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Mario Vega: El rey egocéntrico derrotado

Frente a un gobierno autócrata con pretensiones divinas hay personas que se plantan en un suelo separado, libre y honorable. Sus conciencias no están a la venta y tampoco se doblegan ante las presiones, sean las de la compra vulgar o las de las amenazas. Creen en ideales y sus vidas están comprometidas con las causas correctas. Su justicia se convierte en un obstáculo infranqueable para la tiranía. No se les puede someter ni obligar a hacer lo que no desean. No viven solo por vivir, para los justos la vida solo tiene sentido si pueden habitar con libertad y honor. Como Daniel lo sentenció, los déspotas tienen pies de barro.

Por Mario Vega

En su vida dedicada al compromiso político, el profeta Daniel interpretó el sueño olvidado del rey, lo que le valió su aceptación y aprecio. Aprovechó ese favor para solicitar al rey que sus tres amigos hebreos fueran promovidos a posiciones oficiales en la provincia de Babilonia. El rey accedió y así recibieron roles políticos aún más elevados, lo cual, condujo a que otros oficiales del reino sintieran celos e inconformidad.

Poco después, el rey tuvo la idea de manipular la religiosidad de las personas para consolidar su poder. La idea era la de instalar una religión imperial unificadora en todas las provincias de su amplio territorio. Algo que posteriormente habrían de emular los regímenes griego y romano. Pero el rey de Babilonia era un hombre fino, que cuidaba de todos los detalles del plan para llevar al paroxismo a sus súbditos. Mandó a construir una estatua de oro de 27 metros de alto por tan solo 3 de ancho. La extraordinaria angostura de la imagen la hacía parecer, desde el nivel del suelo, muy esbelta y aún más alta de lo que realmente era. Para la dedicación de la estatua y la inauguración del nuevo culto diseñó una ceremonia sin límite de gastos. Fueron invitados los oficiales de todos los niveles: gobernadores, magistrados, mandos militares, jueces, consejeros y todos los que tenían algún grado de eminencia.

El día de la inauguración la población fue convocada. Una multitud incontable se reunió en el campo de Dura. La escenografía era soberbia, contaba con toda clase de decoraciones selectas para dar fuerza a la impresión visual. Los altos funcionarios del reino agregaban solemnidad al permanecer ordenados de pie, frente a la imagen. El ingreso del emperador fue una apoteosis. Al llegar el momento de develar la estatua la sinfonía fue en “crescendo” con armonías emotivas que cimbraban las fibras íntimas de la concurrencia. Al descubrirse la imagen el impacto fue absoluto, los rayos del sol se reflejaron sobre el oro macizo. La altura de la imagen daba la impresión de llegar hasta el cielo. La música llegó a su clímax y era la señal para que todos se postraran. La musicalización, los rayos dorados y el aroma de los inciensos se combinaron creando una sensación estremecedora. La multitud, como un ejercito, se postró rendida ante la nueva deidad.

Desde lo alto de su estrado el único que sonreía era el rey. Su objetivo había sido logrado y se deleitaba probando la voluntad de sus aduladores. Como era un tirano perseguidor había promulgado un edicto por el que serían arrojados a un horno de fuego quienes se negaran a mostrarle sumisión. No obstante, los amigos de Daniel permanecieron sin postrarse. Como eran altos funcionarios fue muy visible su acto de desobediencia. Fue entonces que los otros cortesanos, celosos por ellos, los denunciaron ante el rey. Él los mandó a llamar para presionarlos a subordinarse a la divinización de su política. Pero estos jóvenes habían sido formados bajo el valor de una lealtad exclusiva a Dios. De manera que manifestaron su negativa a plegarse al nuevo ídolo aun si eso suponía perder sus vidas.

La megalomanía del rey encontró el límite a su poder: la firmeza de las convicciones de los tres hebreos. Frente a un gobierno autócrata con pretensiones divinas hay personas que se plantan en un suelo separado, libre y honorable. Sus conciencias no están a la venta y tampoco se doblegan ante las presiones, sean las de la compra vulgar o las de las amenazas. Creen en ideales y sus vidas están comprometidas con las causas correctas. Su justicia se convierte en un obstáculo infranqueable para la tiranía. No se les puede someter ni obligar a hacer lo que no desean. No viven solo por vivir, para los justos la vida solo tiene sentido si pueden habitar con libertad y honor.

Los jóvenes fueron arrojados al horno de fuego, pero Dios intervino y los protegió, lo único que el fuego quemó fueron las sogas que los ataban. De nuevo, la honestidad y la honradez triunfaron. De nuevo, la manipulación y el engaño se evidenciaron. Como Daniel lo sentenció, los déspotas tienen pies de barro.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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