Sindéresis

Ni los diputados de la Asamblea Legislativa ni el presidente del Órgano Ejecutivo tienen defensa posible, a pesar de los intentos de unos y otros en ese sentido. El hecho es que erraron.

Por Jorge Alejandro Castrillo
Psicólogo

Feb 13, 2020- 18:21

Escribo este artículo aún impresionado por los sucesos del domingo por la tarde que me hicieron recordar una rara y bonita palabra que usaba mi padre. Internet me llevó a la interesante página de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), una institución sin ánimo de lucro cuyo principal objetivo es impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación. Recomiendo visitarla. Me dispensarán que copie una buena parte de la nota. Entenderán por qué luego.
“(…) Discreción, buen juicio o capacidad para juzgar acertadamente: La sindéresis debe ser esencial en cualquier juez (…) Supone una importante virtud de la inteligencia y del entendimiento humanos, consistente en la capacidad de tomar decisiones y emitir juicios sensatos y positivos (…) supone también la capacidad para emplear un lenguaje que exprese cabalmente el sentido de los juicios y decisiones que se adopten. Como es obvio, la “sindéresis” es virtud indispensable, no sólo en los jueces, sino también en los políticos, gobernantes, empresarios, sacerdotes, legisladores, dirigentes, y en general en todos aquellos que deban emitir juicios y tomar decisiones (…)”.
¡Qué pertinente!, ¿no? Con lo del domingo, ni los diputados de la Asamblea Legislativa ni el presidente del Órgano Ejecutivo tienen defensa posible, a pesar de los intentos de unos y otros en ese sentido. El hecho es que erraron. Los unos lo vienen haciendo desde hace tantos años que, acostumbrados, creyeron que “una raya más no le hacía al tigre”. Para la cuenta del presidente si bien éste no fue su primero, sí el mayor yerro que ha cometido. Nadie supone que no se equivoquen; son humanos, diremos en su defensa. Pero como funcionarios prominentes deberían hacer todos los esfuerzos a su alcance (consultar, por ejemplo) para equivocarse lo menos posible. Por lo menos, no tan garrafalmente. ¿Aprenderemos, todos, la lección de la sindéresis?
Sin calificarlas, quiero referirme a las actuaciones de otro par de actores del reparto del episodio del domingo. Minutos antes de la escena culmen, un vicepresidente de la Asamblea Legislativa declaró muy orondo, en ambas acepciones del término, que ante la no presencia del Presidente de ese Órgano, él asumía toda la responsabilidad. ¿Sed de protagonismo, de poder? ¿Cálculo electorero? ¿Ataque de responsabilidad? ¿Pago de favores? Sin comentarios. Debe ser difícil conseguir unanimidad de criterios en un cuerpo colegiado pero ahora… ¿qué pensarán de él sus colegas? ¿Cómo calificarán ellos su actuación? ¿Cómo se sentirá él mismo luego del trato despectivo del que fue objeto? Para tal actuación —frente a todo el mundo, para colmo— más le habría valido no estar allí.
Siempre he creído, desde mi ignorancia de la estructura y organización gubernamentales, que el ministro de Defensa es el militar responsable de la Fuerza Armada. Él, más que nadie, tiene que estar muy claro de lo que el Ejército puede o no, debe o no, hacer. Se entiende que, como militar, está educado para cumplir y no discutir las órdenes. Pero me resisto a creer que, en su calidad de ministro, no pueda emitir opinión y recomendaciones a su jefe. Todos hemos tenido ocasión de trabajar para jefes difíciles. En casos de grave desacuerdo con los deseos del superior, la valentía no consiste en declarar ampulosamente que estoy dispuesto a arriesgar mi vida sino en el más sencillo acto de advertir las previsibles consecuencias de lo que me piden hacer, en explicar —“lo cortés no quita lo valiente”— los impedimentos que aconsejan no tomar tal curso de acción o, finalmente, si no se consigue acuerdo con el jefe, en poner el cargo a disposición para mantener vigentes los propios valores éticos o los institucionales que represento.
Debe de haber resultado difícil, para los actores de esa película, verse al espejo para afeitarse al día siguiente.

Psicólogo.

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