras que las que no la poseen tienden a tener múltiples parejas, descubrimiento interesante que no deja de dar qué pensar.

Médico siquiatra

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