La mentalidad de corto plazo

Este comportamiento insano de los prestamistas se explica en gran parte porque los gerentes y ejecutivos que diseñan y hacen los préstamos, y los que recomiendan su compra, reciben sus emolumentos en el momento en el que el préstamo se concreta, no cuando se paga.

Por Manuel Hinds
Máster Economía Northwestern

Sep 05, 2019- 18:05

Entre todas las interrogantes que plantea la creciente crisis en Argentina, una de las más intrigantes es ¿por qué le siguen prestando a Argentina si esta crisis de impago es la novena del país y la tercera en los últimos 20 años? ¿Si, más intrigante todavía, es la segunda en dos años? ¡Hace sólo un año que el Fondo Monetario Internacional (FMI) le hizo el salvataje más grande de la historia (no de Argentina sino del mundo) y hoy ya está en crisis otra vez! Argentina es ya, con mucho, el mayor deudor del FMI. Aproximadamente la mitad de los préstamos de la institución se han dado a Argentina.

¿Cómo es que el FMI y los mercados privados siguen prestándole? Puede ser que se requiera de una asesoría psicológica para contestar esta pregunta, pero hay una razón económica que ayuda a explicar este comportamiento aparentemente absurdo: los incentivos en las instituciones financieras estimulan un comportamiento que irracional desde el punto de vista de las instituciones mismas pero racional desde el punto de vista de los personajes que las manejan día a día.

En los últimos años, muchas instituciones se han centrado en la generación inmediata de rendimientos como el criterio para juzgar a los gerentes y ejecutivos. No muchos sedan cuenta de que este énfasis en el corto plazo genera incentivos perversos para el rendimiento de la institución en el largo plazo porque, para los que manejan las instituciones, los rendimientos positivos de una mala operación financiera se presentan inmediatamente, y los negativos mucho más tarde en el futuro. Para el momento en el que estos últimos se presentan, los que hicieron la operación ya se han movido a otra posición, o a otra institución, o se han vuelto demasiado poderosos para que una mala decisión del pasado los afecte.

Observe el caso de Christine Legarde, que fue la que autorizó la operación de salvataje del año pasado, comprometiendo 57 mil millones de dólares del FMI en un programa obviamente mal diseñado que fracasó en apenas un año. Para cuando el escándalo se empezó a generar la semana pasada, cuando la gente comenzó a preguntar quién metió esta pata en el FMI, ella ya estaba encaminada a ser la presidenta del Banco Central Europeo, en un proceso que ya está demasiado adelantado por razones geopolíticas para que sea echado para atrás. La rapidez con la que Argentina procesa nuevas crisis hizo que por poco la agarrara la puerta (¿quién iba a imaginarse que la siguiente crisis sería en un año?), pero no la agarró.

Bueno, el FMI está sujeto a presiones políticas. Pero, ¿y el sector privado? ¿Cómo es que regresa una y otra vez a prestarle fondos a Argentina? El entusiasmo por prestarle ha sido tan grande que hace un par de años, en 2017, Argentina emitió un bono pagadero a 100 años, y la demanda por los bonos (el deseo de financiar a Argentina) superó por bastante la cantidad que el país había deseado tomar prestada. Hoy esos bonos tienen un precio de 54 centavos por cada dólar que los financieros dieron al país.

Este comportamiento insano de los prestamistas se explica en gran parte porque los gerentes y ejecutivos que diseñan y hacen los préstamos, y los que recomiendan su compra, reciben sus emolumentos en el momento en el que el préstamo se concreta, no cuando se paga. De esta forma, los préstamos que ahora no se están pagando generaron comisiones, bonificaciones, pagos de servicios, utilidades, etc., que, cuando hablamos de las magnitudes en las que Argentina aumentó su deuda en los últimos años, hicieron millonarios a muchos. Los compradores últimos de los bonos (que no necesariamente son los mismos que los diseñaron) pagaron estas comisiones muy felices. No es hasta hoy que descubren que lo que pagaron era para perder enormes cantidades, para ellos y sus clientes.

Esto es sólo un ejemplo más de lo tontas que son esas estrategias de medir el éxito por la supuesta rentabilidad inmediata de cada operación o persona. Esta sustitución de la evaluación estratégica de largo plazo por los resultados de corto plazo fue la caída de General Electric y es la causa de la crisis de Boeing, por ejemplo. ¿Habrá que esperar muchas crisis más para que la gente lo vea?

Máster en Economía Northwestern University

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