Un drama de producción nacional

La película de este fin de semana, por desgracia, no será la última producción en la que le toque participar a la ciudadanía salvadoreña, porque elegimos a la presidencia a un político que gobierna como productor cinematográfico

Feb 09, 2020- 22:11

Resultó irónicamente oportuno que, en el mismo día en el que se celebraba la ceremonia de entrega de los premios Óscar y se premiaba el mérito cinematográfico de varias producciones dramáticas, a miles de kilómetros de distancia se encontrara la población salvadoreña viviendo su propia producción nacional a cargo de nuestro presidente en un multifacético rol de productor, guionista y protagonista. Es que lo que vimos el domingo, en lo que a despliegue de personal, libreto y participación de “extras” (que requirió acarreos en bus desde diferentes zonas del país) se refiere, no dista tanto de las producciones filmográficas que tantos de nosotros usamos como escapismo y a las que celebramos con premios. Las diferencias incluyen el hecho de que la película de la administración Bukele la pagamos nosotros, con fondos del Estado y erosiones democráticas. Que la película Bukelista no entretiene: al contrario, está hecha para contar una historia de miedo, donde se confunde la coacción y la fuerza con liderazgo y gobernabilidad; donde el autoritarismo gubernamental se intenta maquillar de “heroísmo patriótico” con despliegues militarizados que deberían resultar anacrónicos en una sociedad como la nuestra: democrática, pero todavía sufriendo la goma de una guerra civil que sigue fresca en la memoria.
Y la otra diferencia con joyas cinematográficas actuales, si somos perfectamente honestos, es que el guión del melodrama Bukelista es malísimo. Malísimo, porque el crescendo de esta narrativa (en este caso las tropas alrededor de la Asamblea, los francotiradores en el techo del palacio legislativo, los llamados a la insurrección en Twitter, el abuso policial contra los periodistas dándole cobertura a la situación) termina viéndose risiblemente desproporcionado si se desnuda de hipérboles el conflicto de orígen: la autorización de un préstamo, para el que se habría tenido un dictamen y votación de todas maneras y sin necesidad de drama.
Para que esta tragicómica desproporción entre acción y reacción no volviera la narrativa inviable, hubo que disfrazarla de elevadísima retórica, más propia de épicas gestas que de esto, que podría haberse quedado en conflicto burocrático temporal con múltiples soluciones alternas. El lenguaje al recurrieron los participantes del drama show, que si “insurrección”, que si “obediencia y lealtad militar”, que “garantizar la seguridad de la gente,” que “el pueblo tomando el poder en sus manos”, tenía el propósito de darle al asunto el romanticismo de “La canción del pueblo” del musical de Los Miserables… pero nadie se creería ni en cinco mil años que nuestros derechos civiles dependen de una autorización legislativa a aumentar la deuda pública.
No puede uno culpar del todo al guionista, nuestro presidente. Es dificilísimo ver los hoyos y saltos de lógica en una narrativa cuando se es también protagonista y se rodea uno de gente cuyo modus vivendi depende de qué tan duro digan “sí, presidente”. Bien se nota cuando un poderoso se rodea de gente contratada para jamás decir que no, porque cuando hacen ridículos públicos como este, queda en evidencia que nadie dentro de su órbita tuvo el suficiente poder para sugerir otra alternativa. Y como varios populistas de moda (Trump, o Bolsonaro, o Maduro, porque el narcisismo y la obsesión mediática trascienden ideologías) nuestro presidente ha entendido que, para administrar a punta de Twitter el espectáculo de la gobernanza es equivalente a gobernar, y el liderazgo no se ejecuta, se actúa ante las cámaras. Y al servicio de esta narrativa, se crean escenarios absurdos de insurrecciones televisadas, donde productores y veteranos de eventos desplazan a activistas y líderes comunitarios. La película de este fin de semana, por desgracia, no será la última producción en la que le toque participar a la ciudadanía salvadoreña, porque elegimos a la presidencia a un político que gobierna como productor cinematográfico. Y lo peor de todo, es que se ha creído su propio guión malísimo y su mala película nos puede costar la democracia.

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. @crislopezg

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